Verónica Villegas
Si algo va a dejar al descubierto la etapa de cuarentena que atravesamos por la crisis de salud mundial será la enorme desigualdad que existe en las cargas de trabajo entre hombres y mujeres en México. Me explico: la inequidad en la repartición de las tareas domésticas derivadas de la división sexual del trabajo, esa que cultural y socialmente le asigna a la mujer las labores de crianza de los más pequeños y de cuidado de los ancianos, actividades cotidianas que permiten regenerar y expandir el bienestar de las personas, que nutren los lazos de solidaridad y da vida al tejido social y familiar y que a pesar de lo fundamental que resultan es necesario visibilizar que a pesar de no representar un valor monetario tienen un enorme valor económico y social del que nadie habla.
Aún y cuando las mujeres hayan ganado espacio en el mercado laboral y cuenten con un empleo remunerado, prácticamente ninguna se dedica exclusivamente a este, las mujeres que al regresar a sus hogares cubren una doble jornada laboral ya que las tareas domésticas y de cuidado siguen recayendo en ellas. De acuerdo con las estimaciones del INEGI, entre el trabajo, la familia y las tareas domésticas ocupan 77 horas a la semana mientras que para los hombres la jornada es de 68 horas por semana.
Es decir, mientras cultural y socialmente a las mujeres se les asigna los roles de crianza y labores del hogar, los hombres son los encargados de la tarea de provisión y defensa, tarea que se realiza en el espacio formal de trabajo, donde el intercambio monetario es la relación que sella la validez de esta actividad. Desde esta perspectiva la carga de trabajo que realizan principalmente las mujeres dentro de sus hogares se convierte en un subsidio para el desarrollo del modelo económico actual, el trabajo doméstico y de cuidados expande el bienestar social de manera gratuita a costa del trabajo de las mujeres, impactando de manera negativa en su propio desarrollo y autonomía, ya que incrementa las condiciones de pobreza e impide que estas puedan remontar las condiciones adversas al no contar con las mismas posibilidades de acceder a mayor educación, trabajo o remuneraciones económicas.
La sobrecarga de las labores domésticas y los cuidados de las mujeres mexicanas profundizan otras desigualdades en los ámbitos laboral y socio económico. Dedicar más tiempo a las actividades domésticas, remuneradas o no remuneradas, le dificultan, por un lado, el acceso a prestaciones económicas y sociales y por el otro, porque sus ingresos son vulnerables a otros factores.
Lograr una justa distribución entre hombres y mujeres de las tareas en el trabajo de crianza y cuidados es una de las tareas pendientes en el proceso para alcanzar una igualdad económica y laboral, estas tareas representan una de las ocupaciones más vulnerables en términos de derechos laborales ya que son desproporcionadamente recargadas en las mujeres –y ya sea de manera remunerada o no remunerada– multiplica los efectos de las desigualdades de género en el país. Básicamente y en términos simples porque las mujeres trabajan más y ganan menos.
Si realmente pretendemos acceder a una vida más justa entre hombres y mujeres se deben de implementar y poner en práctica a la brevedad políticas públicas desde los tres niveles de gobierno que impacten en una justa distribución de estas cargas de trabajo. Si bien las tareas de cuidado son centrales para el buen desarrollo de la vida comunitaria y social, no es posible que sigan colocándose solo sobre los hombros de las mujeres ya que esto solo genera una desmedida carga de trabajo que aumenta exponencialmente la brecha entre mujeres y hombres y también incrementa la desigualdad social y de género sobre todo en contextos de extrema pobreza.
Verónica Villegas Garza. Feminista en construcción. Maestra en Administración Pública y docente universitaria. Estudiante del doctorado en Educación, Arte y Humanidades (UACH).
Twitter: @AprendizDeJedi


