Las generalizaciones se pueden acompañar de conclusiones erróneas. Esto lo pude concientizar desde el bachillerato cuando conocí la estadística y aprendí que para aportar afirmaciones válidas a partir de un grupo de la población estudiada era importante hacer un cálculo de muestra y conocer los sesgos que pudieran alterar los resultados. Es por eso que suelo no hacer caso de la mayoría de las generalizaciones. Se me vienen algunos ejemplos a la cabeza: los médicos solo quieren sacarte dinero, a los pacientes no les interesa su salud o incluso temas no relacionados con Medicina: todos los políticos son iguales y todos los abogados roban.
Toda esta introducción se basa en comentarios que llevo leyendo en días recientes respecto a que la población en México es mal agradecida. Literalmente, en chats de Whatsapp, hubo médicos que decían que en otros países se trataba bien a los profesionales de la salud y que en México nos maltrataban. De verdad me quedé alarmada de que más allá del enojo que a todos nos causaron algunas situaciones contra colegas, se tomara esta afirmación como cierta.
Y la verdad es que conforme han pasado los años desde que tomé por primera vez la presión arterial a un paciente, me he convencido de todo lo que le debemos a nuestra gente y todo lo que ellos nos deben a nosotros en una especie de relación simbiótica, en una especie de mutualismo. A mí no se me olvida aquel desayuno que me llevaron en el Internado haciendo que no colapsara y dándome un momento de felicidad gastronómica de la misma forma que sé que a él no se le olvida mi insistencia que logró que el cirujano plástico accediera a tratarlo a pesar de haber sido previamente suturado en otro hospital después de que se cortó la mano con una sierra (existía la política de que si el paciente se empezaba a tratar en otro lugar tenía que terminarse de manejar ahí). Tampoco se me olvida que durante el servicio social en Todos Santos contaba con un apoyo de 425 pesos quincenales, y lo que me permitía subsistir era la comida obsequiada en las comunidades rurales a las que asistía, así como tampoco se le va a olvidar a don Vicente que después de muchos intentos logramos controlar su presión arterial y su diabetes. Y definitivamente nunca se me va a olvidar la vez que se me juntaron varios problemas en la residencia y que estando a punto de botar todo me habló Alejandra para que saliera a la entrada del Hospital y me tomara una foto junto a su bebé, además de regalarme una bolsa como agradecimiento al acompañamiento que le hice durante el trabajo de parto que según me dijo fue una experiencia inolvidable.
Por supuesto que también he tenido malas experiencias. Durante la pandemia de influenza en el 2009 no me dejaron subir al camión porque iba vestida de blanco y los podía contagiar. Incluso me han llegado a amenazar o a gritarme el ya conocido “por mi tragas”. Pero hace varios años apendí a que en esta relación los vulnerables son ellos y se pueden equivocar de las peores maneras. No por esto digo que tengamos que ser mártires y tolerar acciones perjudiciales. En un momento de crisis y miedo se debe ser enfático sobre las medidas que aseguren nuestra protección integral. Pero si de protección se trata me parece en la escala de gravedad mucho peor lo que hizo el presentador de noticias al incitar a que la gente rompiera la cuarentena desestabilizando un sistema de salud que como en todos los países es rebasado por la pandemia, poniendo en riesgo a la población y al personal de salud que somos el frente de batalla de esta enfermedad. Me consuela saber que ese tipo y sus jefes se van a la cama con su conciencia manchada de egoísmo y de cobardía para responder ante sus propios intereses económicos y políticos mientras que nosotros nos vamos a la cama con la tranquilidad de estar dando cada quien desde su trinchera lo mejor de nosotros en el ámbito profesional y personal, porque se necesita entereza para no zucumbir ante el miedo del contagio, se necesita valentía para no quebrarse ante la enorme cantidad de enfermos, se necesita serenidad para tranquilizar a nuestras familias sobre la posibilidad de que nos conatgiemos, se necesita fortaleza para dar malas noticias y tener que seguir porque hay otra familia que espera a su familiar en casa y sé que todas estas características las tienen mis colegas y el personal de salud que día a día están poniendo la profesión por delante de su vida personal.
Y hoy decido en quién enfocarme, hoy sé que nunca vamos a olvidar ni a dejar de agradecer a todo aquel que se quedó en casa apelando a la solidaridad entre mexicanos, que canceló bodas, fiestas o cumpleaños, que dejó de visitar a su familia y amigos a pesar de que la soledad puede ser difícil, que suspendió viajes, que organizó rifas para comprar material médico o que incluso se puso a elaborar caretas o cubrebocas. Gracias por sus mensajes, por sus descuentos ofrecidos en comida o transporte, por sus aplausos, por su reconocimiento. Gracias a todos ustedes, a los que les debemos tanto.




