Ciudad de México a 23 enero, 2026, 17: 53 hora del centro.
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Sobrevivir. Volver a compartir

Diego Mejía

En este país de diferencias violentas y desigualdades lacerantes el resguardo es un privilegio; hacer despensa un lujo exclusivo de unos pocos: algunos afortunados que pueden gastar unos pesos de más sin poner en riesgo los pasajes, la cartulina del niño o las medicinas de la abuela; el arreglo del vocho o la tubería del baño que lleva meses goteando. Cómo pedir prevención a una sociedad que detiene las fugas con un trapito.

Ante la emergencia: el agandalle. El personalísimo sentimiento en el que fuimos educados, prefiero que lloren en tu casa a que lloren en la mía. ¡Qué tan pinche difícil es soñar que no hubiera llanto en ninguna! Es doloroso darse cuenta que la devastación llegó antes que el bicho, que los síntomas se manifestaron antes que la enfermedad: semanas antes de los contagios comunitarios, que irremediablemente llegarán, la comunidad cayó enferma. Unos cuantos se despacharon con los víveres que pudieron ser para otros, que pudieron alimentar a cientos, y no sólo habitar una alacena repleta de egoísmo. 

Al final, lo de siempre: nos medimos a ver quién tiene el congelador más grande. Sólo en una especie que la está cagando se entiende la bestial acumulación de papel de baño; sólo en una especie desnutrida de valores se entiende el acaparamiento de alimento en pocas manos. 

Además son tontos. Los escenarios catastróficos nos exhiben como lo que realmente somos: unos neuróticos buenos para nada imposibilitados a transformar las materias primas en alimento: lo primero en acabarse en los supermercados fueron las sopas instantáneas y las latas de conservas; los pasillos de granos, semillas y harinas permanecen casi intactos. Error. En las crisis lo necesario es lo básico: lo elemental. 

 Que el encierro nos sirva para reorganizar nuestras prioridades: reaprender a cocinarnos para cuidarnos y consentirnos. No se necesita mucho. Una compra modesta pero suficiente de frijoles, arroz, lentejas, habas o garbanzos, harinas de maíz y de trigo; pastas para sopa; papas, zanahorias, calabazas y camote. No deben faltar ajos, cebollas y pimientas; la bendición de la sal o el privilegio de las hierbas secas: perejil, epazote, mejorana, tomillo y laurel. 

Teniendo eso y haciendo compras pequeñas y constantes –hasta que se pueda– de jitomates, tomatillo verde, pepinos y acelgas, pueden mantenernos sanos y fuertes en casa. 

Lo que necesitamos es imaginación y tener las ganas de compartir en casa. 

El encierro será la mejor manera de cuidarnos; cocinarnos la mejor de levantarnos, de atarnos a una rutina, de reconfortarnos y tener las fuerzas de seguir. 

Vamos a compartir de nuevo la manufactura de los alimentos: cocinemos, comamos, amemos. 

 

Diego Mejía. Juntaletras por necesidad  y mezclapimientas por el puro gusto. Me dedico a ser preguntón en entrevistas, cabinas de radio o grupos focales. He sido copy, reportero de un programa de deportes y director de una revista de emprendedores.

Twitter: @diegmej

 

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