Ciudad de México a 7 febrero, 2026, 8: 35 hora del centro.
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#OpiniónChinaca: Salud psicológica antes, durante y después de la crisis

Carlos salió de fiesta con sus amigos un viernes como muchos otros. Bebió, bailó, cantó, conoció a alguien. Insistió en conducir para volver a casa y nunca volvió. Esas pocas copas fueron tal vez demasiadas. María terminaba su jornada de trabajo y viajaba desde el edificio corporativo en la insufrible e inhumana Santa Fe hasta su casa en Iztapalapa. Estaba pensando ya en abrazar a sus hijos, llamar a su madre por teléfono y pasar un rato leyendo los poemas que su esposo le recopilaba en el teléfono y que tanto le gustaba leer mientras descansaba. Pero dudó un segundo en entregar su bolso al asaltante que subió a la micro y él, nervioso e impaciente, le disparó. Escribieron sus poemas preferidos en papel y los pusieron a dormir en la tierra junto a ella; Jos había estado en cama durante casi una semana después de que le dijeran que no había aprobado una de sus materias y que para el próximo semestre se le negaría la inscripción. Su escuela era una de las más prestigiosas y demandantes de la Ciudad; adepta, por supuesto, del terrorismo académico que asume que la mejor manera de enseñar es a través de atormentar, amenazar y humillar. Su padre estallaría de rabia cuando se enterara —tantos miles de pesos en colegiatura a la basura—; su madre seguro no tendría cara para hablar con sus amistades de su educación elitista y refinada que antes presumía. Tal vez no ver nada más, no escuchar nada más, no sentir nada más sería mejor que vivir en la vergüenza ahora que el mundo se le viniera encima. Su hermana tomaba pastillas para calmarse. Jos ahora necesitaba una calma que ya nada perturbara. La universidad se cubrió de flores. Su retrato ha estado en el patio cívico ya por varios meses…

 

En México los accidentes de tráfico, la violencia infligida por terceros y el suicidio son las principales causas de muerte para jóvenes entre 15 y 29 años. Si esto se considera o no como un problema de salud pública y, en específico, de salud mental pública, depende de cómo entendamos la salud mental. En este sentido, el panorama no es precisamente prometedor: según datos de Parametría, un 98% de los mexicanos “cree que tiene buena salud mental”. Al mismo tiempo, un 33% padecerá un problema de salud mental a lo largo de su vida y un 62% se sentiría avergonzado de acudir a recibir atención especializada. En nuestro día a día, pareciera que allá donde la salud psicológica no es llanamente un tema tabú del que no se puede ni se debe hablar, es un tema minimizado del que oímos decir  frases como “solo quiere llamar la atención” o “se está haciendo la víctima”. En otro escenario, cuando se acepta hablar de la salud psicológica y sus problemas, se le suele entender como una mera “peculiaridad del cerebro” o  un defecto individual de “la personalidad”, ajenos e independientes del contexto y a las condiciones de vida, tanto como lo serían el tener gripe o haber nacido con ceguera a los colores.

 

Aceptamos la visión individual de la salud psicológica casi sin cuestionarlo. Habiendo estado inmersos tanto tiempo en una cultura liberal e individualista, se omitió por completo el hecho de que la salud psicológica y la mayoría de sus problemas son de naturaleza contextual. Por esa misma razón también se ha pasado por alto que muchos de ellos se resolverían mejor con la ayuda de un sindicato, del consejo de padres de familia o de una organización vecinal que con la ayuda de un terapeuta en sesión individual. Si una persona se siente mal tolerando a sus jefes o profesores hostiles, recibiendo un salario precario que no le permite satisfacer todas sus necesidades o temiendo por su seguridad cada que vuelve a casa. El problema, tal vez, no sea tanto de la persona como del contexto en el que debe vivir.

 

El que no tengamos una idea clara de qué es “salud psicológica” se debe probablemente a que casi todos creemos tener algo útil que decir acerca de las emociones, pensamientos y  acciones que son el comportamiento humano. Al final del día, actuamos, pensamos y sentimos nosotros mismos y convivimos cotidianamente con otras personas que lo hacen. Nada pareciera más sencillo de explicar que nuestra conducta y sin embargo la mayoría de estas explicaciones comunes están lejos de tener la utilidad que deberían si lo que buscamos es que sirvan para construir, restaurar y preservar nuestro bienestar. La pandemia nos pone hoy frente a un reto mayúsculo en materia de salud y nos anuncia otros mayores cuando debamos atender los efectos sociales colaterales. La luz al final del túnel está, en parte, en promover la psicología basada en evidencia y la creación de programas institucionales de alfabetización conductual o psicoeducación que nos enseñen a conocer por qué sentimos lo que sentimos, decimos lo que decimos y hacemos lo que hacemos, así como las técnicas necesarias para manejarnos mejor.  Esto, aunque no lo parezca, involucra también crear ambientes conducentes hacia la salud y en los que el conocimiento científico del comportamiento humano nos sirva también para aprender a ser buenos padres, buenas parejas, buenos colaboradores y, hoy más que nunca, a ser empáticos los unos con los otros.

 

No puedo dejar de mencionar que el tema de la salud psicológica ameritaría añadir más matices de los que se pueden abordar en un artículo tan corto. El acceso a servicios de salud psicológica de calidad y efectivos no es fácil en México ni en otros países incluso más ricos. Entender a la salud psicológica como una urgencia de salud pública debe hacerse pensando no solo en nosotros mismos sino, sobre todo, en aquellas personas que desesperadas, profundamente tristes o con otros déficits o excesos conductuales que les impiden realizar sus sueños, se topan con chamanes, lectores de cartas o sueños, y demás charlatanes que retrasan o impiden el acceso a una restauración pronta de su bienestar. Es nuestro deber moral sentar los precedentes necesarios para garantizar el bienestar integral de todas las personas. Todos los Carlos, María, Jos –y los aún por nombrar– de nuestro país podrán tener vidas plenas, largas y felices si ponemos a la psicología como ciencia del comportamiento humano al servicio de este propósito. 

 

 

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