“Parece increíble que nuestra vida
pueda estar tan vacía de vida y tan llena
de la inanimada voluntad de estarlo”
Marido y mujer administran la prosperidad con la vaga ayuda de sus hijos, él y ella igualmente. Disfrutan las facilidades de ser ricos en Milán, Italia: una casa sólida y grande con servidumbre, paseos en automóvil, devaneos entre alfombras, la tranquilidad que garantiza poseer una fábrica y cebarse en sus utilidades.
Parafernalia de la normalidad que quizás no es más que un merengue vulnerable hasta el colapso, sin una identidad buscada entre apegos significativos al mundo, ganchos amorosos rumbo a la vibración personal, calurosa, de asombro ante la vida.
Bobería cotidiana, en cambio, que se verá avasallada con gratuidad por el arribo y la partida de un joven que encarna a la perfección en todas sus variantes: es al mismo un cuerpo y un espíritu hermosos, maternal y paternal, seductor y comprensivo. Un dulce muchacho de mirada serena que no amenaza ni humilla ni intimida; que, en cambio, sólo sabe erotizar, convencer, sonreír, suavizar y dejarse idolatrar oportunamente.
El huésped de Teorema, novela publicada por Pier Paolo Pasolini en 1968 y estrenada como película ese mismo año con guión y dirección suyas, es una representación de dios y su abrazo de humedad amorosa. Analogía de un contacto complejo con los otros y su entorno palpitante. Sin embargo, sin conflicto no hay arte, y el joven abandonará a la familia de ricos para sumirlos en la desolación: la de su vida cotidiana reiterada de certezas perforadas, sus costumbres que no revisten miedo o excitación, embriaguez o inquietudes dolorosas que motiven la expresión del alma. Sus pasiones que no rebasan el ritual de presumir una chamarra en la inexistencia de la pasarela.

La burguesía ha sustituido la religiosidad por la conciencia, acusa Pasolini, antropológico, novelista en tanto que observador sintético.
La comodidad irreflexiva, acusa, deriva en la pérdida de la dimensión mágica, la frustración, la impotencia creativa incapaz de parir un bulbo de plasticidad, la fosilización, la entrega sexual sin apetito de luz, el clamor en el desierto que urge a la desnudez para sentir algo alguna vez.
Síntomas que, en contrasentido, supera orgánicamente la creatividad de las clases populares, con facultades comunitarias para el placer, la experiencia mística y el derroche generador.
Será la sirvienta Emilia quien, tras haber sufrido el contacto con el huésped, pueda tornarse rama profunda de la santidad entre los desposeídos.
“Según usted, ¿cuál es el motivo por el cual Dios ha elegido a una pobre mujer del pueblo para manifestarse a través del milagro? ¿Acaso porque los burgueses no pueden ser verdaderamente religiosos? ¿No en cuanto creen o creen creer, sino en cuanto no poseen un real sentimiento de lo sagrado?”, pregunta en el paroxismo de la novela un reportero.
“¿De modo que nada, ni siquiera un milagro o una experiencia divina de amor, podría resucitar en el burgués ese antiguo sentimiento metafísico de las épocas campesinas? Y en cambio, ¿se convertiría para él en una lucha estéril contra su propia conciencia?”.

Reeditada por Edhasa en 2005 y disponible en las bibliotecas de la UNAM, Teorema refrenda la vocación permanente de Pasolini a la polémica y la discusión: crítico marxista, reseñista que demandaba pensar la literatura con trasfondos antropológicos, homosexual en contra del puritanismo y sus hipocresías institucionalizadas, cineasta tenaz que celebró al vida y sus exacerbaciones en escenas repletas de demonios, vasijas gigantescas de barro, pájaros en la mano, arcos y flechas de la fecundación, y la belleza del cuerpo como espacio de las ceremonias del sudor.


