Ciudad de México a 17 febrero, 2026, 18: 39 hora del centro.
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Hacia un periodismo de convicciones

La semana pasada participé en una mesa para el programa Radar, conducido por Luis Guillermo Hernández, de Rompeviento TV en la que discutimos sobre el papel de los nuevos medios progresistas durante el Gobierno de la Cuarta Transformación.

En ese espacio, donde también participó Jorge Gómez Naredo (recién nombrado coordinador del diario Regeneración), coincidimos en que el periodismo es vital en  cualquier país que se llame democrático y que el papel de los medios independientes de los poderes fácticos se vuelve más relevante en el contexto de la pandemia donde una de las mejores armas que tenemos para enfrentar la incertidumbre es la información responsable y veraz.

Es cierto que para tener medios de comunicación libres es necesario romper sus vínculos con el poder. Pero entienden muy mal ese principio del periodismo quienes lo interpretan como el deber de tergiversar los hechos y atacar con calumnias para debilitar al gobierno. Esa concepción errada les impide ver que existe otra visión del periodismo que tiene convicciones e ideología y que apuesta a proyectos políticos como ocurre en otros países.

La separación entre el periodismo y el poder debe verse en un sentido más amplio y acorde a la realidad de México: dejando de servir a los intereses de quienes por mucho tiempo fueron más poderosos que el titular del Ejecutivo Federal (los dueños de las cadenas de medios, los empresarios que participaron en dinámicas corruptas y los políticos que se beneficiaron de ellas durante el periodo neoliberal) y más peligrosos que cualquier poder político.

Nos referimos a aquel poder que no está sujeto a rendición de cuentas por ningún mecanismo democrático y que busca imponer una visión particular por encima de lo público sin tomar en cuenta la opinión de quienes conformamos la esfera pública.

Son esos medios y comunicadores –que hasta la fecha continúan actuando como representantes de quienes ostentan los poderes fácticos al margen de las instituciones políticas formales y que por muchos años ejercieron una gran influencia en el Estado y en la población, basada en su capacidad de presión y no en su legitimidad– quienes ahora critican a El Soberano por respaldar al primer gobierno auténticamente emanado del Pueblo.

La democratización de la comunicación surgida a partir del nacimiento de nuevas plataformas tecnológicas y la consiguiente capacidad para llegar a públicos más grandes con menores costos fue clave para el surgimiento de nuevos medios que pueden operar en una lógica distinta a la tradicional y ya agotada.

Esa revolución ha hecho posible el surgimiento de proyectos como El Soberano, que no temen asumir postura, que abanderan una línea editorial abiertamente obradorista, liberal y progresista y que incluso evidencian a aquellos que bajo la máscara del oficio periodístico ayudaron al encubrimiento de fraudes electorales, guerras contra la población civil, represiones contra movimientos sociales, la perpetuación de un partido en el poder… Por consiguiente, estas propuestas chocan con el ecosistema mediático tradicional, dominado por intereses oscuros y por una ideología conservadora y neoliberal. 

A poco más de un año de la fundación de El Soberano, un proyecto que surgió precisamente para tratar de impulsar nuevas voces en el concierto de debate y análisis que también se encontraba capturado por los mismos de siempre, hemos conseguido que los temas de los que se hablan en nuestras páginas virtuales tengan cada vez  mayor presencia en la discusión pública.

Durante este tiempo hemos navegado en sentido contrario a la prensa tradicional,que durante muchos años se apropió de la verdad e impuso el discurso principal y una narrativa hegemónica. De la misma forma, hemos expuesto a quienes se sentían dueños de la verdad absoluta y que no permitían el disenso en la opinión pero que lo hacían con una falsa neutralidad e imparcialidad.

Como medio de comunicación hemos apostado desde el primer día por un periodismo sustentable, independiente, pero sobretodo transparente. Para poder ejercerlo, optamos por no depender económicamente de ningún tipo de actor que pudiera condicionar nuestra línea editorial, así como manifestar abiertamente la trinchera ideológica en la que militamos: el obradorismo.

El que siga existiendo este proyecto y que incluso haya salido fortalecido de las olas de calumnias y difamaciones tiene su explicación en el respaldo de nuestra audiencia: el Pueblo Soberano de México que, como dice el Presidente López Obrador, ‘es de los países con menos analfabetismo político'.

Por otro lado, la decadencia de los medios tradicionales y de los periodistas o comunicadores voceros del viejo régimen, desde sus números de audiencia hasta su modelo de negocio, se explica en gran medida a que subestimaron la inteligencia de sus públicos y que frente a la ampliación en la oferta de contenidos, de formatos, decidieron seguir apostando por ofrecer basura y a seguir dependiendo del presupuesto público, mejor conocido como chayote.

La apuesta de El Soberano seguirá siendo la de tomar partido al definirnos y actuar como un medio obradorista y ejerciendo la transparencia y congruencia que estaban mal vistos en el sistema hegemónico de medios, lo que seguramente nos seguirá trayendo fuertes ataques e intentos de desacreditar nuestra postura editorial.

Porque la verdad tiene trinchera.

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