La primera vez que escuche a Andrés Manuel López Obrador decir que la política es (o debe ser) un imperativo ético me llamó mucho la atención. Recuerdo haberme preguntado con mucha seriedad cuál era la intención de Andrés en hacer tal afirmación, en especial porque yo seguía teniendo una mala percepción de "la política". Tenía esa concepción de una actividad alejada del día a día, de la gente y su bondad, de un espacio o actividad determinados para quienes están en el poder.
La idea de que la política sea un imperativo ético, después de un tiempo de reflexionarlo y de entender la carrera de AMLO, me hizo mucho más sentido. Entendí cómo el trabajo territorial que había estado realizando durante toda su vida, pero especialmente en los últimos 12 años tenía un gran bagaje para transformar la realidad en la que vivíamos desde ciertos principios éticos importantes para todos y todas.
Durante el periodo neoliberal se nos robó la esperanza de un cambio. Entre la corrupción, la impunidad, el empobrecimiento y la falta de oportunidades, se nos hizo creer que el gobierno y los políticos podían hacer lo que les plazca y que el Pueblo no tenía la capacidad o la oportunidad para exigir más. El control lo tenían otros.
Esta idea de la política, que nos vendieron los neoliberales por años, nos arrebató la capacidad de organización y por lo tanto, nuestra capacidad de generar poder popular.
La concepción de un imperativo ético (huyendo un poco de la reflexión filosófica-kantiana) me parece que radica en la capacidad colectiva y popular por transformar. No porque todo lo que hagamos entre muchos siempre tenga valores positivos, sino porque aquello que se hace para cambiar nuestra realidad -entre muchos y muchas- es lo profundamente ético. Lo que simplemente entendemos como generar bien común, en especial cuando se hace de manera democrática.
En nuestro México, regresarle a la gente la capacidad de decidir sobre el destino del país, sobre las decisiones que se toman en el gobierno y sobre una visión diferente de proyecto de nación, ha profundizado esta nueva manera de hacer política.
Esta reflexión ética puede abarcar muchos sentidos sobre nuestra vida pública, pero me parece importante hacerla en este momento, después de la publicación de la Guía Ética que ha causado cierto debate en días pasados.
Más allá del contenido de la guía y las interpretaciones que cada grupo político le da, una parte importante de nuestra vida pública se ha visto en detrimento por un vacío en la reflexión sobre lo ética, lo moral y los principios y valores que consideramos importantes para todos y todas.
Podría pensarse que es complicado encontrar coincidencias entre la gran diversidad de nuestro país, pero no por ello significa que no la hay. De hecho, hay muchas. Por ahí alguien llego a mencionar que la única guía ética que debíamos considerar en nuestra vida pública era la de la Constitución -que no es completamente erróneo- pero resulta un poco inexacto porque es ignorar dos cosas.
Una, que la Constitución se redactó después de una gran reflexión y debate de las diferentes fuerzas políticas que había en México, mismas que consideraban principios y valores, pero sobre todo derechos y obligaciones para nuestra sociedad.
Es un principio básico que las leyes derivan de ciertos parámetros éticos que son establecidos en una sociedad para lograr una convivencia en paz, justa y con límites básicos para todas y todos.
Y dos, que justamente de algunas de estas reflexiones, adecuaciones y procesos como nación, la Constitución se ha modificado para hacerla más precisa, para que proteja de manera más integral ciertos derechos o incluso para agregarle nuevos.
Entendiendo esto podemos darle el debido peso al debate público sobre la ética, mismo que ha traído grandes reflexiones nacionales que lograron transformar paradigmas y generaron cambios importantes en nuestra realidad.
De la misma forma que se propone hacer de la política un imperativo ético, no sólo a través de la práctica, sino también del debate público, proponer la reflexión de la ética a partir de una guía significa abrir una conversación profunda, que incluye ciertos principios que mantenemos en nuestra cultura y tradiciones, pero también algunos que se pueden incluir, modificar o hacer más amplios para seguir transformando al país.


