Ciudad de México a 18 febrero, 2026, 18: 08 hora del centro.
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la-obstetricia

Cuando oímos la palabra “obstetricia” es inevitable que todos imaginemos la escena de la madre abrazando al recién nacido después de meses de espera. Antes de entrar a la carrera, por lo menos, esa era mi visión y con el pasar de los años la realidad fue mostrándome las diversas historias que envuelven a esta especialidad y lo dolorosa, cruel e injusta que puede llegar a ser. Dice mi maestra que no estudió Medicina Interna para no convivir con malas noticias y con la muerte, pero terminó dedicándose a la Medicina Fetal, donde convivimos en realidad doblemente con ellas porque se trata de la vida de la madre y del feto.

Es una realidad que no existen en medicina los nunca ni los siempre, que hay posibilidades y riesgos, factores pronósticos y estadísticas y que estas probabilidades nos pueden dar diversas sorpresas: tanto buenas -cuando nos auguraban un mal pronóstico y hubo buenos resultados-, como malas -cuando el pronóstico inicial era bueno y el término del proceso fue malo-.

En obstetricia es donde más he escuchado decir “pero si todo iba bien”, y no solo en pacientes, sino entre los mismos colegas. En numerosas conversaciones médicas se repiten las mismas dudas: “pero mira, ¿qué hubieras hecho en mi lugar de diferente? ¿Verdad que no ameritaba tal o cual cosa? ¿Pero si era sana, por qué pasó esto?” Y por supuesto que hay una historia natural de la enfermedad en ciertas patologías cuyo curso sabemos y podemos modificar, pero hay otras que no nos termina de quedar claro. ¿Por qué presenta hemorragia obstétrica una paciente sin factores de riesgo? ¿Por qué se complica un parto que iba evolucionando bien? ¿Por qué se muere un feto en un embarazo de término y sin enfermedades asociadas?  Todo el tiempo buscamos respuestas y, en algunas ocasiones, las logramos encontrar; en otras tantas, no es posible.

Se necesita mucho músculo emocional para ser obstetra, sobre todo para no derrumbarte ante escenarios difíciles, para  poder regular el miedo generado por experiencias previas  en  casos complicados y no modificar tu actuar de acuerdo a la medicina basada en evidencia. Es cierto también que ante las tragedias obstétricas, no hay manera de acostumbrarte. Me he despertado en la madrugada porque es tanto el dolor generado que me roba mi tranquilidad. Incluso cuando pude intervenir oportunamente mejorando radicalmente el pronóstico, me inundan pensamientos fatídicos sobre qué hubiera pasado de no haber actuado a tiempo y la posibilidad latente que en futuros casos los resultados no sean los esperados. De hecho, el origen etimológico de la palabra obstetricia procede del latín obstetricĭa que significa “estar a la espera”. Qué certero es el significado: estar a la espera de cualquier situación y asumirla con la mejor preparación posible. 

Ser obstetra tiene la dualidad de la madre y del feto, del nacimiento y de la muerte, del parto y la cesárea y de la felicidad y el dolor. En estas situaciones hemos sufrido, hemos disfrutado, hemos lamentado y hemos crecido como especialistas, con lecciones que nos marcan nuestra vida profesional y personal. Y en este abanico de emociones hemos aprendido a esperar…
 

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