Fui nini… a mucha honra (parte uno)

¡Recortas a los federales, apoyas a los ninis!”: una de las variadas consignas que, fuerte, corearon los policías federales y sus familias hace unas semanas. 

Es, o debería ser, una verdad de Perogrullo: el término “nini” es discriminatorio y tendría que ser erradicado de nuestro vocabulario. Se trata, por supuesto, de un término bastante agresivo contra un sector de la población, el de los jóvenes, que está condenado al abandono y a la deshonra. 

La palabra “nini” es un insulto. Preferible que te digan pendejo a que te califiquen de “nini”. Quizá es todavía peor: dentro de un gran sector de la opinión de los mexicanos, sobre todo del más reaccionario, no estudiar ni trabajar es tal vez más reprobable que ser un delincuente o un peón del crimen organizado. 

Al menos —eso creen— los segundos contribuyen a la economía del hogar, llevan el pan a la mesa, mientras que los primeros son una manga de holgazanes, huevones y mantenidos que se pasan todo el día viviendo a costa del dinero materno. Se estimulan las gónadas, es decir, se rascan los huevos, de mañana a noche durante todas las tardes, mientras que sus pobres madres, dicen, se rompen el lomo mendigando dinero. 

Sin saber, además, porque siempre masculinizan la problemática, que el mayor número de jóvenes que no estudian ni trabajan no son hombres, sino mujeres, muchas de ellas madres solteras de entornos marginados. De acuerdo con un estudio de la OCDE, publicado en 2016, el número de mujeres “ninis” es cuatro veces superior al de hombres en la misma situación. 

El pasado 3 de julio, cuando elementos de la Policía Federal se rebelaron en contra del gobierno federal, estuve afuera del Centro de Mando de la corporación, ubicado en Iztapalapa, lugar donde las protestas tuvieron su punto más álgido: Periférico tomado, calles aledañas cerradas y una docena de reporteros de los medios más importantes del país tomando nota de todas las declaraciones. 

Más allá de los insultos contra el presidente López Obrador y su secretario de seguridad, Alfonso Durazo, a quienes, en un ánimo cuasigolpista, les exigieron la renuncia, me llamó la atención la naturaleza de sus consignas: ataques contra los migrantes, porque el huevo de la serpiente del fascismo siempre está latente, y ataques contra los denominados “ninis”. 

Los policías federales y algunos integrantes de sus familias consideraron inadmisible que les recortaran el presupuesto y los obligaran a enlistarse a la Guardia Nacional mientras que el gobierno busca apoyar con becas a los jóvenes que no tuvieron la oportunidad de estudiar o trabajar. 

No voy a juzgarlos, finalmente son pueblo uniformado y víctimas de un sistema que pregona la idea del individuo por encima del colectivo, de una falsa meritocracia, en un país donde casi siempre “triunfa” la gente blanca, bonita y los hijos de los ricos. Miles de personas, asimismo, piensan igual.  

Yo fui nini. Lo fui durante todo el 2009, tras reprobar el último año de la prepa por problemas psicológicos y problemas económicos familiares, ambas cosas relacionadas íntimamente. 

¿Me avergoncé? Claro, estuve deprimido clínicamente y me sentía inservible. No era mi culpa, sin embargo: yo no era ni un tonto, nadie realmente lo es, ni un huevón, simplemente fuerzas más allá de mi voluntad, entre ellas una crisis económica global, me orillaron a tener que dejar de estudiar: no había cómo ni con qué. Ni madre, tampoco padre, tenían para pagarme el Tec, la Ibero o el ITAM. 

A veces, por no poder encontrar trabajo, a causa de la falta de oportunidades en el sector laboral, sobre todo para un joven sin certificado de la prepa, acompañaba a madre los jueves a vender bolsas cosmetiqueras a tianguis por toda la ciudad, para tener algo de tragar.  Y tuve suerte, porque no todos tienen esa oportunidad, sobre todo aquellos que viven en entornos rurales y de mayor marginación. 

Me habría gustado que, en ese entonces, el Estado, asumiendo el fracaso de sus políticas económicas, me apoyara a mí y a millones de jóvenes en una situación similar con un estímulo o una beca para poder seguir estudiando o con la oportunidad de tener un lugar donde trabajar. Un gobierno que no dejara a nadie atrás, un gobierno que se preocupara de nosotros: los olvidados.

Héctor Gutiérrez Trejo. Periodista egresado de la Facultad de Ciencias Políticas
y Sociales de la UNAM, ha sido reportero de Reforma
y coordinador editorial de la revista Esquire Latinoamérica.

@tedefrijol

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