Hace unos días, en el contexto del revuelo que han ocasionado las vacunas y sobre todo la gente que reclama su “derecho” a comprarlas, una apreciada compañera escribió que una de las cosas más graves heredadas del capitalismo es la creencia de que el dinero es lo que otorga o quita derechos. Comentábamos cómo el egoísmo humano ha encontrado su perfecta sincronía con este sistema económico que llegado a un punto despoja de toda humanidad a las personas, y tiene razón. Es verdad que, a lo largo de la historia e independientemente del sistema económico dominante en ese momento, la riqueza ha ido de la mano con el valor que se le confiere a las personas por ese mismo sistema. No es secreto que la transición -o imposición- del capitalismo vino a desarticular en la medida de lo posible la vida en comunidad y el sentido de pertenencia a la misma. Acabar con la cohesión social ha sido una de las medidas más efectivas que tienen el poder económico para terminar con las resistencias populares que se le presentan y le impiden avanzar en la consolidación de la apropiación de lo que persiste común o público.
Encontraremos pues, que siempre que ese poder ve que lo que asume como suyo corre peligro, la alineación entre los pares se da de manera automática sin importar cuántas diferencias tengan, siempre en búsqueda del propio beneficio y pasando por encima de la gran masa que componemos “las y los de abajo” -de la cual emergen algunos miembros víctimas del egoísmo y la pretensión, que terminan siendo funcionales a la élite de la que buscan desesperadamente aprobación con la esperanza de algún día ser capaces de pertenecer a ella-. Pero la fuerza que representa la articulación de demandas sociales en movimientos populares es tan grande que el poder ha tenido que hacer uso de todos sus medios y ha tenido que vaciar toda la artillería en su contra para poder doblegarles. Los medios de comunicación, la religión y el poder del Estado han sido aliados históricos de estas élites que se sienten dueñas de cuanto hay sobre la tierra; sin embargo, en la historia hay excepciones y lo que hemos vivido a lo largo de todo este año ha demostrado cuán necesario es que la sociedad retome el sentido de comunidad y pertenencia, pese a que unos cuantos no logren asimilar que todos en condición de humanos somos exactamente lo mismo.
Por fortuna, en este momento de la historia contamos con un gobierno que no está dispuesto a ceder ante las presiones de las élites nacionales, algo que para quienes carecen de empatía y sentido común, está siendo difícil de asimilar. Priorizar a quienes más necesitan inmunidad es un acto de más pura humanidad que ni siquiera debería estar a debate ni contaminarse con el discurso electorero que han manejan quienes, precisamente, se unieron cual desesperados para buscar su regreso al poder.
A nivel internacional, hasta el momento, ha trascendido que la vacuna contra el conocido virus no estará de venta al público, al menos no en esta primera etapa. Lograr que la aplicación sea pública y gratuita será un logro para la humanidad, un triunfo de la colectividad por encima del individualismo egoísta, y es algo que nos toca defender.


