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También Trump quiere jugar a la guerra en el Medio Oriente.

El 2 de enero de 2020 por la noche el presidente estadounidense Donald Trump mandó asesinar al general Qasem Soleimani, el militar de más alto rango en las fuerzas armadas de la República Islámica de Irán. Aunque apenas un día después del ataque es difícil predecir cómo evolucionarán los acontecimientos, queda claro que se trata de un acto de guerra. Es muy probable que ocasione una respuesta contundente por parte de las autoridades de Irán o sus aliados y que pueda desatar un nuevo y mortífero conflicto armado en la región.

La justificación del régimen estadounidense para ejecutar a un funcionario de otro país sin orden judicial fue que Qasem Soleimani era el terrorista más peligroso y que estaba preparando una serie de ataques mortíferos contra personal estadounidense. Por supuesto afirmó esto último sin aportar ninguna prueba. No iba a caer en su propia trampa.

¿Será que el presidente Trump desea una nueva guerra en el Medio Oriente? Difícil saberlo; después de todo los líderes político militares suelen negar sus intenciones bélicas y culpar al otro de imponerles una guerra que ellos supuestamente querían evitar. Asesinar al militar iraní más destacado es una provocación demasiado grande como para que Irán la deje sin respuesta. En su conferencia de prensa del 3 de enero de 2020, Trump aseguró que había mandado matar al mayor general iraní para evitar una guerra, pero al asegurar que estaba listo para cualquier eventualidad en realidad decía que estaba preparado para iniciar la guerra.

¿Qué es lo que está en juego para el presidente Trump? Una guerra estadounidense victoriosa contra Irán podría alterar varios equilibrios políticos tanto dentro de Estados Unidos como en la esfera internacional, de los que la administración Trump podría estar apostando a ganar buenos dividendos.

En el ámbito interno, las redes sociales casi de inmediato pusieron en evidencia que Trump estaría buscando mejorar su popularidad con miras a la elección de este año, aunque aún faltan muchos meses para que se realicen. Atacar a México le ha dado algunos puntos en el pasado, pero, al menos por ahora, le es difícil utilizar la carta de nuestro país porque el ingreso de inmigrantes indocumentados por la frontera sur ha disminuido notoriamente.

Aunque ha mantenido su apoyo a niveles más o menos constantes a pesar de todo tipo de adversidades, Trump es el presidente más impopular en varias décadas. No obstante, una guerra no necesariamente le garantiza la reelección. Quizás entonces lo que espera es que una crisis con Irán ayude a los senadores republicanos a repeler de tajo el juicio político que ya aprobó la cámara baja del Congreso. Hay que decir que rara vez se hace una guerra con un objetivo único. Incluso para Trump sería demasiado burdo provocar una guerra de grandes consecuencias solamente para evitar el juicio político o ganar las elecciones.

Aquí entra la esfera internacional. Lo que podría estar deseando es alcanzar uno de los objetivos frustrados del presidente George W. Bush cuando invadió Iraq, a saber, establecer el dominio estadounidense sobre el conjunto del Medio Oriente junto con sus aliados en la región.

Es probable que la administración Trump considere que ahora las condiciones son propicias para derrocar al régimen establecido en Teherán. De lograr la victoria como la imaginan, se les facilitaría derrotar numerosas resistencias regionales a las políticas estadounidenses.

Desde su llegada al gobierno Trump ha acorralado a Irán. Retiró su firma del acuerdo nuclear que ponía candados para evitar que produjera armas atómicas, le impuso sanciones draconianas, extendió las sanciones a las empresas de los países que se mantuvieron en el acuerdo, se ha coordinado con las élites de la región, particularmente de Israel y Arabia Saudí, que buscan desde hace años una alianza con Washington para hacerle la guerra a Irán. De las sanciones ha resultado una de las peores crisis económicas que el país haya jamás experimentado.

Es verdad que diversos aliados de Irán han tenido éxitos relativos en los últimos años. Aunque el gobierno de Damasco ha sido incapaz de derrotar a todos los grupos rebeldes y aún hay amplios territorios de Siria que escapan a su control, es innegable que tiene un mayor dominio del país que en cualquier momento desde 2012. En Iraq, una serie de milicias armadas ligadas a Teherán aumentaron su poderío militar y su prestigio gracias al combate contra ISIS. Los houthis de Yemen, después de hacerse de las riendas del poder, han resistido con mucho éxito una guerra asimétrica frente a una coalición multinacional en la que participan, junto a Arabia Saudí y Emiratos Árabes, Estados Unidos y otros aliados europeos. El Hezbollah libanés ha mejorado su experiencia de combate y armamento con su participación en la guerra en Siria. En Palestina, Hamas y Yihad Islámico han restablecido relaciones con la República Islámica a pesar de su apoyo a Asad.

No obstante, también hay importantes señales de debilitamiento de la influencia iraní en el Medio Oriente. En Iraq decenas de miles de ciudadanos se han estado manifestando por un cambio democrático y la salida de las fuerzas extranjeras. Muchos analistas han leído esto como una severa pérdida de legitimidad de la presencia iraní. Líbano también ha presenciado manifestaciones masivas en demanda de cambios profundos en el país, que muestran, entre otras cosas, un deterioro del prestigio de Hezbollah. El mismo Irán se ha visto sacudido por importantes protestas en las últimas semanas.

Pareciera que Trump quiere aprovechar este debilitamiento para atacar y obtener una rápida victoria que le permita reivindicar el éxito de su política a diferencia de la de sus predecesores. Que Irán se pliegue y acepte las condiciones de Washington o que continúe la escalada hasta culminar en una guerra relámpago que dé la posibilidad al Pentágono de aplastar a las fuerzas armadas iraníes, le permitiría a Trump cantar victoria junto con sus socios menores, Israel y Arabia Saudí, deshacerse del juicio político, reelegirse, aplastar a Asad, Hezballah, Hamas, los Houthis, controlar todo el petróleo del Medio Oriente y ahí pueden seguirle con los sueños más opiáceos que se puedan imaginar.

La realidad, sin embargo, nunca es tan sencilla como la acarician los poderosos en sus arranques de narcisismo y arrogancia imperial. La situación en el Medio Oriente puede cambiar muy rápido con muchos factores que aparentemente está desdeñando Trump, al igual que lo hiciera su predecesor Bush Jr. cuando invadió Iraq hace diecisiete años. Se me ocurren varios, pero de eso están llenas las redes. Lo que sí me parece claro es que una nueva guerra incubará nuevos extremismos que pueden sumir al Medio Oriente en dinámicas de un pasado muy reciente del que quiere salir.

Gilberto Conde.

@GilbertoConde

Especialista en temas de Medio Oriente y África del Norte, es profesor-investigador del Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Publicó el libro Siria en el torbellino: insurrección, guerras y geopolítica en 2017.

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