Por: Gabriel Alvarez Flores
En diversos espacios y momentos, he hablado sobre las políticas públicas de emergencia por el nuevo coronavirus y la cuestión de salud que las rodea. Pero junto a esto, son múltiples los fenómenos sociales que van acompañando las diversas crisis generadas a raíz de la pandemia y que no deben pasarse por alto. En Chihuahua vivimos un momento crítico: además de los contagios y fallecimientos por covid-19 debido a las fallas en los sistemas y la asfixia económica provocada en su mayoría por las medidas estatales, la sociedad chihuahuense se está sometiendo a procesos sociales riesgosos y desapercibidos para muchos. Aunque hoy el sentido de emergencia nos hace tolerar y normalizar estos procesos, a la larga tienen severas repercusiones para la vida en general y sus libertades.
Dentro de esta diversa gama de fenómenos sociales (que sin duda alcanzarían para redactar al menos un libro), el conjunto más importante e influyente para entender el orden social de estos días en Chihuahua es el grupo de fenómenos derivados de la gobernabilidad, siendo esta el grado de comunicación y atención de los gobiernos hacia todas las partes y sectores de la sociedad. Para entenderlo mejor, a mayor integración de la sociedad en las decisiones de gobierno, mayor es la gobernabilidad, lo que resulta en una coordinación entre autoridades, ciudadanos y privados para cumplir las metas siempre cambiantes y crecientes de la sociedad y genera así un ambiente armónico de trabajo conjunto con sentido de bienestar común.
Pero ese no es el caso de Chihuahua. La crisis de gobernabilidad durante el periodo de pandemia se debe al autoritarismo y desconexión social de un gobierno estatal cuya cabeza ha dicho explícitamente que "no está para cuidar su imagen", en respuesta a la desesperación y clamor ciudadano contra las medidas impuestas. Un autoritarismo que provoca crisis de gobernabilidad, donde a pesar de que se ha instalado un Consejo Consultivo de Salud para tomar las decisiones en supuesta representación de la sociedad, sus decisiones siguen sin representar a todos los sectores afectados y vulnerables en esta situación. La situación es peor aún cuando se sabe que se trata de un consejo de representantes instalados por el estado en supuesto interés por escuchar a la sociedad, pero que, en realidad, tienen más voz que los propios chihuahuenses que se representan a ellos mismos al manifestarse públicamente sobre el tema, y que son a todas luces ignorados y descartados por las autoridades. Un juego legal muy común de la política mexicana para deslindarse de compromisos reales y de fondo con la sociedad, cosa que más de una persona denominaría "para cumplir con el requisito". Así es cómo se ve una crisis de gobernabilidad.
La postura autoritaria desde los poderes públicos genera severos estragos, pues permite y replica otros vicios de poder en todos sus niveles, particularmente en los más delicados: el contacto con las ciudadanas y ciudadanos; cuando toca de forma directa la vida de las personas, en lo individual, es señal de que el abuso se encuentra incrustado en los sistemas públicos. En Ciudad Juárez, por ejemplo, los elementos policiales van ganándose de nuevo el "respeto a la autoridad" que perdieron en décadas de evidente corrupción y falta de protocolo y legalidad. Ahora se gana a punta de miedo, violencia y amenaza a los ciudadanos con el respaldo del estado en su estrategia de persecución policial hacia el virus. Las noticias locales abundan con noticias de los heroicos actos de las fuerzas policiacas locales y estatales, con su rifle en pecho y en grupo, al clausurar pequeños negocios y de barrio "no esenciales", como: barberías, estéticas, misceláneas, pequeños gimnasios, tiendas de segunda mano, negocios de ropa o de otros artículos no alimentarios. En locales prácticamente desiertos o con una cantidad deprimente de clientela -que reabren sus puertas al no soporta la falta de ingresos desde hace meses- son abordados de forma intimidante por la policía y multados para sumarle a su pérdida económica, con otro cero gracias a las autoridades de protección.
Estos sucesos nos van sigilosamente moldeando como sociedad: el autoritarismo que se vende y legitima desde el gobierno estatal es cada vez más aplaudido por la población, gracias a un falso discurso emitido desde los medios oficiales donde se culpa a estos pequeños negocios y a la acción de los individuos como responsables directos de una crisis sanitaria que no termina por la irresponsabilidad, egoísmo y mezquindad de ciertos chihuahuenses desde lo individual. Este mensaje no es ni una realidad ni una novedad, sino una vieja receta política usada por muchos otros antes para deslindarse de responsabilidades, en la que se alimenta a las masas desesperadas y desesperanzadas con supuestos culpables visibles, débiles o vulnerable, y en idea de soluciones simplistas a problemas complejos, particularmente motivados con tintes de odio y agresividad. El enojo es una salida para muchas otras emociones como la frustración, y eso no pasa desapercibido para quienes manipulan.
Es evidente cómo el sector de trabajadores de la salud de la entidad, agotado por atender una pandemia interminable en condiciones infrahumanas, se va polarizando cada día más en contra los trabajadores chihuahuenses informales o de negocios catalogados "no esenciales" que buscan reactivar sus fuentes de ingreso, así como un latente repudio hacia la población en general. Aquellos en el sector salud van haciéndose partidarios de más y nuevos confinamientos totales en el estado, por creerlos una medida definitiva que detendrá la crisis sanitaria, sin entender la gravedad y riesgo en cadena para otras crisis que eso generaría al repetirse múltiples veces bajo las mismas condiciones. Hablamos de una confrontación social verdadera entre sectores de la población motivada desde el gobierno del estado de Chihuahua, mientras este sigue habilitando cada vez más a los sectores que más contagiados aporta a los hospitales (la industria maquiladora), no atiende las insuficiencias de los sistemas de salud, castiga a las pequeñas economías locales y mantiene prioridad de gasto a las obras viales símbolo de su gobierno en un evidente y público desinterés de su gobernador al movilizarse de estado a estado por asuntos políticos ajenos a las responsabilidades de su cargo. Eso sucede aunado al alza en violencia, delincuencia, impunidad y pobreza, mientras las fuerzas públicas se enfocan a la persecución ciudadana.
Si para quienes estamos aquí y entendemos los efectos del autoritarismo es claro atropello a garantías individuales, sería escandaloso para cualquier ombudsman, u otro defensor de derechos, voltear a ver una situación como la que se vive en Chihuahua, donde derechos humanos y constitucionales se limitan al mandato de pocas personas. Para fortuna de Javier Corral, somos una tierra extensa y geográficamente distante en la que pocos ojos internacionalistas abogan por nuestras crisis regionales. Somos los y las chihuahuenses quienes no tenemos tanta suerte, al ser objeto de castigo (en su atención como por su desatención) de un gobernador de reciente actuar político frente a los actores e instancias superiores que ha ido saboteando cualquier potencial ayuda del exterior del estado, cual violentador aísla a su víctima para generarle dependencia.
La peligrosidad de este autoritarismo está en que va debilitando la empatía, un factor social indispensable para la armonía, en uso de una fórmula política que aniquila todo sentido de comunidad. Su daño se va expandiendo y no termina ni cuando la sociedad donde se instala el daño es descompuesta. Muchos de lógica simplista o en desconocimiento del tema podrían pensar que en tiempos caóticos como estos se requiere de "mano dura" y "endurecer" medidas (en línea discursiva del gobierno estatal), pero la realidad es que, en un tema de salud pública como esta pandemia, la participación y el compromiso de la población es esencial para la eficacia de las estrategias y políticas públicas. Sin embargo, el visible autoritarismo es más una tijera que un hilo conector, o posiblemente el propio responsable directo de que no logremos superar los números que siguen en aumento, tienen nombre y tanto duelen.
Si la sociedad percibe que no hay ni la más mínima intención de escuchar o preocuparse por el clamor ciudadano ante sus necesidades urgentes (de nuevo, una crisis de gobernabilidad) en esta pandemia, se ocasiona un quiebre simbólico entre gobierno y sociedad que ya es evidente en Chihuahua: reglas, medidas, leyes y sanciones que bombardean a los chihuahuenses en forma de castigo y confusión (muchos chihuahuenses ya no comprenden las medidas por su complejidad y varis modificaciones), mientras son ellos el objetivo final de protección y bienestar por el que los gobiernos existen; ellos los vulnerables y objeto de derechos en esta situación mundial. Entonces, ¿por qué la sociedad chihuahuense seguiría obedeciendo a un gobierno que agravia cada vez más? Está claro que el pacto social en Chihuahua se ha roto, y la violación intencional y organizada de las medidas desde varios sectores de la población es prueba de ello. La respuesta gubernamental a esto es instituir más y peores medidas de restricción y represión. Es así como se alimenta un círculo vicioso e infinito de ingobernabilidad en un sentido de confrontación y dominio de uno sobre el otro.
La historia de la humanidad nos ha mostrado que el poder autoritario y las dictaduras, terminan por romper el pacto social y secuestrar lo que es público para parecerse a una monarquía incuestionable, ignorando garantías humanas y constitucionales. No se queda en un aspecto de legalidad y derechos, pues con ello se quiebra también la paciencia de las personas y de sus restos se va acumulando el hartazgo de seres sociales que necesitan sentirse relevantes y escuchados para seguir siendo tanto seres como sociales, parte de su naturaleza más esencial. Ni piezas de una obra teatral en capricho ni soldados de una táctica militar por ego, sino partes relevantes de un mecanismo para una gran máquina de bien para todos y para la vida misma.
Donde hay más gobernabilidad, confianza y comunicación entre todos los sectores de la sociedad, es donde las estrategias para hacer frente a la pandemia han sido más exitosas. Es hora de entender que el modelo de gobierno vertical, de mandar y obedecer, es obsoleto para un tiempo, una ciudadanía y un reto sin precedentes como este. Es tiempo de entender que, cuando hablamos de pandemia, ya no sólo hablamos de salud sino también de sociedad, políticas, economía y justicia social. Asuntos que ocurren de, en y por la sociedad, así que esa debe ser una dimensión de análisis crucial para todo actuar gubernamental, en contra de la perspectiva meramente estadística de contexto biomédico que ha primado en nuestro estado para las decisiones de pandemia en un profundo desapego de la realidad social.
Chihuahua es un claro foco rojo de que el autoritarismo avanza desde el norte. Ese que está más preocupado por sumar alianzas federalistas para sus objetivos políticos individuales, ego y sed de poder, sin tiempo ni interés en escuchar, analizar y cooperar para el bienestar de la gente que le otorgó poder y que ahora es ejercido en contra de ella. Un autoritarismo que parece gustoso por cumplir su palabra unilateral y de agraviar al Pueblo para que se cumpla, con la excusa de buscar su bien. Es un paternalismo conservador y violento, en lugar de un gobierno abierto, recomendado universalmente para el progreso de la humanidad en todo sentido.
Tanto el país entero y la sociedad mexicana debemos ser muy cuidadosos de que este modelo (ahora llamado alianza) -contrario a todo sentido de democracia, representatividad y de apertura gubernamental- siga avanzando valiéndose de falsos discursos, verdades a medias y desinformación, en uso recursos y cargos públicos para someter a la población a sus voluntades y caprichos personales. De no ser así, esta pandemia sólo será el inicio de nuestros problemas.
@gaboxl42
Maestría en Trabajo Social por la UACJ, con línea de investigación académica sobre el empleo y juventudes. Interés por el análisis de políticas públicas y sociales de México, y proximidad con los temas de participación ciudadana y democracia.


