Ciudad de México a 23 enero, 2026, 23: 06 hora del centro.
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Autonomía

Los días de encierro se hacen más llevaderos de dos maneras: tomar consciencia del privilegio que supone estar en casa y aplicar dosis constantes de libertad. De otra manera corremos el riesgo de sufrir ataques de ansiedad que nos obliguen a ponernos al día con nuestros correos electrónicos o acomodar la ropa por tonos, telas y formas.

 

Cocinar supone cierto acto de rebeldía porque cocinar es conquistar autonomía. Se trata de conocer, hasta que las capacidades y el interés lo permitan, una serie de principios básicos: la temperatura, la acidez o la grasa; para acomodarlos según los intereses y las necesidades; o las manías, los traumas y los corajes.

 

Es muy sencillo: cocinar es una sinfonía del cuerpo. Cocinamos con todo lo que somos y lo que nos falta por ser. No importa qué tan sofisticado, todos tenemos una forma de preparar un sándwich o cerrar un taco de aguacate con sal, una manera que es nuestra, que se adecua a lo que esperamos sentir en los dientes y soñar en la panza; y hay tantas formas como personas tengan la oportunidad de prepararlo. Cocinar significa diferenciar entre sabores e intuir cómo pueden juntarse, como distinguir las voces de nuestros padres y entender lo que nos quieren decir, descifrar lo que nuestro corazón no se atreve a nombrar.

 

Porque cocinar es festejar las diferencias y romper las ideas prestablecidas que hemos aceptado de las cosas: cuando pensamos en una cebolla siempre recreamos una bola blanca, brillosa y perfecta que la industrialización nos ha impuesto, pero las cebollas son diversas en colores, en sabores, en formas. La comida hiperprocesada depende de insumos estandarizados para que funcionen a las máquinas de corte; los productos que no cumplen con las especificaciones son desechados porque no le sirven al molde. La comida que se prepara por máquinas nos obliga sus sabores, nos impone sus imágenes, nos hace pequeño el mundo. 

Cuando cocinamos aprendemos a respetar las materias primas y valorar las manos y el esfuerzo que las crearon, tomamos dimensión del valor de un tomate, de la harina del trigo, o ese oro al que otros llaman azafrán. Cocinar es mucho cansancio y esfuerzo para crear un momento especial y necesario; cocinar te enseña a respetar el trabajo y los que lo hacen. Cocinamos para dar energía a gente cansada, gente con esperanzas, gente que sale a trabajar. 

 

Cocinar entonces es preparar otro mundo posible, maridar esperanzas con realidad y gustos, solamente acotados por la necesidad. Si podemos diferenciar entre sabores seremos capaces de crear mezclas y de inventar palabras. Porque se trata de crear nuestros propios métodos de acercamiento y nuestras propias pautas, nuestros muy personales ritos para sacralizar el momento. 

 

Preparar los alimentos implica estar en contacto con ellos, sentirlos, escucharlos, olerlos; dejarnos guiar, cambiar el sentido de la jugada al momento de encender la estufa, de untarle mayonesa al pan; cocinar es festejar lo vivo y respetar la muerte.  Cocinar es ir en sentido contrario a las imposiciones. y a los conservadores; cocinar es ampliar posibilidades al igual que aprender a nadar o a montar la bicicleta nos libera y crea nuevas formas de ser. 

 

Además al cocinar prefiguramos el convivio y las palabras, los silencios y las miradas. 

Somos lo que nuestra libertad nos deja.  

 

 

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