En febrero de este año estábamos escribiendo nuestros horizontes alcaldiles para 2020 y 2021 como si fueran años normales. En ésas estábamos, retejiendo los jirones de velas y reconformando un barco dejado a su suerte durante la larga noche neoliberal, cuando llegó un trombón.
El COVID-19 es un bicho raro; un enemigo al que todavía no conocemos bien y que estamos tratando de combatir en la marcha; como mejor nos permite esa combinación de pericia técnico-científica e intuición de la que está hecha la historia. A inicios de marzo comenzamos a tomar medidas como Alcaldía: suspendimos las audiencias ciudadanas; los recorridos en las colonias; las inauguraciones de obras; los eventos públicos; las fiestas de los pueblos, y las ferias y reuniones grandes. Acatamos inmediatamente medidas del Gobierno de la Ciudad de México; instalamos los gabinetes que pidió la Jefa de Gobierno para hacer frente a la crisis sanitaria y empezamos a sanitizar los lugares más concurridos de la demarcación.
Pronto tuvimos que enviar a los grupos de mayor riesgo a casa. Este bicho es vulnerable, sobre todo, al impulso de cuidarnos entre todos y todas. Eso hicimos y eso seguiremos haciendo.
A pesar de tener pocas reuniones y tomar todos los cuidados y medidas, comencé a tener síntomas. Mis alergias me llevaron a pensar que todo era normal hasta que los dolores de cabeza se intensificaron, el dolor de garganta no cedió y finalmente comenzó a faltarme el aire. En ese momento llamé a mi médico quien me pidió que fuera corriendo al hospital más cercano (no es la primera vez que me ocurre). Me hicieron la prueba: positivo de COVID-19. Se abrió un nuevo frente, pero esta vez, de encierro.
A partir de ahí me tocó una etapa de coordinación a distancia. Gracias a las herramientas digitales y a la enorme calidad humana y pericia técnica de mi equipo esta coordinación ha sido un éxito. La buena noticia es que pronto recibiré mi alta del encierre y podré dirigir a mi equipo presencialmente.
Seguimos en plena tormenta. Este trombón no se atraviesa sola, sino en legión; entre todas y todos. Hago un llamado a la unidad en estos momentos en los que a pesar de las dificultades estamos escribiendo un capítulo de dignidad: quizá por primera vez en la historia del México reciente se está poniendo por encima de cualquier interés la vida de todas y de todos; mientras al mismo tiempo respetamos ese gran horizonte que exige que por el bien de todos primero se atienda a los pobres de México.
Al respecto es importante decir que hay sorprendidos, mas no sorpresas. A muchas personas les ha tomado desprevenidas la seriedad con la que nos tomamos este compromiso. Muchas de ellas pensaron que era un mero eslogan de campaña; que a la hora de la hora retomaríamos las formas y prioridades neoliberales y que seríamos muy condescendientes hasta el punto de acatar sin más sus recetas dictadas desde los centros hegemónicos del mundo. Entérense: el proyecto de nación cambió. Las formas neoliberales no se obedecerán inmediatamente sino hasta después de una reflexión que tenga al bienestar del Pueblo como criterio central. Endeudar al país sin precauciones, ni dirección, ni sensibilidad frente al papel que la deuda ha jugado en la historia de las soberanías nacionales latinoamericanas no sucederá bajo este gobierno. Tampoco continuará la eterna prioridad a grandes empresas y transnacionales en las crisis económicas; esa prioridad que relegaba a todas las demás personas a esperar un goteo que nunca llegaba. Atrás quedó ese PRI veracruzano que daba agua en lugar de quimioterapias pero se le perdonaba porque “salpicaba recurso”; o tanto y tanto ex secretario de Hacienda que justificó la desigualdad y la pobreza con ideología matematizada. Tampoco se implementarán estrategias de contención y mitigación epidemiológicas insensibles a las necesidades económicas de los tradicionalmente excluidos. Cambiamos el proyecto de nación para diseñar no por y para el privilegio, sino para todos y todas. Como decía León Felipe: no es lo que importa llegar solo ni pronto, sino llegar con todos, y a tiempo.
Este país está pasando por una cirugía de corazón, de cerebro; un reacomodo de tripas y sentidos que nos dará una nueva complexión, más resistente, más solidaria. Podremos lograrlo gracias a la rica y profunda reserva moral de nuestro Pueblo que a pesar de 30 años de neoliberalismo nunca olvidó cómo transformar a la solidaridad en vida cotidiana. La Cuarta Transformación revolucionará las conciencias. Atrás quedó la idea sectaria que supone que pensar diferente, actuar diferente, es un mal social. En este gobierno se diseña por y para la diversidad de nuestro Pueblo, y no para satisfacer agendas exclusivas.
Es momento de lo colectivo; es momento de reconocer la violencia que nos atraviesa para cambiarla radicalmente. Es momento de quedarnos en casa y aprender a reconstruir con los cachitos de país que nos dejaron. Es momento de escucharnos y sí: de hacer un gran diálogo nacional en donde en primera fila estén las personas que nunca estuvieron.
Por ahora vivimos un país lleno de desigualdades por políticas públicas completamente mal hechas. Me queda muy claro que lo que nos hereda el neoliberalismo, además de una crisis terrible en las instituciones, en el país, en la sociedad y en la economía, es un profundo individualismo. Han querido hacer pasar nuestro barco por cayuco, para luego explicarnos que no hay espacio para todo el Pueblo. Sin embargo se equivocaron: tenemos un gran barco y un gran capitán.




