Por: Sofía Vélez
Durante los días pasados, hemos leído, visto y sentido un cambio en el medio ambiente de varios lugares del país. La Ciudad de México no se quedó atrás; se respira aire más puro e incluso hay días en los que ver las estrellas es de nuevo una realidad.
El motivo es evidente: el encierro voluntario de muchas ciudadanas y ciudadanos a quienes sus actividades cotidianas les permitieron resguardarse, causó que dejaran a un lado el automóvil. Según la Secretaría de Movilidad, la movilidad vehicular disminuyó aproximadamente un 60% en promedio en comparación con un día normal previo a la contingencia. A diferencia de lo anterior, el uso del transporte no motorizado, como la bicicleta, ha ido en aumento por ser el medio más óptimo para mantener el distanciamiento social, además de contener una serie de ventajas para el bienestar colectivo e individual.
Desde la semana pasada, con el paso al semáforo naranja, observar el regreso a la nueva normalidad se está convirtiendo en una realidad. Con la reapertura de algunos negocios, tiendas departamentales y centros comerciales, incrementó el desplazamiento de las personas por las calles. Esta vez, en lugar de tener una vialidad congestionada de vehículos y un espacio público que privilegia a los automóviles, regresamos a una ciudad en donde la movilidad activa y el transporte público pasaron a ser una prioridad para el gobierno de Sheinbaum.
Se puede observar una administración que se ha tomado en serio el compromiso de transformar la Ciudad de México en una entidad sustentable e incluyente, retomando con mayor fuerza el camino que había abandonado el gobierno de Mancera. Ahora se observa la implementación de una serie de acciones en la que el peatón, las personas con discapacidad, los adultos mayores, el ciclista y el usuario de transporte público, son los primeros en ser considerados para el uso del espacio público.
Ocupar las calles como usuario de una movilidad activa aún presenta limitaciones; la infraestructura se concentra en mayor medida en la zona centro de la ciudad, siendo una limitante para las personas que viven en la periferia. La estrategia para regresar a una nueva normalidad no motorizada tiene que ver más allá de los paradigmas convencionales y lograr una inclusión social entre las personas que viven a lo largo y ancho de la ciudad.
Pensar de esta forma la movilidad de la ciudad, en esta nueva fase, nos debe convertir en una ciudadanía consciente de su responsabilidad con el bienestar comunitario. Es indispensable cambiar nuestros hábitos de transporte hacia modalidades activas -no solo por nosotros mismos sino por el derecho de todas y todos a un medio ambiente sano y por los beneficios que conlleva para la salud pública.
Las generaciones de hoy ya no debemos aspirar a tener un automóvil que nos encierre en la individualidad, sino a construir una ciudad sustentable con un espacio público compartido por todas y todos.
Sofía Vélez
@sofinten
Estudiante de Ciencia Política en la FCPyS. Integrante de la Chinaca feminista Ciudad de México



