Impotencia en un centro de det

Impotencia en un centro de detención de EU

En la anterior entrega narré mis primeras impresiones al ingresar a un centro de detenciones en Estados Unidos, ubicado en Tacoma, Washington.

En la segunda entrega es muy importante comenzar con una cuestión legal: Ser una persona indocumentada en Estados Unidos no es un delito, es una falta administrativa. En caso de que una persona sea detenida, deportada a su lugar de origen y vuelva a ingresar a ese país de forma indocumentada, entonces sí incurre en un delito. En decir, la reincidencia de ingresar indocumentado sí conlleva una pena de cárcel. El segundo strike ya es ponche.

De regreso en el centro de detenciones. Las autoridades ya conocen los días que se presenta el personal de los consulados. Las personas detenidas que lo deseen se apuntan en una lista para recibir atención consular.

Además del sexo, hay un arcoíris de colores que distingue a las personas por “peligrosidad”. Visten trajes similares a aquellos de La Casa de Papel, pero en tonos que van desde el verde militar (poca peligrosidad) hasta el naranja (máxima peligrosidad).

Cada entrevista inicia con preguntas básicas y se almacena la información: Nombre, número de expediente, método de detención, estado del proceso migratorio, actualización del proceso o fechas clave, entre otros.

Las autoridades insisten en que las personas detenidas gozan plenamente de l ejercicio de sus derechos humanos. Esto contrasta con las huelgas de hambre que se han organizado al interior, mismas que exigen mejoras que van desde bajar el precio de alimentos hasta las condiciones de salud.

Se respira un dejo de frustración. Los gobiernos extranjeros —México incluido— tienen poco espacio de maniobra para atender a las personas detenidas. Aunque México tiene el mejor sistema consular del mundo, mientras el aparato migratorio de Estados Unidos continúe con tantas aprehensiones y retrasos, la maquinaria de detenciones se mantendrá aceitada.

Hay cerca de 12 millones de personas nacidas en México que viven en Estados Unidos. Cerca de 12 millones de historias diferentes. Tengo algunas grabadas en mi mente: Un compositor de narcocorridos tiene miedo a ser deportado, diciendo que su vida corre peligro por componer una pieza sobre el narco equivocado. Un muchacho —más joven que yo— está enojado y quiere pelear su caso, ya que agentes migratorios lo detuvieron tras salir de la corte para resolver una multa de tránsito. Un señor mayor fue por más cervezas para seguir la comida de la empresa y lo detuvieron en el camino.

La mayoría de las personas detenidas tienen demandas similares: desean asesoría legal básica, información sobre el estatus de sus procesos migratorios, solicitar dinero para contingencias, señalar alguna queja o simplemente ser escuchados. Varios tienen alguna discapacidad mental o psicológica y son incluidas como parte de un grupo llamados «casos Franco». Ese día no hubo casos extraordinarios. «Un día leve», dice mi compañero.

Parto con sentimiento de impotencia. Esta visita es como correr un maratón en caminadora: terminas exhausto, pero en el mismo punto de partida.

 

Luis Mingo. Internacionalista por la UIA con posgrados
en LSE y Fudan University. En cancillería trabajé
en la Subsecretaría para Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos,
la Dirección General de Comunicación Social
y el Consulado de México en Seattle.

@Luis_Mingo_

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