Después de un par de meses que nos ha tocado lidiar con un enemigo invisible pero tan poderoso que nos tiene prácticamente aislados, hemos modificado nuestro estilo de vida, hemos aprendido a usar otras formas de comunicación, a buscar romper el aburrimiento con todas las herramientas posibles y por supuesto, también hemos aprendido lo valioso que es contar con algo que de pronto olvidamos: la salud. Todo esto, claro está, para los que desde casa podemos contar con el privilegio de trabajar y no tener que salir a buscar qué comer en una calle sin el ritmo habitual.
De pronto somos testigos de grandes avenidas sin conglomeraciones, entendemos la virtud del silencio, comprendemos de forma más clara la importancia de no acelerar el paso cuando ni siquiera estamos en la calle. Y todo porque un virus nos ha confinado a procurar guardarnos en casa. Pero no todos pueden, allá afuera están los que arriesgan su vida por mantener la vida de las personas a flote, intentando que los hospitales funcionen y que exista un diagnóstico certero. Toda esa gente que día a día acude a salvar la vida de los demás también han sido fundamentales en esta pandemia y poco hablamos sobre ellos. Incluso esa gente ha sufrido ataques personales porque la falta de información genera la psicosis colectiva de que los especialistas de la salud automáticamente tienen COVID-19.
Hace algunas semanas vimos a una jefa de enfermeras, la Jefa Fabiana, intentando sensibilizar a la población de que seamos solidarios con ese personal que tiene que anteponer su vida para mantener las otras vidas, las vidas de nuestras familias, de nuestras personas, de nuestras comunidades. Inicialmente este texto lo quería enmarcar sobre la labor de los químicos en estos momentos, porque considero que poco se habla sobre nosotros; pero después reflexione que, aunque mi formación profesional guarda una solidaridad con mis colegas, en estos momentos urge recobrar la fuerza moral con todo el personal de salud que se somete a jornadas no solo extenuantes sino muchas veces en condiciones adversas porque por años se olvidó la importancia de la salud pública y bajo ese panorama es que esa gente no escatima su cansancio o preocupación por seguir haciendo lo que por vocación debe.
Aunque hay una voracidad política por parte de los que mantuvieron en el abandono al sistema de salud, podemos constatar que allá afuera, en donde se ejerce la acción, nuestro personal que lucha contra el virus olvida para servir. No dejan de ser en esencia personas que como pocos dimensionan lo que significa ser servidor público y aunque no dudo que existe personal que siente frustración por la precariedad en la que deben laborar, muchos saben que no es una cuestión que nació hace 17 meses y que los vicios dentro del sistema tomará años revertirlos. Pero por ahora, es necesario impulsar a esa gente, abrazarlos, apoyarlos y saber que están ahí para que esta tragedia no cause más daño del que ha hecho.
Ya habrá momento para seguir en la disputa política sobre porqué llegamos a este paisaje quasi apocalíptico y emprender las acciones necesarias para recomponer el rumbo. Pero por ahora, lo que importa es decirles a todas nuestras personas en el área de la salud: ¡No están solos, no están solos, no están solos!


