Desde inicios del siglo XXI muchos países de la región de América Latina han ocupado algunos de los primeros lugares de la lista de los países más violentos del mundo aún sin tener declarado en la formalidad un Estado de Guerra. Después de un largo periodo de dictaduras en la región, gran parte de esta violencia ha respondido a la dinámica neoliberal impuesta a partir de un conjunto de supuestas medidas económicas planteadas en el Consenso de Washington que “implícitamente” incluían una visión particular del ejercicio del poder, de las relaciones políticas-sociales y en general una reconfiguración de lo que Foucault llamó “biopolítica”.
Usualmente cuando se retoman los episodios de la historia mundial donde los mayores actos de violencia han cobrado un papel protagónico, solemos referirnos a la Segunda Guerra Mundial y particularmente al nazismo y al fascismo como corrientes ideológicas propias de la época como si hoy parecieran extintas. A nuestras mentes recurren imágenes de campos de concentración, de hombres, mujeres, niños y niñas desnudos en condiciones inhumanas, aglutinadas masivamente en espacios cerrados como las cámaras de gas ante el anuncio de la muerte. El fin de semana pasado, imágenes muy parecidas circularon a nivel mundial en los medios: no eran los campos de concentración nazi de finales de los años treinta, son los centros penales de El Salvador el día de hoy.
La actual pandemia mundial de COVID-19 ha evidenciado múltiples formas de violencia en todo el mundo que han respondido a una crisis humanitaria y económica que desde años atrás lleva acumulándose para esperar un detonante como el coronavirus y reconfigurar el orden mundial y con ello las formas de ejercer el poder en regiones tan inestables como América Latina. El caso de El Salvador es un ejemplo de ello donde después de treinta años de disputa por el poder entre la derecha conservadora encabezada por ARENA y la izquierda por el FMLN, el presidente tuitero Nayib Nukele en medio de la pandemia ha evidenciado las formas más neoliberales y cínicas de gobernar el país y con ello la forma más inhumana y fascista de ejercer el poder desde el Estado cometiendo diversas violaciones a los derechos humanos del pueblo salvadoreño.
El presidente de El Salvador ha sido ejemplo del fascismo en América Latina en la forma en la que ha tomado medidas para hacer frente a la pandemia de COVID-19 comenzando por la militarización del país a través de la cuarentena obligatoria. Desde un inicio el presidente se hizo notar por no otorgar las facilidades necesarias para repatriar a la ciudadanía salvadoreña que lo solicitaba al comenzar la pandemia; con respecto a las medidas económicas, de la forma más neoliberal, solicitó un préstamo al FMI endeudando a su país para la supuesta facilidad de créditos para el pueblo que finalmente no pudieron ser gestionados debido a que en palabras del presidente: “todos cometemos errores”.
Para seguir siendo la vanguardia fascista, este fin de semana Bukele declaró el estado de emergencia en los centros penitenciarios donde en las mismas celdas ahora totalmente selladas para impedir cualquier tipo de comunicación, se combinó a los integrantes de las diferentes “pandillas” rivales entre ellas (principalmente Mara Salvatrucha y Mara Barrio 18) , acto que no se hacía desde 2002 debido a que había provocado el incremento de la violencia al interior de los centros y a su vez, el asesinato entre reos de grupos rivales. El presidente, orgulloso de su fascismo, como es costumbre tuiteó que “ahora, estarán adentro, en lo oscuro, con sus amigos de la otra pandilla… no verán ni un rayo del sol”, al mismo tiempo que compartió las imágenes de los cientos de reos a los que se refiere despectivamente como “terroristas pandilleros” apareciendo en los centros en condiciones deplorables, semidesnudos, rapados, esposados uno al otro, agachados y en fila, algunos desde lo absurdo y cínico de las autoridades con cubrebocas mientras son vigilados por cuerpos de seguridad. Del mismo modo ha anunciado el uso de la fuerza letal por parte de la fuerza pública para atender la violencia que ha incrementado durante la pandemia supuestamente por parte de estos grupos que se comunicaban por señas desde prisión.
La violación a los derechos humanos en el país es un hecho y con ello el fascismo por parte del presidente tuitero para lo cual el combate a la pandemia de COVID-19 ha sido solo un pretexto que evidencia de la misma manera que en los campos de concentración, que hoy en el Salvador son las medidas ejercidas por Bukele, el fascista.




