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Los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial. Y los japoneses. Y, por supuesto, se repartieron el mundo en una complicidad incómoda, frágil. 

Así, el este de Estados Unidos habla alemán y su costa en el Pacífico se inunda de sabiduría taoísta y costumbres rigurosas ligadas al respeto por la vida. Un imperial respeto por la vida 

Un mercado negro singular inunda el territorio: el de la memoria fetichista de lo que fue el país norteamericano antes de la avanzada hitleriana por exterminar a negros y judíos, indígenas, musulmanes, polacos; desecar el Mar Mediterráneo; neutralizar a potencias rivales, como Rusia e Inglaterra, y comenzar la carrera por el dominio extraterrestre: la Luna, Marte.

Se venden a clientes exclusivos relojes de Mickey Mouse anteriores a la conflagración mundial, revólveres Colt 44 utilizados en la Guerra de Secesión del siglo XIX: testimonios de una cultura subordinada.

Estamos en la década de 1960, los viejos líderes nazis —Goebbels, Hitler, Göring, Heydrich—, a regañadientes, lentamente, por desprendimiento natural de escamas, han ido cediendo a nuevos talentos, también supremacistas y colonizadores. 

El mundo es racista, autoritario, judeófobo, europeizante, sin mención alguna por los pueblos indígenas del continente americano o sus países: el Perú, el Uruguay, México, completamente invisibilizados. 

Pero una novela —proscrita, por supuesto— imagina qué hubiera pasado si las fuerzas amenazadas por el expansionismo nazi hubiera sido finalmente frenado: Una langosta se ha posado, se llama la provocación literaria.

La langosta habita otra novela, una que el lector sostiene, comprobable, presuntamente cierta: la escribió Philip K. Dick, quien evaluó críticamente el desarrollo tecnológico del siglo XX e inspiró las películas de Blade Runner, y se llama El hombre en el castillo (1962)

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Un hombre que dice vivir en un castillo es el autor de Una langosta se ha posado: provocador que se atrevió a imaginar otra sociedad, una ruta distinta de la historia que perturba a millones de seres humanos en los territorios ocupados por las potencias triunfantes.

Entretejido angustiante saturado de tensiones políticas; planteamiento de un mundo donde las violencias racistas se han consolidado y constituyen administración con ambiciones expansivas; entramado de personajes piramidados cuyos apetitos finales no se desnudan con claridad, El hombre en el castillo es un libro brillante que concluye con una exquisita, confusa, meditable declaración de principios: la novela es verdadera, el arte es realidad, su elocuencia trasciende a autores, gestores, agentes  de mercado y se postula como otra cosa con vida propia, muy por encima de la vanidad de sus compositores.

Otra vez, con Philip K. Dick, Armando Ramírez o con Antonio Castro Leal, la literatura es vida explícita que desafía, contradiciéndola, la disposición de poderes.

 

Samuel Cortés Hamdan. Licenciado en literatura por la UNAM.
Editor en periodismo, escribe sobre cine, libros
y manifestaciones de la cultura popular donde sea posible.

@cilantrus

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