Alberto Vanegas
La noche del 31 de diciembre todas y todos brindábamos por el nuevo año. Se refrendaban los buenos deseos y cada quien hacía propósitos para cumplirlos en el 2020. El mundo esperaba de acuerdo a las estimaciones de los expertos un crecimiento económico mayor al 3 por ciento a nivel global y tasas por arriba del 6 por ciento en Asia y del 4 por ciento en los Estados Unidos.
Mientras que las grandes empresas trasnacionales avanzaban en sus planes de expansión en las diferentes latitudes y Japón nos prometía unos juegos olímpicos maravillosos, un extraño agente iba ganando terreno día con día. Era un virus nuevo de la familia de los coronavirus: el SARS-CoV2, que provocaba un cuadro gripal y podía llegar a desarrollar una neumonía muy potente.
Primero China y poco después algunos ministerios de salud del mundo comprendieron que estábamos a las puertas de una nueva pandemia que pondría en jaque a la humanidad. En México, el Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos (InDRE) que es nuestro observatorio de las enfermedades epidemiológicas, alertaron de las consecuencias que podría traer el nuevo virus. Inmediatamente, desde el 3 de enero, la Secretaría de Salud del gobierno federal inició con un plan para enfrentar la pandemia.
Desde la primera semana de enero el Presidente de México decidió dejarles la conducción para afrontar la epidemia a los científicos, médicos y especialistas. Fue hasta el 27 de febrero que se confirmó el primer caso de COVID-19 en nuestro país y la estrategia nacional de sana distancia comenzó el 25 de marzo, tal y como estaba planeado, a pesar de las presiones de algunos líderes opositores que buscan sacar provecho político de esta enfermedad.
No obstante las voces opositoras que exigían adelantar las medidas que los expertos tenían planeadas desde la primera semana de enero, el gobierno se apegó a las decisiones y recomendaciones de los médicos y buscó el equilibrio para proteger también a la economía popular. Se entendió que el QUÉDATE EN CASA aplicaba para las clases medias, los sectores con altos ingresos económicos y muchos trabajadores del sector público que tenían la posibilidad de implementarlo. No así para millones de personas que se ganan la vida día con día y que son ellos los más afectados: los pobres.
El Presidente de México ha sido claro desde un principio y en su discurso de toma de posesión el primero de diciembre de 2018 declaró: “Se va a gobernar para todos, se va a escuchar a todos, se va a atender a todos, pero la preferencia la van a tener los pobres. Por el bien de todos, primero los pobres”.
López Obrador tiene claro que esta pandemia va a afectar principalmente a los sectores sociales con menores ingresos económicos, a la gente que se dedica al sector informal para ganarse la vida, a las comunidades indígenas, a los campesinos y pequeños agricultores, a los pescadores y ejidatarios, a las poblaciones numerosas que viven en las periferias de las grandes ciudades. A más de 60 millones de mexicanos que viven con un salario mínimo y que están en el rango de pobreza.
Por ello, porque conoce la realidad más dolorosa que heredamos de la política económica neoliberal, porque conoce ese México pobre y profundo, ese México que no sale en la televisión y que no tiene una cuenta de twitter, es que el Presidente ha decidido enfocar todos sus esfuerzos para proteger a la gente que más sufre: la gente pobre.
En su informe trimestral leído en Palacio Nacional el pasado domingo 5 de abril el Presidente López Obrador fue tajante: “No aplicaremos las recetas económicas de siempre porque fueron un fracaso, el pueblo no votó por más de lo mismo. No rescataremos a los de arriba, como sucedía en el pasado. Vamos a aplicar medidas económicas para apoyar a los de abajo, a los más necesitados”. Y anunció 5 estrategias para fortalecer la economía popular una vez que pase la epidemia.
Destacan el fortalecimiento del Estado de Bienestar para garantizar la pensión para todas las personas mayores de 68 años, los apoyos para las niñas y niños con alguna discapacidad y las becas para estudiantes de escasos recursos. También destaca un mayor rigor en la política de austeridad republicana reduciendo aún más los salarios de los altos funcionarios públicos. El anuncio de un reforzamiento en la inversión pública para generar empleos y el otorgamiento de créditos para pequeñas empresas.
Hoy algunos sectores económicos que tienen altos ingresos y ganancias, analistas financieros y periodistas afines a los sectores conservadores se sienten defraudados porque el gobierno no les brinda estímulos fiscales y económicos. Extrañan las políticas neoliberales que rescataban las deudas privadas de una minoría y dejaban en el abandono a la gente más vulnerable. Hoy el Estado mexicano está construyendo las bases para tener una sociedad más igualitaria, con oportunidades para todos. Y sí, por el bien de todos, primero los pobres.
Alberto Vanegas Arenas.Licenciado en Sociología por la UNAM. Titular del Instituto de Investigaciones Legislativas del Congreso de la Ciudad de México.
@Alberto_Vanegas


