Desde hace algunos años, la ola de lo “verde” y lo “sustentable” fue motivo de confusión y hasta de engaño para quienes creían que la solución a los problemas del calentamiento global se podía resolver cambiando los hábitos de consumo en lo individual, sin sopesar que toda la cadena productiva -principalmente quienes fabrican productos- es responsable de la mayoría de los desechos y gases de efecto invernadero.
La revolución verde llegó a culpar a los consumidores de popotes y de bolsas de plástico, como si el individuo tuviera todas las posibilidades y condiciones de elegir y como si las grandes empresas fueran inocentes del gran daño que han hecho impunemente.
Recién comenzaron los preparativos para las fiestas navideñas y los agoreros de lo “sustentable” iniciaron la una campaña de venta de árboles de madera o cualquier otro que no fuera uno vivo; es más, prefirieron hacer publicidad por Naviplastic con el pretexto de que duraba años a comparación de uno vivo, ignorando por completo los beneficios de adquirir uno de alguna comunidad forestal.
Según datos de CONAFOR, para la temporada navideña de 2020 se tienen contemplados 529 mil árboles que provienen principalmente del Estado de México, Ciudad de México, Veracruz, Puebla y Michoacán de las especies de pino, abeto y coníferas, caracterizadas por su tamaño y forma que obtienen por los cuidados y poda de las comunidades forestales. De esta manera, es muy poco probable encontrar venta ilegal o de procedencia ilícita.
Además, la experiencia de ir a escoger y llevar un árbol desde el bosque procurará un mejor entendimiento del proceso de captación de agua y producción de oxígeno. Las familias que tienen oportunidad de asistir a observar y entender el proceso de plantación y cuidado de los árboles de navidad, seguramente en un futuro tendrán mayor conciencia de la simbiosis que hay entre las personas que ahí habitan y el bosque.
Hace algunos años, aunque poco conocido, el movimiento de comunidades forestales ya luchaba por el reconocimiento a su derecho al manejo forestal comunitario, puesto que al ser quienes poseían y habitaban el territorio, querían poder producir maderas y papel con un manejo adecuado y sustentable.
Tuvieron que pasar varios años y varias administraciones para que se retomaran sus capacidades organizativas y fueran sujetos de derecho. Aunque para muchos sea pecado tirar un árbol, el mantenimiento de los bosques también implica hacer uso de ellos con las medidas necesarias.
El reconocimiento de las mismas ha implicado que México reconozca su potencial para la producción de papel o maderas, además de su contribución a la gobernanza, capital social y economía social por la que se rigen.
La importancia de los bosques y las comunidades que los habitan no sólo aporta económicamente en la temporada navideña, sino que todo el año contribuye con servicios ambientales regionales y locales. Es decir: si hay agua y oxígeno en las regiones a su alrededor como es la zona urbana de la ciudad de México, es porque hay quienes cada día sin descanso vigilan la salud y condiciones del bosque.
Incluso cuando las comunidades forestales han demostrado ser mejores en el cuidado y mantenimiento de los bosques, tienen que lidiar con las campañas de quienes intentan estar a la moda de la sustentabilidad y con algunos políticos que, para tomarse una fotografía plantando un árbol, insertan especies invasoras que dañan a las endémicas o que colocan los árboles en donde hay otros ecosistemas.
La creencia de que cortar un árbol para estas fechas es dañino no es más que un mito, resultado del poco conocimiento del origen de lo que nos rodea, de la imparable urbanización y el entendimiento a medias de los problemas de cambio climático. En el mismo ejemplo de los árboles de navidad de plástico o madera, habría que explicar también el tamaño de la huella ecológica que causaron, la cantidad de agua que gastaron y los años que tardarán en descomponerse. De la suma de todos estos factores se puede concluir que, desde todos los ángulos posibles, siempre será mejor consumir uno proveniente de alguna comunidad forestal.
Por ejemplo, en Tlalpan, Ciudad de México, se pueden observar los terrenos inclinados o ya degradados por el uso agrícola que ahora son utilizados para la producción de árboles de navidad. Esta actividad ha sido una alternativa de uso sin que dañe los suelos y para que las comunidades tengan posibilidad de ocupar el territorio, que si no se habita u ocupa al paso del tiempo puede ser sujeto de invasiones o tala ilegal.
Sin embargo, una importante cantidad de árboles naturales son de procedencia extranjera. Aunque siempre será mejor que adquirir uno artificial, no se compara la aportación que se tendría si se comprara en una comunidad forestal de México que, como antes reiteramos, brinda una experiencia que enseñará más del entorno que cientos de monografías.
Además, dada la práctica de las mismas comunidades, se han desarrollado técnicas para que no se corte el árbol de raíz; algunas especies han sido domesticadas a tal grado que después de cuatro generaciones sigue viva la raíz primaria, por lo que el tallo principal sigue alimentándose del suelo mientras que en un periodo corto podría seguir creciendo un árbol de alguna raíz secundaria.
El mercado siempre encontrará como avasallar a los más pequeños. No sería extraño que la campaña negativa detrás del consumo de árboles naturales sea financiada por alguna multinacional de plásticos y altos niveles de contaminación fósil. Así que, si de verdad las personas ambientalistas están convencidas del consumo responsable, les invito a que asistan a alguna comunidad forestal y contribuyan al medio ambiente, a la economía circular y a su país.


