El problema del eje tradicional europeo de izquierdas y derechas es que su poder explicativo es cada vez más limitado. Sirve medianamente bien entre círculos rojos como referencia a cierta cartera de política pública y agenda (aunque cada vez menos, pues la vaguedad y ambigüedad derivada de la lucha por los significantes relevantes impide tener conceptos precisos, como le gustaría a muchos académicos y académicas que creen hacer política); pero no tanto para explicar mecanismos de transformación propios del oficio. Es un mal modelo para hacer política; no así para describir cierto tipo de preferencias en espacios sociales muy acotados.
Quienes, por ejemplo, se niegan a hacer política con aquellas personas con las que no tienen un “suficiente” grado de coincidencias en preferencias se autocondenan a la irrelevancia. No lo digo despectivamente: no hay manera de consolidar sujetos políticos potentes si no se está dispuesto a negociar y conceder, articular demandas disímiles, para generar amplias coaliciones que puedan tomar decisiones históricas relevantes. La claridad conceptual y aspiracional no deviene por sí misma en transformación social; esto requiere de otra clase de trabajo que tiene en su base la capacidad de negociar, generar acuerdos e imaginar y compartir nuevos arreglos sociales, políticos y económicos. Cultivar abstracciones sensatas o consistentes con la lógica clásica es valioso; pero no necesariamente es el talento que se necesita para transformar a un país y procurar el bienestar de un Pueblo. De hecho, si esa capacidad de abstracción no se pone al servicio de lo político para trazar horizontes viables de transformación, no es más que contemplación. Esa va en los monasterios; no en las secretarías de Estado.
Quienes están en ese escenario por capricho, están donde deben estar: en la irrelevancia reservada a la soberbia infundada. Hay, sin embargo, quienes están ahí por otras razones de método más interesantes, pero también quizá más graves. Me refiero al socialismo ortodoxo.
Esta escuela parte de la irrelevancia o subsidiariedad eterna del fenómeno político porque asume que la historia responde a variables objetivas de índole económica que hacen de sus anhelos, fases ineludibles en el desarrollo de la civilización humana. No serán las amplias coaliciones populares, dicen, quienes transformen la realidad: serán las contradicciones económicas inherentes a la historia las que obligarán, primero, a la consolidación de clases económicas (burguesía y proletariado); y después, a que los conflictos y la pauperización sean tan insoportables que tarde o temprano detonen una revolución que instaurará un nuevo y mejor mundo socialista.
Lo digo sin miramientos: me encantaría que tuvieran razón. Sin embargo, ese sujeto histórico al que hacen referencia, que se conforma de manera endógena al fenómeno político, no existe. De hecho, las expresiones orgánicas que pretendían ser muestra de la inevitabilidad de los postulados del materialismo histórico más ortodoxo hoy luchan no por crecer y consolidar su destino; sino por sobrevivir, meramente. El problema hoy no es, como esperaban, el fortalecimiento de las instancias de izquierdas y el fomento de la radicalización de las demás clases económicas. De hecho, es casi el problema contrario: la dispersión de su potencia para la transformación; su constante debilitamiento frente a coaliciones políticas que supieron aprovechar coyunturas y articular demandas plurales para consolidar un mundo muy distinto al que soñaban nuestros abuelos socialistas.
Para quienes decidan seguir en ese desvarío a pesar de la realidad, no queda sino desearles mucha suerte en su naufragio deliberado. Para quienes tienen un compromiso con la transformación de la realidad, toca convocarles al gran proyecto de Construir Pueblo.


