La epidemia la vimos nacer muy lejos de nosotros. Nos era algo completamente extraña. Con el paso de los días y las semanas la vimos avanzar de forma lenta pero muy segura y atrapar en sus garras a los países donde iba llegando, enfermando poblaciones enteras y dejando una estela de muerte en su camino.
La epidemia llego y está entre nosotros. No la vemos pero sabemos que avanza cada día cuando escuchamos el reporte de las autoridades a las 7 de la noche. Al momento de escribir estas líneas nos encontramos en el segundo día oficial de la cuarentena decretada por el gobierno de la república. Y aun así apenas alcanzamos a vislumbrar la magnitud de la tragedia que estamos a punto de enfrentar y en el fondo, tengo que confesarlo, mi espíritu de historiadora se pregunta en este momento: ¿cómo nos juzgará la historia? ¿Qué se contará de nosotros en 20 o 50 años? ¿Supimos hacerle frente o nos ganó el egoísmo?
La cuarentena nos está obligando como sociedad a plantarnos frente al espejo de la realidad, sin embargo la imagen que esta nos muestra no es algo agradable de observar. Nos devuelve el reflejo del profundo clasismo que adolecemos: la brecha que separa a unos cuantos ricos de una inmensa mayoría de pobres es cada día más grande. Pero escucho voces que desde nuestro privilegio de clase media pretenden exigirle al gobierno que haga uso de la fuerza pública para que por medio de esta se obligue a todos a permanecer en casa como se hace en países como Italia y España olvidando que nuestro contexto nacional dista mucho de los demás países; es decir, que el virus será el mismo para todos, pero los países no somos iguales.
También debemos abrir los ojos y reconocer de una vez por todas que México es un país mayoritariamente pobre, y lejos de disminuir esta situación, cada vez se va haciendo más profunda y que mientras una minoría privilegiada podemos recluirnos en casa –minoría en la cual me incluyo con mi situación de docente universitaria y de investigadora becada por el Conacyt lo cual me permite asegurar un ingreso mensual–, la mayoría no se encuentra en esta situación. Pienso en todos mis conocidos y amigos micro y pequeños emprendedores que tendrán que cerrar sus negocios y todos aquellos que no podrán darse el lujo de permanecer en casa porque el día que lo hagan no llegará la comida a sus mesas.
Algo es muy cierto: la epidemia dejara más pobres que muertos. Aclaro que no estoy minimizando las defunciones que esta situación va a dejar, solo que en este momento pienso en la avalancha de despidos y en la pérdida de patrimonios y en los muchos proyectos y planes de vida que se verán aplazados en el mejor de los casos si no es que truncados de forma permanente.
Ahora veo muchos mensajes de apoyo en redes sociales a estos pequeños comercios e industrias familiares para poyar el consumo local y que puedan sobrevivir, pero ¿cuántas veces en la situación en la que nos encontramos hemos hecho uso de sus servicios? O si en realidad solo será una moda pasajera al estilo de las campañas de ayuda como en los terremotos del 2017.
Dentro de todo lo malo que está pasando y que pasará en las siguientes semanas, tengo la esperanza de que esta contingencia nos mueva a una verdadera solidaridad, una mirada desde dentro que nos aleje del egoísmo social en el que estamos atrapados y nos otorgue una conciencia de vecindad y comunidad. En el mejor de los casos a un nuevo modelo de economía comunitaria que de manera callada nos vuelva más generosos con nuestros semejantes.




