En un ejercicio de ficción política, imaginemos por un momento este escenario: en un foro académico de un importante Congreso de Ciencia Política, el invitado estelar del acto, el consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, toma el micrófono y declara de pronto algo así: “El neoliberalismo tiene en su agenda la exaltación de las libertades económicas por encima de las políticas, al costo social que sea. En ese sentido, el neoliberalismo es profundamente antidemocrático, aunque sea un proyecto que gane en las urnas. Aunque se plantee como un modelo liberal, la realidad es que apela incluso a las aristas más represivas del Estado para defender al mercado de la sociedad misma. El neoliberalismo no sólo es antipopular, también es autoritario y debemos estar alertas ante su ascenso, porque con éste, la democracia siempre está en peligro”.
La reacción hubiera sido espectacular. Al día siguiente, Reforma habría encabezado su primera plana con un “Se somete INE a 4T”, mientras sus analistas más escandalosos deplorarían la “vergonzosa sumisión” de Córdova al Presidente López Obrador. La eclosión de desplegados dejarían de alertar en una “deriva autoritaria” y ahora escandalizarían con horror que ya estamos inmersos en una “dictadura plena” sin plataformas para lograr democráticos contrapesos en elecciones. Los partidos de oposición, al unísono, harían fila en la OEA y cuanta organización pudieran para exhibir que en México no hay garantías para una competencia electoral equitativa y democrática mientras “Sí por México” y sus voceros instarían a denunciar que las elecciones de 2021 vienen deslegitimadas de origen porque el árbitro, en voz de su consejero presidente, ha asumido sin pudor alguno el discurso presidencial y con ello parcializó el INE en pos de la polarización. Los del FRENAA, por su parte, harían cadena de oración seguida de un llamado al levantamiento armado para poder derrotar al “comunismo del INE”.
Por fortuna, este escenario es sólo un acto de imaginación. Pero lo más preocupante de todo es que, a pesar de sus numeritos exagerados, la oposición encarnada en el PRI-PAN-PRD, “Sí por México” y anexas, habría tenido un elemento a su favor, pues un discurso de Lorenzo Córdova como el arriba imaginado sí lo pondría en una postura parcial, o por lo menos cuestionable, en tanto que su investidura como garante de la equidad electoral le manda a ser prudente en sus posicionamientos y, por vía constitucional, está obligado a distanciarse lo más posible de las disputas ideológicas de los partidos en competencia, so pena de cargar los dados de manera ilegítima si no lo hiciera.
En días pasados, el pábulo a este escenario sí ocurrió, pero en tono distinto. El 10 de diciembre, el señor Córdova confirmó su papel no de árbitro equilibrado del organismo electoral sino de activista reproductor del discurso más hueco de la oposición mexicana: las diatribas contra el “populismo”.
Sorprendió la pobreza conceptual del Córdova sobre “populismo”. Este vocablo, en realidad, se trata de un concepto complejo que -desde su origen en fines del siglo XIX en Rusia y Estados Unidos- ha albergado proyectos políticos nacidos de una vena antielitista. En la experiencia latinoamericana, sobre todo el cardenismo mexicano o el peronismo argentino, ha implicado un intento de mejora material de los sectores obreros y campesinos en pos de una conciliación de clases. Los rostros del populismo son variados y entrañan variantes complejas; algunas veces han resultado no sólo compatibles con la democracia sino correctoras o profundizadoras de ella, tanto en lo electoral como en la búsqueda de resolución de demandas sociales legítimas, olvidadas por otros proyectos políticos. Así pues, la idea de que necesariamente “populismo es igual a antidemocracia” es no sólo históricamente errónea, sino que se ha tornado en un discurso instrumental: una añagaza panfletaria que, en boca de diversos políticos, se usa no para comprender al adversario sino para deslegitimarlo sin el menor asomo de coherencia intelectual.
Ese tipo de añagaza no sorprende en boca de los voceros del PAN y el PRI, o de sus amanuenses ignorantes como Krauze, ya que ellos emplean el término “populismo” como insulto, sin deseos de abonar en la comprensión del fenómeno sino para tratar de estigmatizar adversarios, por muy disímiles que sean entre sí. En la galería donde mal emplean el término “populismo” meten a la fuerza a personajes que no sólo no se parecen en nada, sino que se rechazan. ¿Qué tendría que ver, por ejemplo, Evo Morales, Cárdenas o AMLO con energúmenos como Trump? Nada. Pero, como renovados macartistas, apuran la descalificación, aunque en el proceso le falten el respeto a los hechos y al rigor analítico.
Lo que sorprende de Córdova es que él proviene de una vena que se supondría ilustrada, como un Instituto de Investigación de la UNAM, donde el término se ha debatido con calidad. Su propio padre, Arnaldo Córdova, escribió una definición rigurosa sobre “populismo” en su libro clásico La ideología de la revolución mexicana. Es decir, tenemos elementos para suponer que Lorenzo Córdova sabe que el concepto es complejo y no necesariamente supone una degradación a la democracia. ¿Por qué entonces decidió hablar del populismo usando un tono parecido al de opositores o ideólogos sin rigor y de pocas luces intelectivas? Lo dicho por Lorenzo Córdova es lo mismo que Fox dijo ilegalmente en la campaña de 2006; es lo mismo que hoy rezongan seres grises con delitos electorales a cuestas como Calderón o Peña Nieto y es lo mismo que recientemente blanden los ideólogos del viejo régimen, sin mayor evidencia que sustente sus dichos.
No podemos saber qué impulso en la cabeza de Córdova lo llevó a decir ese absurdo. Lo que sí podemos hacer es gestar suposiciones a la luz de los hechos, y en ellos notamos una tendencia preocupante: por lo menos dos personajes llevan dos años hablando y actuando como opositores a AMLO: Ciro Murayama y Lorenzo Córdova, quienes blanden la versión panista iletrada sobre “populismo” o acusan, de mala entraña, que Morena hoy tiene más representación legislativa de la que debería.
Ese discurso sería entendible y quizá válido –aunque hueco- si ambos fueran activistas de “Sí por México” o militantes del PRI. Sin embargo, se vuelve una afrenta peligrosa si consideramos que ellos son el árbitro electoral y en vez de velar por la equidad la enturbian con diatribas.
Ante eso, dos apuntes. Vale decir que el INE es una institución compleja y enorme, que abreva en una parte años de lucha democrática donde las izquierdas de este país -incluida la que hoy gobierna- han tenido participación indudable. Sin ir más lejos, parte de la reforma electoral de 2007 que aminoró el dispendio en campañas y controló la participación de grupos de interés en ella se debe a las denuncias legítimas hechas por el movimiento encabezado por López Obrador en 2006 y la revisión de ellas hechas por el TEPJF… como el propio Córdova aceptó ante Carmen Aristegui en un debate con John Ackerman en septiembre de 2006. La operación del INE no se reduce a la actitud de sus consejeros y está también en muchos funcionarios de a pie que trabajan de manera institucional. Pero sí resulta preocupante que dos de sus funcionarios principales hagan desde su cargo política partidista, lo cual les tiene prohibido la constitución.
Otro recordatorio: 2006. Crímenes electorales por doquier e intromisión ilegal, constante y con cargo al erario del señor Fox. En la campaña delincuencial de propaganda sucia más cara de la historia, Calderón enturbia más la legitimidad de la elección, puesta en riesgo desde dos años atrás por el desafuero impulsado por Fox. En julio, las cuentas no salen bien y centenas de miles de votos en terreno no coinciden en actas, siempre a favor de Calderón. Se acredita un fraude que el TEPJF no reconoce, pero se limita a decir que sí hubo un cochinero cuyo impacto no se pudo medir, por lo que la elección vale. Así, el INE y el TEPJF, de manera negligente, convalidan el resultado fraudulento.
En esa coyuntura, tanto el señor Murayama como Lorenzo Córdova hicieron campaña en contra de la limpieza de la elección. Asumieron el discurso de que “la elección fue polémica, pero válida” (argumento propio del PAN) y firmaron desplegados contra el saneo de los múltiples crímenes electorales –como lo hizo Murayama el 2 de agosto de 2006 junto con 134 personas- o aparecieron en programas de radio y televisión legitimando a Calderón, como lo hizo Córdova en septiembre de ese año.
Es decir, no es la primera vez que estos señores asumen una postura política partidista. En 2006 tenían derecho, aunque carecieran de argumentos y repitieran los de Calderón para hacerlo. Hoy, como funcionarios de cuyo actuar depende la equidad electoral, ya no tienen ese derecho y están obligados a no enturbiar el debate público. ¿Se puede confiar en su imparcialidad?
Los retos de la democracia mexicana están en otro lado. En México sigue imperando en muchos lares la cultura antidemocrática de la compra del voto, la intromisión electoral de funcionarios, el uso clientelar de programas sociales, el empleo de grupos porriles para disuadir votantes, las campañas sucias pagadas con dinero ilegal (como la Operación Berlín), los posibles empleos de dinero público para comprar opiniones políticas en medios, las bajezas electorales (como casillas zapato, embarazo de urnas y ratones locos)… Acciones todas que, por cierto, han ido más en detrimento del movimiento político que hoy López Obrador encabeza, como quedó constatado con el fraude de 2006 o con las bestialidades de compra de votos peñanietista de 2012, que el IFE entonces dejó intocadas.
Es ahí, en el terreno, donde Murayama y Córdova deberían arremangarse y salir a combatir los peligros que enfrenta la democracia. Que hoy ambos, dizque para defender la democracia, abracen la vulgata panista contra el populismo o la “sobrerrepresentación” no sólo implica una prioridad equivocada, sino quizá un indicio de dónde andan sus simpatías políticas: cercanas a aquellos que no sólo no creen en las prácticas democráticas, sino con sus fraudes las han envilecido, sea en 2006 o en 2012.


