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Lula y el PT, la película que hoy protagoniza AMLO y MORENA

Luiz Inácio da Silva mejor conocido como "Lula" ("Luisito" en portugués), ha sido el presidente de Brasil más querido y probablemente el mejor en toda la historia de ese país. Un hombre que ha remontado sistemáticamente las adversidades: niño pobre y analfabeta hasta los 10 años, que abandonó los estudios después de la secundaria por necesidad económica; que fue bolero, vendedor ambulante y ayudante en una tintorería; fue tornero mecánico y líder sindical metalúrgico. Al fallecer su primera esposa lo hizo caer en una etapa de alcoholismo y la superó, en tiempos de la dictadura militar fue preso político, tres veces perdió la presidencia y tres veces se levantó para ganarla al cuarto intento, ha vencido las batallas de un cáncer y ha vuelto a vivir el luto, ahora de su segunda esposa. A la derecha brasileña no le quedó más remedio que utilizar infames injurias para llevarlo de vuelta a prisión previo a las elecciones del 2018 por el temor que les generó cuando Lula anunció estar listo para volver a contender por la presidencia (sabían que volvería arrasar en las urnas), pero Lula ya está libre y listo para competir por la presidencia el 2025.

 

Desde sus primeros intentos por ganar la presidencia se identificó como el candidato de los pobres y fue víctima de brutales difamaciones y campañas negras por la mayoría de los medios de comunicación al servicio de las élites del poder, por señalar e ir en contra de todo el sistema socioeconómico y político que tenía al país sumergido en pobreza y corrupción, Lula era "un peligro para Brasil". ¿Dónde hemos leído y escuchado eso?

Un viraje estratégico se produjo al comienzo de su cuarta campaña electoral a fines del 2001 cuando los asesores de Lula adoptaron una visión menos radical del combate político. Bajo la dirección de Duda Mendonça, verdadero gurú del marketing político encargado de la campaña electoral, experimentó una auténtica metamorfosis en su apariencia, eliminó de su programa cualquier referencia de socialismo radical y se alió con el magnate textil José Alencar (un símil de Alfonso Romo) del Partido Liberal, designado candidato a la vicepresidencia. Lo que lo condujo por fin a ganar de manera avasallante las elecciones del 2002 pero en sus dos períodos presidenciales tuvo que lidiar con un congreso en contra lo que lo orilló a pactar alianzas con partidos conservadores, perpetradores de los vicios anquilosados de la política brasileña como el PMBD, lo cual causó disgusto y desconfianza en el sector del voto duro del PT. Pero Lula declaró alguna vez: “Si Jesús viniera a Brasil se daría cuenta que tendría que pactar con el mismísimo Judas para sacar adelante a este país, con el mismo fin yo no dudaré de pactar con el demonio si es necesario”.

 

Ya como presidente planteó en el 2003 programas de largo alcance, Hambre Cero y Bolsa Familia; mandó a sus asesores a México para que estudiaran a fondo el Programa Oportunidades a fin de poder aplicar una versión brasileña de él e invitó a su arquitecto, Santiago Levy, para que les explicara a sus expertos cómo podían hacerlo mejor. Y lo hizo. Lula sacó a poco más de 30 millones de brasileños de la pobreza en menos de una década (en México fue lo contrario: se incrementó la pobreza extrema en ese mismo periodo que presidieron Fox y Calderón), ensanchó a 52 millones la clase media y triplicó el PIB per cápita a través del control de la inflación y estimuló créditos (como no se hizo en México).

 

La similitud en la trayectoria política y sus procesos electorales entre Lula y Andrés Manuel López Obrador son casi un reflejo que expela un espejo. Los dos han luchado a contracorriente contra todo un Statu Quo anquilosado y muy poderoso que ha sido generador de corrupción y fábrica de pobres. 

 

La visión de López Obrador no es hipócrita. Congruente desde que recorría las comunidades tabasqueñas por encargo del entonces gobernador Enrique González Pedrero (1983-1987) con recursos para su desarrollo, dinero que siempre llegó a su destino. Cuando fue delegado del Instituto Nacional Indigenista en el mismo estado, puesto creado para atender las necesidades de los indígenas de la región de Nacajuca, donde se mimetizó con sus habitantes étnicos y vivió habitando una choza con piso de tierra durante cinco años. Andrés Manuel desde entonces ve la política social como su prioridad y a los más necesitados como aquellos a quienes debe alcanzar primero una nueva sociedad de bienestar. "Por el bien de todos, primero los pobres".

 

Como Jefe de Gobierno del D.F. (hoy CDMX), priorizó la política de bienestar en el desarrollo social, salud, gestión de fondos públicos, el sistema de pensiones para los adultos mayores, con las mismas objeciones que ahora de la oposición de derecha: PAN y PRI que se centraban en la viabilidad financiera del programa o sus supuestos manejos clientelares, pero tiempo después sería retomado por el presidente panista en turno, Vicente Fox, para su aplicación a nivel nacional, además se centró en políticas de transparencia y seguridad pública.

 

Al igual que Lula, López Obrador se ha recorrido hacia el centro formando alianzas con algunos miembros de élite financiera. Los nombres de Marcos Fastlicht, empresario destacado y filántropo además de suegro del dueño de Televisa, Emilio Azcárraga Jean y Miguel Torruco, consuegro de Carlos Slim, se incorporan a la lista de otros miembros de la élite del sector privado que han decidido formar parte de las filas lopezobradoristas. El mismo Alfonso Romo, uno de los hombres más ricos de México, y con Ricardo Salinas Pliego, el tercer hombre más rico de México y propietario de la segunda televisora más grande del país.

 

La película que el Presidente de México debe de analizar completa y minuciosamente es el derrumbe de todo un proyecto de transformación (de centro-izquierda) con un vehículo llamado PT, conducido por Lula y relevado por Dilma Roussef.

 

Lula al igual que AMLO, pactó alianzas con partidos conservadores y con parte de la élite empresarial, no prescindió de las prácticas neoliberales solo las acotó con un enfoque de justicia social, pero no trastocó a ese poder fáctico, lo dejó intacto. Además no llevó a juicio a los asesinos de la dictadura militar, quedó ileso ese sector retrograda nada insignificante y con muchas ansias de volver a esos tiempos dictatoriales (Bolsonaro). No persiguió a los corruptos ni expresidentes del viejo régimen. No hizo reformas para la regulación de los medios de comunicación y el PT, el partido del pueblo, de las luchas sociales, terminó burocratizándose y abandonando las calles y favelas con sus causas sociales para enfrascarse en luchas internas por el control del partido y sus candidaturas, lo que a la postre provocó acabar seducido por la tentación de la corrupción.

Al tiempo, todo este cocktail de factores se articularon entre sí y junto al Poder Judicial emprendieron un golpe blando donde uno de los principales aliados del PT, el PMDB, terminó siendo la espada de Damocles para destituir de la presidencia por medio de un empechment a Dilma Roussef y derrumbar todo ese proyecto de nación emprendido por Lula, el líder de izquierda más emblemático que ha tenido Brasil y lo más lamentable: ha vuelto la ultraderecha rabiosa a gobernar ese país.

 

López Obrador hoy por hoy está protagonizando la filmación del remake de esa película, pero tiene la ventaja de decidir si adapta el guion tal cual versión brasileña o le hace, los nada fáciles, pero sí muy posibles ajustes para culminar en un final mucho más próspero y placentero.

 

 

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