Hace años que vamos a contrapelo de una crisis sistémica. Lo que ha hecho el COVID-19 ha sido evidenciar los fracasos tanto en el modelo económico y de representación política, como en la dinámica social y los estilos de vida. Mientras una minoría concentra el 80% de la riqueza, una gran mayoría de la población está condenada a una vida de trabajo para apenas sobrevivir, con escasas probabilidades de que eso cambie incluso en generaciones. La precariedad de los sistemas educativos y sanitarios, producto de los recortes presupuestales, así como la falta de oportunidades y la inseguridad económica y social de los muchos que viven al día, en la informalidad, en esquemas de autoempleo o percibiendo salarios raquíticos, no hacen sino perpetuar la pobreza y la desigualdad. Como nunca, ha quedado al descubierto la fragilidad de un sistema financiero global que se sostiene en la (in)certidumbre del mañana para producir y concentrar riqueza incluso sin que se haya producido nada, porque el dinero es su única medida de valor. Se le cuela un miedo y lo derriba, como haría el soplo de un niño sobre un castillo de naipes. Y caen todos, los de arriba y los de abajo, unos con mayor estrépito porque descienden y otros con mayor daño porque quedan siempre abajo.
También han quedado al descubierto los Estados que descuidaron la responsabilidad de procurar el bienestar del pueblo para buscar el de las corporaciones y otros poderes como una garantía de apoyo para el cumplimiento de indicadores y metas cuyo beneficio no necesariamente permea de manera equilibrada a la población en su conjunto. No obstante, cuando la insatisfacción social se ha hecho patente, la respuesta usual ha sido la represión y el uso desmedido de la fuerza, como ya comenzamos a ver también en los intentos de algunos gobiernos por disminuir su tasa de contagios, mientras otros han utilizado sin recato la crisis como una oportunidad de reposicionarse políticamente. Por otra parte, si bien la pandemia ha sido un llamado a confiar en los Estados y ha apelado a los sentimientos de solidaridad y responsabilidad colectiva, también ha puesto de manifiesto que no estamos preparados para compartir y colaborar, para abandonar nuestros patrones de consumo y redefinir los satisfactores y las actividades esenciales para la vida, o para resignificar conceptos como trabajo, valor, producción, consumo, crecimiento o bienestar.
La crisis sanitaria está aún lejos de terminar y más aún la consecuente recesión económica, por lo que es difícil sacar conclusiones sobre el día después. Sin embargo, han surgido diversas voces que intentan visualizar escenarios y alternativas. A riesgo de dejar fuera los matices intermedios, las reflexiones parecen centrarse en tres grupos: aquellos que advierten en la pandemia una oportunidad de reconfigurar el mundo (“un mundo mejor es posible”, “derribaremos el capitalismo”, etc., casi con violines de fondo); los que se centran en la intención de los Estados para controlar a la sociedad o justificar la debacle económica; y los que prevén que nada cambiará.
Particularmente, creo que no ocurrirá un cambio de fondo. Primero, porque poco está cambiando durante la propia crisis. Las dos principales consignas de contención y mitigación, “lávate las manos” y “quédate en casa”, aún con parecer muy simples, son casi imposibles de seguir para gruesos porcentajes de la población que no tiene acceso regular al servicio público de agua potable, o que está obligada a trabajar fuera de casa bajo la amenaza del despido o del hambre, o que simplemente no tiene casa; aún cuando se han puesto en marcha diversos programas de apoyo tanto públicos como privados y hemos visto casos encomiables de solidaridad comunitaria, son muchos los que continúan sin la posibilidad de suspender la movilidad y la concentración en los espacios públicos. Y segundo, porque no estamos preparándonos para un cambio, ni para una transición al cambio o siquiera para un conjunto de cambios menores. Nos estamos preparando para la continuidad del sistema, cueste lo que cueste y aún sin saber cuándo podrá comenzar la recuperación. Las medidas previstas dan cuenta de ello: rescate de empresas, permanencia de los empleos, recuperación de la producción, comercio e inversión, finalización de los programas escolares con el mínimo posible de variaciones, etc. Quizá no puede ser de otra forma, menos de forma radical. Incluso a nivel personal, se advierte la urgencia de retornar a nuestros días normales, que nos parecen cada vez más lejanos.
En resumen, creo que el capitalismo seguirá ahí, como un virus, con mayor fuerza aún al afianzarse en la biopolítica. Y tal vez nos consideraremos victoriosos. Pero no adelantemos conclusiones todavía. Puede ser que el encierro nos haga pensar un poco a todos.




