Los medios mayoritarios no perdieron su credibilidad de la noche a la mañana, ni tampoco lo hicieron porque abunden los incendiarios tuitazos de alto rating.
Para ser justos, fue un proceso de agotamiento que duró décadas y cuyos orígenes se encuentran más cercanos a Jacobo Zabludovsky que a cualquier otro comunicador en activo. Sin embargo, esta última década y media, marcada por los excesos de dos sexenios de narcoguerra, aceleró el desgaste de sus rostros y opinólogos, dotados de la arrogancia que otorga el creer ser la única voz pública autorizada para hablar de ciertos temas, pero continuando con el nexo perverso y deshonesto de los contratos públicos que compraban, en un primer momento, opiniones condescendientes, y cuando avanzó la decadencia, silencios cómplices.
En los medios de comunicación no podía haber mesa de debate para hablar de Seguridad sin Isabel Miranda de Wallace, no se podía hablar de instituciones sin citar a Denise Dresser, para debatir sobre energía requerías a los dos grandes técnicos del Estado Mexicano: Ochoa Reza y Emilio Lozoya. Muchos aún hoy son capaces de lamentar públicamente cada vez que un gran corrupto acaba en prisión: de ese tamaño son las lealtades mediáticas, y el vacío que dejó la falta de credibilidad de los medios tradicionales sigue sin llenarse.
En este claroscuro no necesariamente surgen los monstruos, para no abusar de la maravillosa cita de Gramsci: aparecen las pasiones, los valores, los sentimientos y los dolores. Se abre paso la política militante, a la que siempre quisieron secuestrar en el espacio de lo institucional, los medios toman partido abiertamente: algunos como herramienta de golpeteo contra la transformación, otros buscando la apertura democrática y el surgimiento de nuevas voces que aporten a la vida pública nacional. Ninguno es neutral, porque eso no existe.
Y de repente el país se politiza: quienes nunca marcharon por la injusticia salieron a las calles por sus privilegios, quienes no teníamos voz somos invitados a los medios tradicionales que tanto cuestionamos, quien lleva los zapatos viejos es el Presidente.
Para que luego digan que la 4T no es una revolución.


