Después de lo que pareció una maldición en este 2020, podemos asegurar que todes esperamos que el 2021 sea un mejor año. Al menos uno en el que podamos ver y abrazar más a nuestros seres queridos.
En la medida en la que se acaba el año e inicia uno nuevo, también entramos en la etapa de reflexiones sobre lo que hicimos, dejamos de hacer y -seguramente este año- habrá muchas sobre lo que no se pudo hacer, se arruinó o lo que esperamos pueda mejorar para el 2021.
Sin duda hay una gran ilusión sobre lo que pueda pasar en el siguiente año, deseos de que todo mejore y que la normalidad pueda volver. Al menos con la llegada de la vacuna contra covid-19 a México se abre la puerta a mejorar las condiciones que vivimos estos últimos meses frente a la pandemia.
Este proceso marcará a todos los países del mundo en el próximo año. Una nota importante ante todo esto es que México se ha puesto a la par de varias potencias mundiales, pero también ha impulsado la solidaridad internacional para que ningún país se quede atrás.
Este año dejará grandes estragos en la vida pública y también en nuestras vidas personales. No todos estos serán negativos, pero sí son dignos de grandes reflexiones que me parece importante generar.
La primera y la más obvia es la relevancia del acceso a la salud universal y gratuito, un derecho por mucho tiempo estipulado en nuestra constitución, pero que desde hace más de treinta años se había descuida y abandonado. Esto me parece que generará cierto impacto para las generaciones afectadas por esta pandemia, y –esperemos- pondrá en evidencia la importancia de asegurar que los gobiernos garanticen este derecho.
En este sentido, también se ha logrado darle a la salud mental la importancia que se merece en la lógica de tener y garantizar una salud integral. Los efectos del encierro y el aislamiento tendrán obvias repercusiones que no podrán ser invisibilizadas y que han afectado a niños, adultos mayores y jóvenes por igual.
Se han generado también grandes cambios en cómo nos relacionamos con las personas. El aislamiento terminó dándole una mayor relevancia al mundo digital, pero no sustituyó nuestra necesidad de interacciones físicas y reales. En todo caso, me parece que demostró que los seres humanos somos claramente seres sociales y muy dependientes de la interacción. Creo que esto nos ha enseñado que dichos intercambios son necesarios para nuestro bienestar social y personal, además de que abarcan desde lo más íntimo de nuestras relaciones personales, hasta lo más social y pasajero.
Por último, creo que queda también una enseñanza importante para nuestra vida pública. La pandemia evidenció las particularidades de nuestra clase política: los límites de ética y moral que hay en cada expresión, las capacidades para generar críticas, mejorar e incluso las de empatía ante el dolor ajeno.
Este año fue difícil para todos y todas. Esperamos que el próximo mejore las circunstancias que nos son dadas. Pero no olvidemos que la solidaridad y la compasión por el otro nos hacen mejorar las condiciones en las que afrontamos la realidad en este mundo.


