Fue inútil el llamado que desde el ámbito federal y local hicieron el Presidente Andrés Manuel López Obrador y la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, de retomar las medidas de protección ante covid-19 al dispararse de forma alarmante los contagios. Durante semanas, reforzaron el exhorto a la ciudadanía a quedarse en casa, abstenerse de cualquier actividad no esencial y a usar el cubrebocas como herramienta indispensable para eludir a covid-19. No tuvieron éxito.
De ese llamado, debieron hacer eco quienes pueden trabajar desde casa sin exponerse para proteger a los millones que no pueden permitirse dejar de trabajar. No es lo mismo andar en la calle por una fiesta, que por trabajo.
Aunque no se hiciera «oficial» sino hasta el 19 de diciembre, la realidad es que la Ciudad de México, una de las urbes más pobladas del mundo, desde mucho antes ya estaba en semáforo rojo. Diez meses después de detectarse el primer caso mexicano de covid-19, todos han tenido un familiar, amigo, vecino, o compañero de trabajo que murió a causa del virus. Si se sabe, ¿de dónde parte la idea de sentirse inmortales e intocables por el enemigo entre aquellos que sí podían quedarse en casa?
El semáforo rojo capitalino, postergado para afectar lo menos posible a la economía, se encendió inevitablemente cuando el incremento de casos era imparable: en la Ciudad de México hay 277 mil 733 casos confirmados acumulados, 34 mil 161 confirmados activos estimados y 19 mil 583 defunciones de las 117 mil 876 a nivel nacional, la cifra más reciente. A los hogares enlutados poco les dice que sean 971 mil 115 los recuperados: perdieron uno y a veces, a varios seres queridos. Sheinbaum se enfrentó a una complicada disyuntiva: cerrar actividades en Ciudad de México para proteger vidas o mantener todo abierto para cuidar empleos presenciales.
De la segunda ola nadie escapa, ni siquiera los países que, en la primera etapa de contagios, habían sido más eficaces en su combate. En México, la gente anda en la calle, pero hay que subrayar la diferencia entre quienes tienen que salir por el sustento y aquellos que se aburrieron de quedarse en casa y necesitan de las bodas, las fiestas, las reuniones y las multitudes.
No es lo mismo desafiar -inconscientes- el fatal peligro cuando se tiene la vida resuelta mientas se alcanzan altos niveles de hospitalización, que cuando un solo día laboral perdido puede ser tragedia en miles de familias. El reiterativo llamado del Presidente López Obrador a quedarse en casa se refiere a quiénes pueden hacerlo. México tienen que atender a su otra población, la más desprotegida.
La diferencia entre los países desarrollados y México es que sus gobiernos pueden apoyar económicamente a su población sin que se cause una debacle. Pero los países en vías de desarrollo no tienen esa capacidad. En el caso mexicano, se ha hecho un esfuerzo para apoyar a quienes no tienen margen de maniobra.
Alemania, el país con más población de la Unión Europea y que había logrado buenos resultados, informó de 952 muertes en su peor día. Cerraron toda actividad no indispensable hasta el 10 de enero.
Días antes, el 3 de diciembre, Estados Unidos superó el récord histórico reportando 3 mil 157 muertes. De acuerdo con The New York Times, rebasaron las provocadas por cáncer e infartos juntos, principales causas de muerte en la unión americana.
Antes que la Ciudad de México, el 23 de noviembre Canadá -cuya población es menor- cerró actividades no esenciales en algunas regiones, lo que explica en parte sus cifras más moderadas que las de otras naciones, pues los canadienses acatan las medidas. Sin embargo, pueden hacerlo porque tienen un gobierno con la capacidad económica para respaldarlos.
¿Qué hace la diferencia entre unos países de otros? La economía. Cuando existe una economía fuerte, es más viable como sociedad protegerse y cuidarse. Pero la responsabilidad social que puede verse en muchos países desarrollados no se observa en países menos fuertes porque su población vulnerable si no se sale a trabajar, no come. En cambio, quienes pueden quedarse en casa y se escapan, no tienen excusa.
En la capital del país, el virus Sars-CoV-2 convirtió a las funerarias en uno de los negocios más beneficiados. Hoy las tiene atiborradas de clientes inermes -algunas reciben hasta noventa cuerpos diarios- y apenas se dan abasto para atender la demanda-. Si bien hay mexicanos que, por su desahogada situación económica, asumen que pueden ignorar al mortal virus, son más los que salen a trabajar no por una actitud irresponsable, sino porque no tienen opción.
En el mundo, los aeropuertos no están tan vacíos como deberían; no todas las aerolíneas atienden las indicaciones, se relajaron. En sus vuelos dejaron a un lado la sana distancia y con el pretexto del «bocadillo» los pasajeros se quitan el cubrebocas, aunque ya no estén comiendo. El personal a bordo pide enderezar el asiento, pero no indican en cambio que se lo vuelvan a poner. Tampoco toman en cuenta que el riesgo de volar en una cabina cerrada podría disminuir si dejara asientos vacíos entre sus viajeros.
Los usuarios del metro de la capital, que al inicio redujeron de manera notoria sus viajes, volvieron a llenarlo como antes de la pandemia porque necesitan su salario. Y sus empleos no permiten el “modo” de trabajo desde la casa.
Aunque las autoridades capitalinas clausuran las actividades económicas no esenciales hasta el 10 de enero, los vehículos circulan ajenos a la amenaza que va cerrando el círculo. En cambio, quienes utilizan el transporte público por un salario se arriesgan al contagio.
El mundo llega a las fiestas navideñas con dos situaciones opuestas. La de quienes desde su holgura económica pretenden que no está pasando nada y huyen como si tal cosa y la de una mayoría que va a trabajar o muere de hambre. Mucho ayudan aquellos que trabajan desde casa, evitando fiestas y reuniones para que a quienes no tienen esa opción, se les ceda el espacio.
¿Cuántos somos capaces de renunciar al pavo, a la pierna de puerco o a esa añorada cena navideña para otro momento? ¿Cómo será la mesa de quiénes por su vulnerable situación económica quizá van a pasar esas fechas en total incertidumbre?
Pese a los esfuerzos que se han hecho, la vacuna no estará aún debajo del árbol de navidad. En vez de regalos lo que llegan son rebrotes. En lugar de estrellas de Belén, hay crespones negros. Se acabó la fiesta antes de las fiestas. ¿Qué tiene que pasar para que el mundo reaccione? ¿Qué debe ocurrir para que México no se quite el cubrebocas y quiénes puedan, se queden en casa? Quizá esta pandemia nos recuerde a todos que debemos ser solidarios con quienes están obligados a exponerse. Ese sería un buen regalo de Navidad.


