Los contrastes son necesarios para poner en perspectiva todo tipo de circunstancias, contextos y temporalidades. Analizar cómo se desenvuelve una situación similar en distintas realidades, o qué está ocurriendo a la luz de los sucesos previos, nos sirve en todo momento de la vida para saber si hemos tomado una buena decisión, si hemos fallado, o bien, que diferencias existen con respecto a aquello que estamos comparando. En fin, es un útil y eficaz punto de partida para emitir un juicio.
Dicho ejercicio no solo aplica para nuestra vida diaria, también funciona para la política. Lo digo porque todo el tiempo estamos haciendo eso: contrastar. A veces lo hacemos al resaltar diferencias y similitudes entre funcionarios que han ocupado el mismo cargo; otras en cómo lidian con la misma problemática gobiernos estatales —con la pandemia, por ejemplo—; y también, entre muchas otras cosas, en cómo y cuáles luchas, demandas, y agrupaciones de personas se están revindicando. Esto último, teniendo en consideración en todo momento, lo que gobiernos, presidentes, legisladores, o autoridades anteriores decidieron ignorar. Cosa que, por triste que suene, se trató de la inmensa mayoría de la población. Así pues, contrastemos.
Hacer política debe ser siempre el arte de saber priorizar las necesidades de los más desaventajados, —que en el caso de México son la mayoría—, sin por eso desatender a los mejor acomodados— que, en la realidad nacional, resultan ser la minoría—. Esto se ha visto reflejado actualmente tanto en la narrativa como en la práctica. Lo primero podemos notarlo en el actuar del Presidente al reconocer al Pueblo como un actor histórico y político, perfectamente capaz de articular una pluralidad de demandas; el Pueblo es, con toda y su enorme diversidad, el más válido de los interlocutores. El segundo punto figura en políticas del gobierno orientadas a aminorar la desigualdad, tales como elevar a rango constitucional los programas sociales e universalizarlos; un alza histórica en el salario mínimo; un alto a las opulencias de los mandatarios; el fin de la condonación de impuestos a grandes contribuyentes, así como las indicaciones a empresas y empresarios millonarios a pagar lo que deben; el combate al outsourcing; o en temas más locales como pavimentar calles olvidadas y meter drenaje donde antes no había. Todo lo anterior de la mano de una frontal lucha contra la corrupción.
En contraste, solíamos vivir bajo el yugo de una élite económica y política liderada por el PRI, el PAN y empresarios mafiosos —como Claudio X González, Germán Larrea, Salinas Pliego, entre otros— que despreciaban a las mayorías, se situaban a sí mismos en un púlpito, y sin moverse de ahí, pontificaban sobre qué era conveniente. Pero no para la gente, sino para ellos y su cuadrilla de aliados. Veían por lo cupular en detrimento de lo popular. En la narrativa lo veíamos cuando, al primer problema, nos querían convencer de lo necesario que era aceptar recetas extranjeras o de organismos como el FMI; al no dignarse ni a mencionar la existencia de un Pueblo dolido, traicionado y olvidado. Mientras que en lo práctico lo podíamos notar en reformas diseñadas para entregar lo que le pertenece a la nación a personajes sin escrúpulos; en el abandono estructural de distintas zonas; en una guerra sin pies ni cabeza que terminaría tomando como víctimas, nada más y nada menos que a quienes ya de por sí no tenían nada.
Estamos frente a un Presidente y un gobierno que, con todo y los obstáculos, las trabas, y las mejoras que aún faltan por hacer en ciertos temas de gran importancia, avanza. Camina porque no está cerrado al diálogo, a la confrontación pacífica e inteligente, y porque está reivindicando a una vastísima mayoría popular a través de llevarles justicia y de expandirles derechos, porque como dijera Evita: “donde hay una necesidad, nace un derecho”.
México tiene un Pueblo honesto, bueno y critico que sabe identificar quién está de su lado de quién no. Y quien no lo crea, que vea las encuestas de popularidad, y si tampoco confía en ellas, que salga a las calles a preguntar. Sigamos pues, profundizando la transformación, no dejemos que vuelvan quienes alguna vez nos robaron hasta la esperanza. El 2021 está a la vuelta, y para como se están configurando las cosas, todo parece indicar que una vez más será: Pueblo vs oligarquía.


