“A la memoria luminaria de Luis Javier Garrido, que hoy celebraría su 79 aniversario”
Dentro del debate público, las voces que lo conforman deberían tener la pretensión mínima de aportar elementos que lo aclaren, dudas que lo abran y, en la medida justa, pasiones que lo alienten. Pero se ha vuelto una curiosa costumbre que proliferen en él añagazas que lo enturbien.
En el ámbito mexicano, la elección estadounidense ha fungido de un ejemplo señero para. Con más ganas de agredir que de entender, han abundado los intentos de descrédito ideológico antes que las reflexiones sobre qué nos depara ante la contienda del vecino del norte. Y eso es algo que debe también desenmascararse.
La madre de todas las obsesiones absurdas es algo que se ha esgrimido desde la coyuntura electoral de 2016, cuando Trump llevó a niveles enervantes y peligrosos su racismo antimexicano.
Ya la elección mexicana de 2018 estaba a la víspera y los adversarios de AMLO, ante sus reales posibilidades de ganarla, trataban de recurrir a la estrategia de siempre: en vez de competirle, tratar de cerrarle el paso mediante estratagemas ignominiosos. En esa coyuntura de 2016, sus intentos de relacionar a AMLO con el hampón Javier Duarte pintaban para ser un fracaso más en la historia de los delirios amlofóbicos, cuando los gruñidos discriminatorios de Trump lo repuntaron como un villano fácil de asimilar por la totalidad de los mexicanos.
A los opositores de AMLO, esa coartada les satisfizo su pereza mental. A sabiendas de que nadie en México vería con simpatía las diatribas trampistas, la consigna del odio fue tratar de hacer ver al tabasqueño y al republicano como “iguales”, sin importar que con ello pisotearan no sólo la historia reciente, sino también con eso se contradijeran hasta el paroxismo.
Los hechos son: en los tiempos posteriores a la alternancia, los enlaces más vergonzantes que el ala más repulsiva del partido republicano ha tenido en México han estado en los gobiernos del PAN y sus epígonos.
Vicente Fox fue un servil lacayo de un genocida que no difiere mucho en ínfulas fascistoides con Trump: George Walker Bush, a quien el gobierno del panista secundó incluso trastocando las inercias elementales de la historia de la política exterior mexicana, como constó en el sainete del “comes y te vas” contra el gobierno cubano y las porras desmedidas de Fox a favor de proyectos elitistas como el ALCA. La historia de relativa independencia y solidaridad latinoamericana esgrimida por las relaciones internacionales de México sufría así estragos gracias a Jorge Castañeda y Ernesto Derbez, sumisos peones ante el Departamento de Estado.
Peor fue el caso de algunos voceros no oficiales del panismo. La aventura asesina de Bush en Irak en 2003 fue algo que ni Fox se atrevió a solapar tan abiertamente. Y ello no obstó para que autoproclamados “liberales” como Krauze, Claudio X. González L. o Gabriel Zaid instaran al panista a secundar la masacre bushiana en aras de “un acuerdo migratorio” o, peor, en pos de “ser beneficiarios” de los negocios que se hicieran con la “democratización” del país árabe.
Con esa diligencia y servilismo se trató a un republicano sanguinario bajo cuyo mandato floreció el sentimiento antiinmigrante, que incluso vio la creación de hordas fascistas de cazadores de mexicanos que cruzaban la frontera, como el caso de los “Minuteman” en Arizona en 2005.
La postura lacayuna ante Bush prosiguió en la campaña electoral mexicana de 2006. En ese entonces, las voces febriles del neoliberalismo graznaban dolientes que si AMLO ganaba sería muy peligroso porque “se iba a confrontar con Estados Unidos y Bush”, generaría una ruptura comercial con ese país y, para colmo de males, iba a vertebrar un “eje del mal” entre Caracas, La Habana y Ciudad de México -como lo deliró el pasquín salinista La Crónica de hoy en marzo de 2006-.
Estaba clara la posición: en Estados Unidos gobernaba un cavernario racista y genocida. Pero eso no les importó un bledo a los ideólogos de las derechas mexicanas, que aplaudieron siempre la actitud genuflexa del gobierno panista ante el texano y enfocaron sus señalamientos a acusar que era muy peligroso que AMLO ganara y se peleara con él.
Tras el fraude electoral de 2006, la actitud lacayuna del panismo recrudeció, al grado que que en junio de 2008, el señor Calderón -pisoteando todo sentido de dignidad- apoyó oficialmente en México a los aspirantes republicanos a suceder a Bush: el belicista John McCain y la racista Sarah Palin, cuyo proyecto era proseguir políticas antiinmigrantes y “dejar que Dios los guiara en Irak”.
Curioso que los hoy quisquillosos analistas del discurso estadounidense en ese momento pasaran por alto las evidentes pulsiones destructivas de los republicanos, acaso porque eran más disimuladas que las de Trump, o porque Calderón -mecenas corruptor de muchos de esos ideólogos- tenía afinidad con ellas.
Cuando Calderón cometió esa pifia indigna, ninguno de los hoy desgañitados patrioteros osó alzar la voz o lanzar augurios absurdos, como decir que “Calderón cometió un error, porque si gana Obama seguro va a tomar represalias por su apoyo a McCain”. Al final pasó lo obvio: Obama ganó, Calderón persistió con la cerviz doblada ante el gobierno estadunidense y se efectuaron algunos crímenes y golpes a la soberanía (como la operación Rápido y Furioso y el Plan Mérida, que dotó de armas y adiestramiento corruptor a la Policía Federal).
A la par de tales vulneraciones a la soberanía mexicana, repuntaron otras de misma gravedad: en 2008 el señor Calderón promovió la privatización petrolera en México, aun cuando Bush había redefinido la política exterior de su país y se abrogaba el derecho de intervenir militarmente en países donde tuviese intereses económicos-energéticos. Más tarde, su sucesor Peña Nieto secundaría tal infamia al modificar la Constitución en ese rubro bajo la asesoría y visto bueno no de los mexicanos –que la repudiaron- sino del Departamento de Estado en EE. UU.
Mientras todo eso pasaba, el hoy Presidente, López Obrador, y sus allegados, actuaban con mesura relativa. Procuraron tomar distancia de las coyunturas electorales estadunidenses, donde no se definieron abierta y persistentemente, sino que tangencialmente han mostrado su afinidad por los demócratas cuando retoman la admiración que AMLO profesa por Franklin D. Roosevelt, la vinculación con el ex alcalde de Los Ángeles Antonio Villaraigosa o simpatías discretas por Biden en 2012 mientras AMLO era candidato presidencial (en tanto que el demócrata y Obama enfrentarían a Mitt Romney) o por Hillary Clinton en 2016 a través de Marcelo Ebrard.
Estos hechos clave poco importaron para los hoy voceros de la oposición. Desde que Trump se hizo con la candidatura republicana han persistido en gritar que AMLO y él son “lo mismo”, aunque sus biografías, prioridades y valores indiquen que no sólo son distintos sino contrapuestos. Las “afinidades” que ven entre ambos son no sólo producto de la holganza neuronal sino la abierta manipulación. Acusan a ambos de “populistas”, desdeñando el significado histórico y politológico del término (donde los voceros de la amlofobia van a tener que retorcer la lógica y los hechos para que en ese concepto quepan Cárdenas, Haya de la Torre, Perón, AMLO, Evo, Mujica, Bolsonaro y Trump) y, asimismo, acusan que ambos “desconfían” de la democracia por reclamar fraudes electorales en su contra.
Mientras Trump hace eso con base en la nada, y, sobre todo, encaramado en la cúspide del poder, AMLO reclamó un fraude en 2006 con base en avalanchas de datos, hechos constatados y, por supuesto, desde la base de ser un candidato opositor que llevaba varios años hostigado por el poder público. No mirar esas diferencias neurálgicas es una ceguera selectiva, y explica por qué muchos de los hoy aplaudidores de Biden por hacer un llamado a “contar todos los votos”, hayan negado tal consigna democrática en 2006, cuando López Obrador exigió exactamente lo mismo.
Hoy, Biden repunta como el vencedor de la contienda en Estados Unidos, cuyos resultados esbozan un país realmente polarizado. Constante promotor de la prudencia política, AMLO y su equipo de política exterior han optado por llevar las riendas con calma e institucionalmente. Esa será la pauta con la que el actual gobierno mexicano trabajará con el demócrata estadunidense, con quien les destaca un vínculo en los hechos y en ciertas afinidades políticas desde, al menos, marzo de 2012 cuando se reunieron ambos a la víspera de ser candidatos al gobierno de sus respectivos países.
En desdén de esa evidencia, la coyuntura electoral estadunidense puso de nuevo un relieve preocupante. En el debate público, para muchos opositores los personajes políticos no son actores dignos de meditar y reflexionar a la luz de los hechos y la historia. Son simples etiquetas para que entre ellos se generen una identificación prejuiciosa. Hoy, se asumen triunfantes con Biden porque piensan que eso les borra sus históricas complicidades con otros republicanos iguales o peores que Trump, como Bush padre e hijo.
Y confirman, así, su etiquetación mayor: su único insumo es el desprecio desmedido a quien hoy gobierna México, a quien, con tal de desacreditar, son capaces no sólo de olvidarse de las infamias que ellos han cometido ante el poder estadunidense, sino que se las achacan a AMLO, quien ha estado distante de ellas.


