Ciudad de México a 11 febrero, 2026, 6: 00 hora del centro.
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EL PRIAN: del surgimiento suprapartidista hacia su consolidación formal

El PRIAN no había existido como una coalición partidista formal sino como un proyecto de dos caras. En lo económico, significó la defensa de la agenda programática de Carlos Salinas de Gortari y, en lo político, una respuesta de contención al ascenso neocardenista de las izquierdas mexicanas en los años ochenta del siglo XX. 

La elección de 1988 fue clara: la sociedad mexicana rechazó en las urnas el viraje ideológico impuesto por Miguel de la Madrid, el abandono del programa interventor del Estado y las tesis de la Constitución de 1917 relativas a la justicia social. Por eso votaron copiosamente por el candidato que, desde las entrañas del ala nacionalista del PRI y con una sumatoria de otras izquierdas, blandió esa bandera: Cuauhtémoc Cárdenas. 

El fraude en su contra vino desde dos vías. El aparato oficial llenó las urnas de votos espurios a favor del PRI y atiborró los medios de añagazas. En el colmo de la desmesura, el tricolor llegó a denunciar que en el entonces DF “sí había habido un fraude, pero fue a favor de Cárdenas” (!). Los voceros del régimen -donde desfiguraron Octavio Paz, Aguilar Camín o Raúl Trejo Delarbre-, al desdeñar la evidencia, bendijeron a Salinas. 

Como remate contra la democracia mexicana, dentro del PAN hubo pocas voces en contra del crimen electoral del PRI y su cúpula solapó la elección oprobiosa, hecho que consumaron el dirigente albiazul Luis H. Álvarez y ratificó Fernández de Cevallos al proponer la quema de urnas. 

Cuando inició el fraudulento salinato, el saqueo institucional disfrazado de liberalización económica llegó al éxtasis. Beneficiaros de las privatizaciones mexicanas llenaron la lista de Forbes; la familia presidencial destrozó uno de los rostros de la debilitada política social para beneficio propio (con los robos a Conasupo) y ello catapultó a Raúl Salinas a la riqueza insultante. 

El PAN aplaudía enfebrecido. “Salinas está llevando a cabo el proyecto panista”, dijo H. Álvarez. “Soy el más salinista de los gobernadores panistas”, espetaba sin rubor el mandatario chihuahuense Francisco Barrio. Las pocas voces disidentes del blanquiazul (Bátiz, Ortiz Gallegos, González Torres y González Schmall) denunciaban pérdida de brújula ideológica y una connivencia ilegítima entre su partido y el PRI. “Si no les gusta, váyanse del partido” fue la demócrata respuesta de Luis H. Álvarez ante ellos. 

Al poco tiempo se confirmaba la unión: se le reconocían triunfos electorales clave al PAN -en Baja California, con Ruffo Appel en 1989- y se le cedían otros, como en Guanajuato con Medina Plascencia. Mientras tanto, el aparato oficial priista desoía a la que debió ser la primera fuerza política del país-el cardenismo- y asesinaba perredistas en el sur de México, con el silencio ominoso de la cúpula del PAN. 

Se confirmaba así la raíz histórica del PRIAN, un proyecto suprapartidista que significaría el desdén a las directrices de la política social emanada de la revolución mexicana, y la articulación de un muro de contención fraudulento y violento -y por ende antidemocrático- en contra de quien se opusiera a ello. 

La historia posterior confirmaría el punto. El gobierno priista de Zedillo nombraría a un procurador panista –Lozano Gracia- y labraría junto con el blanquiazul un latrocinio incurable aún: el Fobaproa, cocinado por diputados panistas (entre ellos el entusiasta Vicente Fox) y avalado por el traidor y miserable dirigente panista que se había comprometido a combatirlo y al final lo apoyó: Felipe Calderón. El robo se consolidó en diciembre de 1998 con la fotografía histórica de Humberto Roque haciendo una seña obscena contra los mexicanos y Natividad González -futuro gobernador priista de Nuevo León muy loado por el PAN- aplaudiendo complaciente. 

El año 2000 y el triunfo presidencial del PAN corroboraron la alianza. Vicente Fox conservó y solapó en cargos clave a priistas de cepa (Guillermo Ortiz en el Banco de México, Francisco Gil y Carstens en Hacienda, Florencio Salazar en Reforma Agraria, Miguel Ángel Yunes en Seguridad Pública), mientras hacía alianzas mañosas con lo peor del tricolor, representado por la hampona Elba Esther Gordillo en el impulso a su agenda de “reformas estructurales” desde el poder legislativo y, además, se aliaba con el impresentable Roberto Madrazo en tretas golpistas, como el desafuero de López Obrador en 2004-2005. 

El fraude de 2006 supuso el amasiato PAN-PRI. El delincuente electoral Calderón también confirmó a una cauda de lo peor del priismo en su séquito (Carstens en Hacienda, Luis Téllez en Comunicaciones, el porro Miguel Ángel Yunes en el ISSSTE, el mafioso Javier Lozano en la secretaría del Trabajo, el gestor del Fobaproa José Antonio Meade en energía y Hacienda). Pese a esa presencia copiosa y amañada de priistas en el gabinete, nadie habló del calderonismo como un “nuevo PRI”. La razón suena lógica: un proyecto suprapartidista como la agenda salinista, apoyado por élites económicas que ven con los mismos ojos al PRI y al PAN, nunca va a denunciarse a sí mismo. 

Los sexenios panistas confirmaron que el PRIAN iba más allá de ser una agenda salinista y una contención ilegítima contra las izquierdas. Revelaron también la existencia de una serie de funcionarios intercambiables, que se asumen como “técnicos” pero en el fondo son sólo burócratas beneficiarios o silentes de y ante la corrupción del tricolor y el blanquiazul, con quienes no tienen problemas en aceptarles encargos. Destacan en esta lamentable lista el señor José Antonio Meade o el señor Salomón Chertorivski, quienes encarnan la figura del tecnócrata eximido de partidismos que trabaja con quien sea “para el bien del país” -cuando en realidad se trata de políticos acomodaticios que se benefician o hacen de la vista gorda con los atracos de sus correligionarios-. 

La elección de 2012 llevó al PRIAN a un punto de no retorno. Tras otra fraudulenta elección, el equipo de Peña Nieto optó por una simulación de conciliación que contrarrestara las protestas de las izquierdas ante los delitos electorales. El resultado fue un engendro grotesco llamado “Pacto por México”, que en los hechos era un proyecto que contenía el tercer ciclo de las reformas estructurales, consistentes en una laboral contra los maestros de la educación pública y con a finalización de la privatización el último enclave público: Pemex.  

El Pacto se firmó entre cúpulas partidistas, de espaldas a los militantes y a los estatutos de los partidos que lo firmaron y de espaldas a los ciudadanos. El agravio fue grande, pues se signó un acuerdo que contenía proyectos que no se habían propuesto ni mencionado en la campaña electoral (como la privatización energética) y por ende eran un fraude a los electores, o propuestas que eran contrarias a los principios ideológicos de los partidos firmantes. El pacto fue un atentado a los electores, un atentado a las reglas internas de los partidos y una confirmación del PRIAN.  

El gobierno peñanietista tuvo así cómplices sólidos ante sus ulteriores atracos, cuya sevicia no fue impedimento para el constante aplauso y consuno de los dirigentes panistas, como Gustavo Madero en la presidencia del PAN o Ricardo Anaya en el ala legislativa del blanquiazul, aliados siempre de Peña Nieto y su séquito, cuyas trapacerías hoy apenas empezamos a conocer.  

La elección de 2018 y el triunfo arrollador de las izquierdas debilitó en lo electoral al PRIAN. Noqueado y en la lona, ese proyecto transexenal tiene su agenda amenazada ante un gobierno reformista y nacionalista encabezado por AMLO, mientras que en las urnas tienen unas simpatías menguadas que se debilitan día a día ante la información proveniente sobre cuán corrompida había sido su trayectoria. 

Sin embargo, esa debilidad programática y esa debilidad electoral no tienen un correlato en los medios, donde hoy los estertores y resabios del PRIAN –que los ciudadanos echaron por la buena a patadas en 2018-, se nos presentan como “alternativa” y “contrapeso”. Algo así como si Porfirio Díaz se hubiera relanzado como candidato contra Madero para prometer una original democracia y acabar con la dictadura.   

Esos resabios del PRIAN apoyados por el “Sí por México” se inflan de manera obscena y se promueven desde el poder mediático y económico. La voz del magnate Claudio X. González -en connivencia con gritos desesperados de ideólogos menores, como Krauze o Aguilar Camín- quieren presentarnos como rostros novedosos a los verdugos de siempre, a quienes buscan lavar el rostro aupando a politiquillos menores del PRD o Movimiento Ciudadano, no porque tengan posibilidades de ganar, sino porque son los cartuchos menos quemados de ese engendro y porque así dan la idea de “pluralidad” ante los ingenuos. 

El paso ha ido más allá con la histórica alianza electoral formal que hoy el PAN, el PRI y el PRD han consolidado de manera regional empujados por un impulso nacional. En las urnas van a aparecer candidatos impulsados por una coalición donde figuran sin decoro el PAN, el PRI y el PRD.  Las justificaciones son delirantes. Gustavo Madero ha llegado a decir que se vale “aliarse con delincuentes” para ponerse a un supuesto “mal mayor”. 

La retórica que “justifica” esa alianza no sólo es ridícula, sino que requiere de un psiquiatra para su comprensión. Por un lado, el PAN acusa a AMLO de ser “un PRI de los setenta” imaginario…y para frenarlo ¡se unen al PRI real! Más aún, hasta hace poco el fetiche panista contra el presidente de la República era que “ganó porque pactó con el PRI” y su partido era el “PRI-MOR” … y ello entonces justifica una alianza con el PRI… ¡para detener al PRI-MOR! 

La apuesta del PAN a la ignorancia de los electores es obvia. No hace mucho, en 2009 y 2010, el blanquiazul gestó una corrupta alianza con el PRD en pos de diversas gubernaturas, porque, según su justificación, “había que hacer lo que sea para evitar que el PRI ganara”. El resultado fue demencial: para tratar de evitar el triunfo del PRI, esas alianzas retorcidas terminaron impulsando fundamentalmente a candidatos expriistas como Rosas Aispuro, Gabino Cué o Mario López Valdez. En el colmo de la infamia, en 2016 abanderaron a un gánster que años atrás había sido no sólo priista sino verdugo del PRD y el PAN, como Miguel Ángel Yunes en Veracruz. Hoy repiten la dosis de esquizofrenia voluntaria en un insulto a los ciudadanos, a quienes consideran desmemoriados.  

Que hoy los mandamases del PAN se unan a las reminiscencias del PRI corruptérrimo y corruptor, sin olvidar que hace poco aplaudían la agenda peñista, no es un simple deja vù que repite la complicidad albiazul ante el frenesí cleptócrata del salinismo. Es más bien indicativo que el proyecto transexenal del PRIAN nunca se acabó y hoy vive acuartelado en la oposición.  
Las urnas en 2021 dejarán ver si ese grupo del PRIAN es una fuerza representativa, o es nada más un estertor agónico de un proyecto que recibió un golpe decisivo desde 1988 pero que debido a la corrupción y manipulación institucional sólo pudo consolidarse 30 años después. 

Durante años, primero Cárdenas, luego AMLO, aseveraron con firmeza la existencia del PRIAN como un enemigo público al cual derrotar en las urnas. Hoy, ese armatoste herrumbroso, malherido desde 2018, se erige como alianza formal. Quizá en su imaginario, con ese amontonamiento, que no unión, buscan hacer un frente competitivo contra el partido del presidente. Lo que hasta el momento sólo han logrado es más bien confirmar el relato histórico con el que el cardenismo y el lopezobradorismo han denunciado los grandes problemas nacionales desde hace más de tres décadas. Y eso apunta a que la oposición sufre un problema grave: falta de brújula o exceso de cinismo. O quizá, como siempre ocurre con el PRIAN, pueden ser las dos.  

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