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La asamblea general es uno de los órganos principales de las Naciones Unidas, el único en el que todos los Estados miembro (193 en la actualidad) están representados, cada uno con un voto. Es un foro en el que se debaten cuestiones de interés mundial. Cada año, en septiembre, se celebra un debate general en la sede de la Organización en Nueva York, mismo que da inicio al nuevo periodo de sesiones de la asamblea.

No obstante, la asamblea general no detenta la autoridad máxima de la Organización; en los hechos, es el consejo de seguridad; este, además de tratar los asuntos exclusivos de la paz y la seguridad del mundo, se encarga de los asuntos globales de la humanidad, apropiándose de la agenda de la asamblea. La falta de voluntad política mantiene el obsoleto modelo, asunto que ha perdido hasta la capacidad de resonar.

La semana pasada se inauguró el 74° periodo de sesiones y varias cumbres de alto nivel sobre salud, cambio climático, metas del milenio, desarrollo sostenible, seguridad y paz mundiales; allí se plantearon, entre otros, el problema de que los países insulares son los más afectados por el cambio climático porque su territorio se hundirá en el mar crecido por el deshielo de los casquetes polares, y los sobrevivientes serán «refugiados ambientales»; que el elevado precio de los medicamentos arroja a la pobreza y al desempleo a la mayoría de los pacientes del mundo, salvo en países como Cuba; que las grandes potencias occidentales no cumplen el compromiso de aportar el 0.7 por ciento de su PIB para lograr las metas del milenio y los objetivos globales del desarrollo sostenible, porque no hay una política para impulsar tal desarrollo, y que la mayoría de los países del mundo no puede desarrollarse, porque están inmersos en condiciones cada vez más agudas de endeudamiento y desigualdad comercial.

Desde 1974, el discurso del portavoz de Brasil inaugura el periodo de sesiones de la asamblea general, seguido del que pronuncia el representante del país anfitrión. Bolsonaro y Trump abordaron estos mismos seis temas: el problema del socialismo, el problema de Cuba y Venezuela, el problema del respeto a la autodeterminación y la injerencia, el problema del patriotismo y la globalización, el problema del aislacionismo y el multilateralismo y el problema de los asuntos religiosos de los grupos evangélicos radicales. Bolsonaro, además, aseguró que su gobierno tiene bajo control los incendios amazónicos, zona que —recalcó— no es legado de la humanidad ni pulmón del mundo; por su parte, Trump ensalzó el poderío de su ejército, se lanzó contra los migrantes, amenazó —de nuevo— a China, Irán, Venezuela y Corea, entre otros, además —inédita amenaza— del Reino Unido (con el petate de los aranceles). Adornó su alarde con frases tipo: «América jamás será un país socialista» o «El futuro no pertenece a los globalizadores, sino a los patriotas y a las naciones independientes, soberanas, que respetan a sus vecinos y rinden tributo a las diferencias que hacen que cada país sea especial y único».

De este oxímoron podemos asegurar que la necesidad de Estados Unidos de proteger a toda costa su mercado interno es reflejo de su incapacidad para competir en la arena del libre mercado con países como la República Popular China (globalizadores), que cumple 70 años de vida. Estos mismos signos decadentes se reflejan en la altanería de los acontecimientos previos a que Trump pronunciara su tercer discurso en la ONU: la impotente oposición norteamericana a la existencia de un orden multipolar en el mundo hasta ahora se ha limitado a impedir que la delegación iraní visitara a su embajador en un hospital de Nueva York, donde permanece internado, o a negar la visa a muchos de los funcionarios diplomáticos rusos que participarían en este periodo; ante lo cual, el presidente Vladimir Putin planteó: ¿por qué no mudamos la sede de la ONU a Sochi?

A las elocuentes contradicciones discursivas de Trump, el canciller cubano Bruno Rodríguez brindó respuestas: primero denunció que, desde hace meses, el gobierno del magnate aplica medidas no convencionales para impedir el abasto de combustible al archipiélago desde diversos mercados, mediante persecución y amenaza a las empresas transportistas y de seguros; que ha impuesto escollos adicionales al comercio exterior de Cuba, persiguiendo a quienes mantienen relaciones bancario-financieras con ella, a la par que ha limitado al mínimo los viajes y cualquier tipo de interacción entre ambos pueblos.

Al buen entendedor… Rodríguez citó el espíritu de la Ley Helms-Burton, que pronunciara el vicepresidente de Estados Unidos en 1960: «No existe oposición interna en Cuba; el único medio para hacerle perder el apoyo interno al gobierno es provocar el desengaño y el desaliento mediante la insatisfacción económica y la penuria, hay que poner en práctica rápidamente todas las medidas posibles para debilitar la vida económica, negándole a Cuba dinero y suministros para reducir los salarios nominales y reales con el objeto de provocar hambre, desesperación, y el derrocamiento del gobierno».

Yadir Pérez. Profesor de español y literatura, estudió letras hispánicas y la maestría en estudios latinoamericanos en la UNAM. Escribe donde lo dejen sobre temas de lengua, literatura, política y cultura, siempre con perspectiva latinoamericanista, caribeña y de clase.

@trejoyadir

Otros textos del autor:
-Las razones contra la paz desde las ciénagas pútridas de Cien años de soledad
-El incendio amazónico y las cortinas de humo

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