Un grupo de veinteañeros aspirantes a cuentistas fuimos auspiciados en un saloncito del edificio blanco –oculto a simple vista–, anexo al Castillo de Chapultepec (ex caballeriza del Colegio Militar), si usted mira debajo de las esculturas de los Niños Héroes (de donde saltó Juan Escutia con la Bandera) y no vislumbra hacia el inmenso panorama de la vieja ciudad de hierro que en sus periodos transparentes sigue siendo un lago de cristales, sombras y reflejos, ahí hubiera escuchado nuestras risas y declamaciones los sábados de 1996, al fondo del jardín que nos albergó a instancias de mi padre y del escritor Antonio Saborit luego de ser corridos del Café de Nadie y de no tener para pagar cuentas de horribles cafés en Vips.
Habíamos emprendido el viaje de Ediciones del Vórtice, proyecto autogestivo financiado por suscriptores; contra todo pronóstico logramos publicar una antología de poemas de chavos netamente diversos: un estudiante de derecho, un aprendiz de carpintero, una preparatoriana de la UNAM, un pacheco sin quehacer de la Moctezuma y una chava medio fresa del Colegio Madrid; logramos esa convocatoria nada homogénea marcando al teléfono del locutor de Las muecas de la imaginación, un insólito programa de poesía juvenil en la radio del IMER.
A nosotros nos consta que Carlos Monsiváis presentaba y prologaba todos los libros de la época, publicaríamos una segunda antología, esta vez de cuentos. Una mañana lo vimos llegar al Castillo con La Jornada doblada bajo el brazo y lo invitamos a presentarla. Monsiváis nos miró con atención cuando le platicamos el proyecto en un chispazo, mientras caminaba desde las escaleras también ocultas que suben por atrás del cerro al pórtico del edificio, pero no respondió nada, solo carraspeó y dijo “Apunten mi teléfono”.
Nos consta que Monsiváis contestaba el teléfono de su casa en las mañanas, después supimos que ese era el vínculo con sus informantes de los bajos fondos, por esa vía nos confirmó presentar el libro, recibimos con euforia su apoyo auténtico para unos ilustres desconocidos que soñábamos ser escritores aunque muriéramos de hambre.
El cronista presentó nuestro libro de cuentos Reverberaciones en el teatro Salvador Novo –buena coincidencia–, repleto la mera verdad de familiares y amigos como en un festival escolar del día de las madres pero con el mismísimo sabio Monsiváis presidiendo la ceremonia. Nos consta que el pueblo, que eran nuestras familias nativas de la periferia citadina, conocía y reverenciaba al cronista. Qué regañada nos puso Monsiváis al final de la presentación: “Ustedes deben de saber que los puntos y coma también se leen”. Mi tío abuelo, un viejo zapatero le pidió un autógrafo, ya borracho en las fiestas de fin de año mostraba el garabato y la dedicatoria con letra de molde para volver a decir en medio de los romeritos: "Él es un chingón, se le puso al pedo a Paz." Del evento solo Romina tomó algunas fotografías, supimos que se llama Romina porque era compañera de la chica del Madrid, quien nos decía: “Las fotos las tomó Romina”. Nunca volvimos a ver a Romina.
Octavio Paz era salinista y Monsiváis una enciclopedia ambulante del anti priismo. Desde el Nobel otorgado a Paz para los de “a pie” el poeta era como el príncipe elitista y “Monsi” el plebeyo, que era de los nuestros porque comía garnachas en la calle y andaba en cantinas como La Vaquita; hacía chistes de Sara García, eterna abuelita que “Aunque todavía no empiece la película ya está sufriendo”; rememoraba a José Alfredo Jiménez “Autobiografía y autodestrucción, yo sé bien que estoy afuera”; y tenía un método muy didáctico para la política cuando la comparaba con tal o cual escena del cine a blanco y negro, “Arturo de Córdoba merece un Hemiciclo”.
Se cumplen 10 años sin la presencia física del escritor, ausencia física pero no social diríase en la pandemia. Si hoy despertara e hiciera su habitual recorrido al centro histórico y sus recovecos, estaría atónito ante la ciudad vacía que nos estremece sin los millones de rostros urbanos recorriendo sus arterias, sin “su esplendor en el relajo”, le rondaría el desamparo de sentir la soledad en la ciudad más grande del mundo, de escuchar kilómetros a la redonda el golpeteo del viento contra la monumental bandera. Miraría las puertas de Catedral tan cerradas como las puertas del templo de Tlatelolco al iniciar el tiroteo contra los estudiantes del 68, las campanas doblando para llamar a nadie a misa, se conmovería si leyera la noticia de los nuevos halcones que robaron una tarde tapatía el 5 de junio del siglo XXI y la hicieron naufragar hasta 1971. Quizá, escéptico, bajaría al Metro Zócalo para mirar incrédulo los vagones semivacíos en hora pico, lo que es realmente apocalíptico.
La ciudad sufre pérdidas irreparables en familias que padecen los enemigos invisibles del virus y la crisis, pero no hay grietas colectivas insalvables como en 1985, hay un nuevo mundo detrás de las puertas en cada casa donde las familias resisten estoicas para pronto volver: “En este hogar solo aceptamos información científica del Dr. López-Gatell”. Aquí estaría Monsiváis al pie del zoom con su optimismo moderado, analizando las nuevas tecnologías para niños y ancianos que les volvieron ciudadanos virtuales en un santiamén.
Monsiváis significa una ciudad viva y solidaria cargada de sabiduría y humor, un personaje distante de torres de marfil que desde la calle ofrendó insuperables contribuciones. Adolfo Castañón lo definió como “El último escritor público en México”, porque “No sólo todos los mexicanos lo han leído u oído, sino que también lo podrían reconocer físicamente”.
“Si perdemos el sentido del humor quiere decir que estamos completamente politizados”. Precursor de los memes en la era pre aplicaciones, le bastaba citar los desafortunados discursos de los políticos en Por mi madre bohemios… usando el demoledor latín “SIC”.
A falta de redes sociales Monsiváis era un legendario “influencer” que generoso con “Los abajo siempre firmantes” se multiplicaba en los sitios posibles para romper cercos informativos de los años 70, 80 y 90. Ejemplar fue su lucha por el respeto de la diversidad sexual contra conservadores de izquierda estalinista o plumas orgánicas de derecha que exhibían su pobreza mental al pretender descalificarlo en textos sórdidos que concluían su ausencia de argumentos con la frase “Lo escribió el homosexual Carlos Monsiváis”.
Creador de historias a contrapelo de narrativas oficiales “Para hacer de la recuperación del pasado un instrumento de identidad critica”, en la primavera del 88 presentó Entrada libre: crónicas de una sociedad que se organiza en la librería El Sótano desbordada por cientos de jóvenes que lo vitorearon como si fuera orador de un mitin. “Pacifista gandhiano, creyente en las leyes, crítico demoledor de la derecha, Monsiváis le dijo la verdad al poder” nos reseña Luis Hernández Navarro.
Leí en algún periódico amarillento que mi tío archivaba como reliquia el reportaje de Monsiváis sobre la primera guerra sucia contra AMLO, el candidato recorría Tabasco en 1988 con una playera desgastada de Lázaro Cárdenas y era “Acusado de querer quemar las iglesias y encabezar un movimiento indígena”. El cronista años más tarde dijo “AMLO ha sido el político atacado con más saña desde Francisco I. Madero”.
Carlos Monsiváis escritor-ciudad que vivía como el Pueblo, coleccionista de anhelos: El Santo vs Blue Demon con su capa de hule en un ring miniatura. Experto de los movimientos sociales que en sí mismo era un movimiento. Definió la disputa por el rumbo del país entre “Revolucionarios y retrógradas”, reivindicó a los liberales del siglo XIX, se reconoció de izquierda. La mejor manera de no ser conservador, es ser historiador. Con él nos formamos generaciones de jóvenes prófugos de universidades, disidentes de dogmas y militantes libertarios.






