El taco es el concepto más nacional, por sencillo y sabroso.

Todo es susceptible de ocupar la tortilla, y toda tortilla supone un taco. Es tan importante el propósito taquero de las tortillas que, de no lograrlo, los mexicanos les hemos creado segundas opciones casi tan portentosas como el taco; los chilaquiles, por ejemplo.

Pero más allá de la sofisticación, el taco es una solución. Porque sublima la herramienta y dosifica el bocado, potencia el sabor de los guisos, carnes, aguacate o sal. No importa qué, la tortilla es verbo esperando se conjugado —taqueado, pues.

Quizá el taco sea la única constante nacional. Sí, el contenido es diverso (a veces contraintuitivo) y la tortilla tiene modificaciones un tanto cosméticas, otras tanto estructurales. Pero es la misma solución cultural. El taco es nacional, obvio, pero antes que nada: el taco es personal.

La experiencia taquera, si no es única, sí es intransferible, porque no hay intimidad más grande que la que tiene un ser vivo en contacto directo con su comida. Tocar lo que comemos es parte de la teatralidad del taco.

Por eso, toda lista de Los mejores tacos será excluyente, violenta y sesgada. No está mal, acaso hay una invitación a que todos hagamos nuestras propias listas y las compartamos como reto a otros tragones. El problema de Crónicas del taco no es ese, es su insipidez y falta de sazón, de jiribilla y profundidad.

El esfuerzo se reconoce, el ritmo de la edición, la fotografía y las voces de los expertos, desde los más sencillos hasta los más sofisticados (Quédate con quien te ame como Ricardo Muñoz Zurita ama la comida mexicana) son aportes deliciosos para las seis piezas documentales que componen la serie.

Del otro lado de la tortilla, las crónicas son un taco mal hecho. Por impericia o flojera, vaya a saber, los escritores decidieron narrar la serie a través de la voz de los tacos, un artificio desastroso. Los tacos no necesitan voz, necesitan salsa, necesitan grasa y cachondería. Con los seis narradores (uno por cada taco) los guionistas quisieron poner lo que no había: profundidad y antojo. La fácil solución se nota y contamina el sabor del taco capitular.

En la cocina hay engaños y trampas, secretos y mañas, pero hay cosas que no se pueden simular ni con más mantequilla, “échale más hasta que sepa”. Las voces de los tacos son un despropósito porque no aportan nada: ni guiso ni sazón. Es decir, no explican ni emocionan, no ilustran ni sorprenden.

Y en eso radica el problema, tuvieron los mejores ingredientes, pero cocinaron algo pa llenar. Lástima.

No hay en ningún episodio un bocado a la tortilla. A sus características, diferencias, técnicas y sofisticaciones. Tampoco a las salsas. Un taco se divide en tercios, y los creadores de crónicas se quedaron en el capote, en el intento, en el ya merito, en el ahi palotra.

Se agradece el esfuerzo, se reconoce el estilo y se aplaude el tema. Pero le echaron mucha crema a los tacos, y esa sólo se vale si son dorados.

Diego Mejía. La hizo de reportero, editor y repostero.
También es copy y locutor en #Mancha por @nofm_radio.

Twitter: @diegmej

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