Antes del Covid vivíamos en un mundo esencialmente excluyente. El acceso a educación, salud y a los insumos más básicos está determinado por la suerte y el azar más que garantizado como lo que es: un derecho. La realidad es que en el planeta que hemos construido el bienestar tiene precio. La aplicación del modelo neoliberal condenó a los países a vivir en anemia permanente y por tanto a perder capacidad de reacción ante la emergencia.
Tenemos dos opciones frente a nosotros: profundizar un sistema que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias o transitar hacia una economía compartida y mucho más justa. Debemos razonar en función del mundo que tendremos después del virus, de las consecuencias y necesidades que generará. Si elegimos la primera opción la crisis no nos habrá enseñado nada. Ésta generará pobres mucho más pobres, ricos mucho más ricos y estaremos apostando por un modelo no solo que empobrece más si no que abandona a los más vulnerables a su suerte en la peor emergencia que ha vivido la humanidad en un siglo.
De esta forma tenemos que empezar a pensar en el mundo post-pandemia. Resulta una tarea titánica empezar a diseñarlo. Debe ser capaz de balancear los costos sanitarios de la reapertura económica y los costos sociales de mantener la economía detenida. Ese es el problema del sistema que hemos construido. Estados que son incapaces de proveer a sus ciudadanos incluso lo más básica en situaciones de esta naturaleza. Por eso creo que estamos ante una oportunidad inédita. Una oportunidad de repensar los fundamentos económicos que hemos aplicado históricamente, de rediseñar el funcionamiento de las estructuras políticas y de crear Estados que sean capaces de luchar por los más pobres, no de empobrecerlos más.
Creo que no hay que dejar a nadie atrás no solo por un imperativo ético y moral. Sino también porque estoy convencido que un mundo desigual es un mundo con menor bienestar. No solo para los más vulnerables, para todos. Dentro de lo difícil que ha sido una pandemia de esta magnitud creo que nos encontramos ante una oportunidad inédita: la de hacer que la dignidad humana sea costumbre. De terminar con las perjudiciales alianzas del poder económico con el poder político, de dejar de hacer política de pantalla y de garantizar que la construcción de la nueva realidad y normalidad se dé en función de quienes más necesitarán al estado de su lado para sortearla. Vamos a salir adelante. La pregunta es si queremos salir a un mundo que trabaje con y para los más pobres o que se siga centrando en la concentración de la riqueza y su mala distribución.


