Por: América Zepeda Cabiedes
Ahora no es, no puede ser la muerte.
Abro los ojos para convencerme.
Mario Benedetti
Hay poca gente que hace historia. La mayoría de nosotros simplemente dejamos un par de huellas distraídas que, cuando mucho, servirán a arqueólogos y antropólogos del futuro a contestar preguntas sobre la vida cotidiana de nuestro presente. Esos pocos que logran cambiar el destino de un país, generalmente se parecen entre sí y combinan una gran capacidad de crítica y estrategia política con los favores del tiempo que un día les da la oportunidad de lograr lo que se creyó imposible. Dentro de esta gente extraordinaria, hay un selecto grupo de personas aún más extraordinarias: aquellas que, incluso entrando en los libros de historia, parecen no percatarse de su hazaña y después de ejecutado el acto heroico, se retiran con modestia a continuar sus diligencias fuera de los reflectores. A este último grupo de personas excepcionales pertenece Tabaré Vázquez.
A propósito del sensible fallecimiento del primer presidente de izquierda uruguayo, me parece importante que como mexicanos y latinoamericanos entablemos un recuento y homenaje al mandatario que abrió camino para la transformación de Uruguay, hoy referente sobre el bienestar que la izquierda puede propiciar en un Pueblo. Sucede que, a nivel internacional, Tabaré Vázquez ha quedado parcialmente eclipsado por la incansable figura de José Mujica; sin embargo, como primer presidente de izquierda en la historia del país, Vázquez se merece su capítulo en los corazones de los latinoamericanos.
Tabaré Vázquez nació en un pequeño suburbio de Montevideo, La Teja. Su familia era de estrato humilde y entre las canchas vecinales de futbol y sus constantes travesuras comenzó a forjar con mucha fuerza un sentido de identidad comunitaria acompañada de una serie de valores que lo impulsarían a apreciar los únicos dos bienes que, en sus palabras, había heredado de su padre: su apellido limpio y unos estudios sólidos.
Hace poco, Vázquez contaba una anécdota en la que se situaba él de muy niño con una tos insoportable y esperando pacientemente al médico que lo atendería y curaría. Esa historia tan común y corriente (con la cual todas y todos podemos identificarnos), en él despertó las ganas de estudiar medicina y de convertirse en alguien capaz de acompañar y sanar al débil. Poco tiempo después, iría perfilando un involucramiento en lo político y social que lo harían buscar en las filas del Partido Socialista una nueva forma de transformar y salvar vidas.
Como líder, Vázquez conjuntó su figura como referente público durante la presidencia del Club Atlético Progreso y como reconocido científico, sin duda dos facetas que como pocas pueden ganarse el afecto y el respeto de un Pueblo latinoamericano. En paralelo a su crecimiento en esos campos, Tabaré llevó una militancia modesta, pero constante y laureada. La primera vez que se escuchó su nombre y se ubicó su cara como parte de un movimiento político importante en Uruguay fue en 1987 cuando se agrupó con la Comisión Nacional Pro-referéndum que se unían en la lucha para enjuiciar a los perpetradores de crímenes de Estado durante la dictadura que comenzó con el Golpe de Estado de Juan María Bordaberry y que había terminado apenas dos años antes.
Como presidente, Tabaré se enfrentó a muchas dificultades que supo sortear por la vía del pragmatismo más que por la del dogmatismo. La agenda de Tabaré siempre privilegió el bienestar social -incluso si en su primer periodo el clima estaba amenazado por la crisis del 2001. Él no sólo logro reactivar al país, sino que creó los planes asistenciales necesarios para saldar un poco los daños causados por la devastación económica.
Tabaré es la figura clave en el establecimiento de una izquierda gobernante en Uruguay. Él fue el primer presidente de izquierda en ese país y uno de los dos únicos jefes de Estado que lograron un segundo periodo por la vía democrática.
En este momento, Uruguay es uno de esos países latinoamericanos que están lidiando con la vuelta de un gobierno de derecha que amenaza con borrar de un plumazo todos los avances logrados con años de esfuerzo por los militantes de los partidos de izquierda. Que Tabaré haya partido en este momento abre una herida profunda entre los uruguayos en general y los frenteamplistas en particular.
En México, como en América Latina, la muerte de Tabaré Vázquez es una oportunidad para reforzar lo aprendido con su ejemplo como presidente y como militante: hay que ser consecuentes y honestos y cuando toca ser oposición hay que ser duros pero justos, respetuosos y congruentes.
El periodista Gabriel Pereyra contaba que todavía estos últimos días, cuando Vázquez sabía de sobra que le quedaban pocos más, el expresidente seguía hablando de política en futuro, seguía proyectando una reconfiguración y recuperación del Frente Amplio y así como él nunca se rindió, la izquierda latinoamericana no se rendirá jamás.
@MeriCabiedes
Latinoamericanista en libertad explorando las ciencias ocultas y la magia. Miembro de la clase obrera ilustrada internacional.


