El 2020 nos quemó las certezas, al menos las convenciones que creamos a partir de ellas. Ninguna persona está viviendo el año que esperaba; nadie, tampoco, imaginó que el encierro sería tan largo ni que el bicho pareciera no irse. Pareciera, también, que todos tenemos un llanto latente… al menos algunos, los que tenemos mucho privilegio de tener comida en el plato y la fortuna de abrazar a quien amamos; los muchos otros no tiene la suerte de poder dejarse lleva por la tristeza y la melancolía. Las deudas salan los bocados y el estrés es el pan de cada día.
Quejarnos parece ingrato y poco empático con un mundo tan acostumbrado a la desgracia. Ante cualquier esbozo de inconformidad no falta la voz que suelta los “al menos tienes chamba”, “y se podría poner peor”, “mi primo tenía tu edad; ayer murió”. Y esas voces tiene razón: siempre se puede poner peor.
Sin embargo, gracias a la pandemia, reaprendimos a no dar por hecho nada; a estar presentes con las personas que nos interesa acompañar con mensaje y llamadas voz o videos, con chats en los que se arman planes que no incluyen otra cosa más que esperanza. Revaloramos lo indispensanble: las cebollas y los tomates, el arroz y la sal, la delicia que significan morder una jugosa sandía y pelar una mandarina -el inconfundible y cítrico olor de otoño-. La pandemia nos ha obligado a cocinarnos y cuidarnos, a equilibar y estirar el gasto.
Pero, sobre todo, la pandemia nos ha enseñado a ser valientes, a poner límites, a equilibrarnos, a ser más juiciosos, porque no sabemos cuánto durará la alacena llena, o cuándo será la próxima vez que abrazaremos a nuestro padre, porque esperar es un reto y requiere de mucha fortaleza y templanza. Y todos estamos hartos y enojados.
En el edificio en el que vivimos, las dos de la tarde huelen a sopa. El olor llega por tiempos: la pasta dorando en el aceite, el jitomate molido y frito que reduce en el fuego y el caldo de pollo. No sé cuál sea el departamento desde el cual sale, pero tengo claro que me dan ganas de sentarme a la mesa, hacerme un taco de sal y comerme a cucharadas una sopa de fideo con cebollita y chile picados, dar un sorbo al agua de limón mientras una pechuga empanizada termina de dorarse en el sartén: tengo ganas de ir a comer a casa de mi mamá; porque, como todos, tengo ganas de que esto pase y volvamos a comer juntos y beber abrazados; y hacer planes y jugar pelota.
Me pongo a pensar en estos meses… Si esto no hubiera siucedido, no hubiera cocinado tanto, ni me habría atrevido comer mejor, ni tampoco habría estado tanto tiempo en casa con las perras ni tenido la mesa lista para cuando Ella regresa de dar consulta. Tampoco habría aprendido a contar las tardes para salir al bosque ni darle la enorme importancia que tiene un café en una terraza con un pastel de zarzamora. No, no habría visto tanta imaginación de mis amigos, y tanta camaradería de muchos otros a los que apenas decía conocidos.
Quizá sean los tantos meses así o que antier fue mi cumpleños pero, sin olvidar la terrible tragedia que está siendo para millones de humanos esta pandemia, este año nos ha permitido despojarnos de cosas que no queremos cargar, de reducir las recetas a su verdadera especificidad, a buscar nuestra sazón, a educarnos y controlarnos, a no estar obligados a tener razón, a tener el cabrón derecho de no saber qué va a suceder, a sentir miedo, a llorar por la noches, y ser feliz por un mensaje de texto. Hemos tenido el atrevimiento de hacer pan y arroz y somos un poco más autosuficientes que en febrero pasado porque cambiamos las certezas por pequeñas seguridades, porque ahora sabemos salar y picar los ajos, porque no queremos irnos y menos queremos que otros se sigan yendo…
Todavía nos faltan muchas meses y también noches de angustia, estrés y deudas… pero trataremos que los frijoles de mañana y la quesadilla de la noche sean una chingona experiencia. Cuando esto termine quiero abrazar por mucho tiempo a cada uno de mis amigos; por el momento, todos hagamos el esfuerzo por seguir.


