No es aventurado asegurar que la mayoría de las personas a veces utilizan la palabra “poder” como sinónimo de gobierno. En el imaginario colectivo de las y los mexicanos, la batuta que guía las decisiones que dictan el rumbo del país, se mueve según la trayectoria que sigue la mano del presidente en turno.
Acostumbrados a ver un gobierno que gira en torno al presidencialismo, es difícil comprender que actualmente haya respeto a la separación de poderes. Más difícil es asimilar que el poder no reside únicamente en el gobierno y que existen los llamados “poderes fácticos”, integrados por grupos de interés cuyo poder radica en el dinero que poseen o en aspectos más relacionados con cuestiones culturales (como es el caso de la iglesia).
Los poderes fácticos no se someten a la opinión pública ni al escrutinio. No siempre tienen rostro, están ahí, actuando casi siempre de manera sigilosa y aunque no fueron elegidos democráticamente, intervienen en la vida pública del país.
La influencia de los poderes fácticos es colosal. Cuando se tocan sus intereses son capaces de sacudir países y remover gobiernos legítimos y populares. De eso estaba consciente el Presidente Andrés Manuel y toda la gente que lo ha acompañado a lo largo de los años, impregnados de las experiencias de los gobiernos progresistas latinoamericanos.
Se sabía que gobernar e intentar separar el poder político del económico causaría, en este último, reacciones adversas. Pese a ello, muchos pensaron que las respuestas tardarían un poco más en llegar.
Quienes han sentido trastocados sus intereses, vieron en la pandemia de COVID-19 una oportunidad única para utilizar sus recursos y disminuir el apoyo popular que tiene el Presidente y todo lo que representa. Más aún cuando las elecciones de 2021 están cada vez más cerca, pues los poderes fácticos también tienen preferencias partidistas.
Incapaces de dejar el juego político de lado, han intentado envolver a los mexicanos en juegos mediáticos sin importarles que eso se traduzca en caos y defunciones. Afortunadamente no lo han logrado y la contingencia en México ha transcurrido de manera ordenada.
Al ver que a pesar de todo México no se dirige a un escenario de colapso, quienes no están dispuestos a ajustarse al marco de la legalidad, han recurrido a actos cada vez más deleznables y han hecho de la mentira el pan de cada día.
Han generado miedo y odio, alarmando y afligiendo a la población o incluso exhortándola a actuar de manera irresponsable. Pero es seguro que superada la contingencia, la gente les pasará factura.
Sin embargo, es necesario que desde lo gubernamental se marque un límite (de la manera que sea), pues algunos casos cruzaron la línea de lo tolerable y los vacíos de poder, aunque sea en el discurso, más temprano que tarde son llenados; y sería lamentable que quiénes los llenaran, fueran personajes afines a quienes han demostrado valorar el privilegio propio sobre todas las cosas.



