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La primera vez que leí la frase «hijos de la guerra» fue hace algunos años en una nota sobre niños que jugaban al secuestro, cuando desafortunadamente uno de ellos murió porque el juego resultó demasiado real.

Hechos así eran palpables en la realidad que vivíamos, de casos así nos tocaba enterarnos todos los días en las noticias o con amigos, muchos fueron víctimas de la violencia desatada en el país desde 2006. La frase me hizo mucho eco por la relevancia sobre el futuro que se estaba forjando en México. 

Ahora buscar en Google cualquier noticia sobre niños que juegan a los sicarios, al secuestro o a cualquier representación sobre la violencia resulta más común. Estas agresiones se han metido en lo más profundo de nuestra sociedad. Sin embargo, no debería ser normal para nosotras que niños jueguen al sicario, que los jóvenes estén constantemente preocupados por la seguridad o incluso que estén ya en las mismas manos del crimen organizado. 

La guerra contra el narco no sólo nos dejó millones de muertos en el país y miles de desaparecidos, sino también una fuerte tendencia a la violencia en la sociedad, un constante miedo y desconfianza; pero además quedaron miles de familias en el destrozo, hijos en la orfandad, padres y madres desoladas y parejas con temor. La deuda es tanto económica como psicológica, social y política. 

Hablamos de una fuerte deuda social con las familias que quedaron en la pobreza por buscar a sus desaparecidos, familiares que viven enfermas por las preocupaciones, que huyeron por temor a que alguien más de su familia fuera asesinado, hijos sin madres o padres a quienes se les mermó el desarrollo, sus posibilidades de estudio, de tranquilidad o la simplicidad de tener una figura paterna o materna con ellos.  

Esta es sin duda uno de los más preocupantes saldos. También es uno de los más grandes compromisos de este gobierno: sentar las bases para el desarrollo y la pacificación del país. Ahora sabemos que el Estado está atendiendo estos problemas, pero la reparación también debe darse entre la gente. Recuperar nuestro país de este periodo significa acompañar a los más afectados en sus reclamos de justicia, pero también recordar las razones que nos llevaron a la desgracia, que no son individuales sino políticas y que afectaron a un país entero.

Este proceso de reparación social acompañado de la gente debe ir siempre de la mano de un proceso de memoria, el mismo que tendrá que ser lo suficientemente contundente y organizado para asegurar que las políticas que desataron la violencia en el país no vuelvan a ser utilizadas en ningún otro momento historia. Y por ello hacer énfasis en recordar y atender la deuda social con las victimas es algo que nuestra sociedad no puede dejar de lado.

Este es y será uno de los fuertes retos del nuevo gobierno, pero sobre todo de los gobiernos futuros, porque el proceso de reparación del daño llevará mucho tiempo para restaurar las dinámicas sociales necesarias para tener paz y tranquilidad. 

Sofía Lameiro. Licenciada en Ciencias Políticas y Gestión Pública por la Universidad de Guadalajara, militante de Morena, participó en la organización de la estructura de defensa del voto, colaboró en la Red por la Paridad y la Igualdad en el estado de Jalisco y ahora es Servidora de la Nación en Guadalajara, Jalisco. 

@sofianosabia

Otros textos de la autora:

-Ceremonia y épica

-Programas sociales y mujeres

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