La mentira en todas las culturas es algo mal visto y contrario a valores positivos. Es motivo de vergüenza y deshonor. Muy difícilmente alguien en el mundo se jactaría públicamente por ser un especialista en mentir y, si lo hiciera, seguramente sería catalogado por los demás como un embustero desleal e hipócrita. Nadie quiere tener un amigo mentiroso, y en las relaciones de pareja probablemente las más difíciles discusiones inician con un: “¿por qué me mentiste?”.

Y es que el principal problema con la mentira es que es una acción deliberada. No se trata de un error, de tener mal tino al aseverar algo y de no acertar en decir la verdad. Eso es otra cosa. Mentir es actuar con dolo, a sabiendas de que la realidad es de una forma y de que lo que se enuncia es ficticio o parcialmente cierto. La mentira tuerce la realidad a nuestra conveniencia, ya sea para evitar un regaño, para conseguir algún beneficio o, incluso, para causarle un mal a alguien.

En política, dice Hannah Arendt, la mentira a veces puede entenderse como algo negativo pero necesario para cumplir algunos fines. Cuestión que le molesta, pues reconocer la utilidad de la mentira le resta importancia a la verdad, que por su propia naturaleza tiene una fuerza única en la política y debería ser el objetivo central de la discusión pública. ¿Si no se debate en defensa de la verdad, entonces para qué debatimos? Para la filósofa, al igual que con la violencia, la mentira puede justificarse, pero nunca será legítima.

Hoy día todo mundo habla de la posverdad. De la manera en la que se puede apelar a las emociones de las personas por encima de los hechos objetivos y de cómo todos somos propensos a caer en las famosas fake news. Pero poco se habla de cómo se ha ido perdiendo la vergüenza pública por mentir. Una intelectual «defensora de la democracia» difunde una mentira y luego no rectifica. Simplemente no le importa. Lo mismo sucede con un profesor de periodismo y un senador. Y así con otros tantos personajes públicos y algunos medios de comunicación, que más que buscar la verdad pretenden influir en la opinión pública con hechos falsos o noticias a medias. Han perdido el pudor y, aunque se dicen liberales, coreanos del centro y defensores de la objetividad, pueden permitirse el desliz de decir una que otra mentirilla; eso sí, matizada con algún emoji para sembrar la duda.

En estos tiempos de transformación también es necesario que se cambien los códigos de la conversación pública. Y quizás uno de los más necesarios es el de recuperar la valía de la verdad pública por encima de los fines privados. Así que hay que decir las cosas tal y como son. Muchos no son descuidados ni víctimas de noticias falsas. No tienen mal tino al momento de aseverar algo y ni siquiera tienen la delicadeza de rectificar ante el error. Son mentirosos, engañan deliberadamente, y eso hoy como antes es motivo de vergüenza y deshonor. Pero, sobre todo, por más que se justifiquen en su intimidad, nunca será un acto legítimo.

Hugo Garciamarín. Politólogo por la UNAM y la Universidad de Salamanca.
Analista político y profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. 

@hgarciamarin

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