Cómo debería ser la universidad

A partir de la reciente toma del plantel, el estudiantado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales ha convocado a asambleas para discutir un tema central: qué significa democratizar la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Son varias las voces que se oyen en la explanada y las escaleras de piedra frente al auditorio Ricardo Flores Magón: unos pugnan por la pluralidad de ideas y otros más se concentran en defender el carácter público y la gratuidad de la institución.

Varias cosas son ciertas: todas las personas deben ser libres de expresarse dentro de la universidad, aunque de facto esto no sucede así. Valdría la pena revisar cuáles son los criterios que se toman en cuenta para elegir a los ponentes de diplomados y cómo se integra el personal en cada facultad para decidir quiénes impartirán cursos y talleres en nombre de la UNAM. Sería interesante que estos encargados también fueran parte de las discusiones que se han dado a lo largo de esta semana dentro de nuestra facultad.

Aunque sí hay estudiantes preocupados por los valores neoliberales que predica el excandidato presidencial Ricardo Anaya, postulado por el PAN en 2018, el debate dentro de las aulas ha vertido otros argumentos de carácter moral que hacen poner en duda su legitimidad —y no la de sus ideas— para dar clase. Se le critica principalmente el golpe que asestó a la democracia interna panista en 2018, cuando se impuso desde la dirigencia como candidato para la presidencia; o los señalamientos —sin comprobar— que se le hicieron desde el periódico El Español por presunto lavado de dinero. ¿Podrían ser la moral y la ética argumentos suficientes para descartar perfiles docentes?

Por otra parte, desde mucho antes de la controversia que suscitó el diplomado en cuestión, se ha vuelto común en la universidad la impartición de talleres que no sólo no son gratuitos, sino que se cobran entre 10 mil y veinte mil pesos: un costo elevado para la mayoría de las y los estudiantes de licenciatura. ¿Cómo influye en el carácter público de una universidad que estos eventos se lleven a cabo dentro de sus propias instalaciones? Las altas cifras de dinero además invitan a cuestionarnos a quién están dirigidos estos diplomados y por qué, en caso de que sean de titulación, se permite que aquellos estudiantes que pueden costearlos queden exentos de realizar una tesis final de su carrera.

Estos son puntos que valdría la pena discutir a fondo, por lo cual las mesas de diálogo constante entre estudiantes y autoridades, pactadas durante la asamblea de este martes 10 de septiembre, serán clave para democratizar los procedimientos y decisiones de la Facultad de Ciencias Políticas Sociales, en miras a que se nos involucre, consulte y responsabilice a las y los estudiantes en pro de las decisiones de nuestra propia formación, y la construcción de un significado colectivo sobre la universidad de la nación.

En sintonía con esto, el presidente Andrés Manuel López Obrador planteó que se debería eliminar el examen de admisión a las universidades del país y argumentó que “durante mucho tiempo (los exámenes) se usaron para rechazar a los jóvenes que querían estudiar”.

En efecto, en un país como el nuestro estudiar una carrera universitaria sigue siendo una oportunidad reservada para unos cuantos: a la UNAM, por ejemplo, solamente ingresa el 8.6 por ciento de los aplicantes. Desde el proceso de admisión hasta el procedimiento de titulación, la academia está construída sobre una lógica de privilegio: no se trata de un proceso de filtración y selección de ‘los mejores estudiantes’, sino de uno de exclusión, donde generalmente se gradúa quien cuenta con los recursos económicos y logísticos para invertir en las clases, las lecturas y la tarea, mientras se segrega a gran parte de nuestra ciudadanía.

Con el fin de consolidar un país donde la educación de calidad sea accesible para todas y todos, necesitamos reconocer que el examen de admisión no fue diseñado en una lógica de aprobado y no aprobado en términos arbitrarios, sino que responde más bien a un escenario con un cupo muy limitado de lugares comparado con el número de personas que aplican el mismo.

Aunque es de reconocerse que la UNAM realiza importantes esfuerzos, quizá como ninguna otra institución en el mundo, para aceptar a decenas de miles de aspirantes cada año, no es raro que tomemos clases hacinados dentro de los salones. Los estudiantes estamos acostumbrados a sentarnos en el piso por falta de sillas y, en ocasiones, incluso a treparnos a los alféizares de la ventanas. No existe posibilidad de que un número mayor de estudiantes pueda estudiar de forma óptima en el mismo espacio.

Es por esto que resulta fundamental fortalecer la eduación secundaria y preparatoria en todos los estados, el sistema de becas y los apoyos para continuar con los estudios, así como seguir impulsando el proyecto de las cien nuevas universidades, y perfeccionar todos los días, con inversión de recursos y arduo trabajo por parte de la administración, los planes de estudio, el personal y las instalaciones.

Camila Martínez Gutiérrez. Estudiante de comunicación política en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM con estudios en filología hispánica por la Universidad de Salamanca.

@CamMtt

Otros textos de la autora:
-Cómo construir un feminismo legítimo
-¿Por qué dotar de dientes a los ciudadanos digitales?

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on telegram
Telegram
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Relacionado

Recibe las noticias más relevantes del día

¡Suscríbete!