Por fin llegaron los últimos días de esa gran tormenta siniestra que fue el 2020. Resulta muy difícil sacar una valoración positiva de un año que termina con millones de familias por todo el mundo que perdieron un ser querido como consecuencia de la pandemia de coronavirus.
Lo es aún más cuando la gran tragedia sanitaria también ha dejado a su paso una crisis económica sin precedentes en el siglo, afectando particularmente a los más pobres de la Tierra, esos que ganan su sustento en el día a día y cuyas actividades han tenido que paralizarse como consecuencia de las medidas sanitarias de confinamiento.
No obstante, pienso que sería un error dejar pasar el año sin hacer una reflexión profunda sobre qué ocurre en el mundo y cómo una situación tan crítica ha sido abordada por nuestro país. Aún sintiendo dolor por la pérdida de tantas vidas humanas, causada por un virus que no cuenta con remedio ni cura, cabe resaltar el papel que el Gobierno mexicano ha jugado frente a una crisis para la que ninguna nación estaba preparada.
Desde los primeros casos reportados en nuestro país, el Presidente giró la instrucción de que fueran los expertos quienes encabezaran la estrategia sanitaria. El grupo de trabajo encabezado por el Subsecretario Hugo López-Gatell actuó desde un primer momento apegado a criterios científicos, no políticos.
Mientras en los países más desarrollados y con supuestas democracias consolidadas se optó por medidas agresivas de mitigación y la coerción contra quienes salieran de sus hogares -así fuera por necesidad-, el Gobierno de México dio libertad a los ciudadanos de actuar con responsabilidad, exhortando el respeto a las medidas de distanciamiento para quienes tuvieran que ir a trabajar, confiando en la conciencia del Pueblo frente a una situación desconocida. Ni siquiera quienes prefirieron la amenaza y la fuerza pudieron evitar los contagios o las muertes dentro de sus territorios.
Por otro lado, en tanto que la tendencia internacional parecía dictar la norma de adquirir deuda a como diera lugar, las autoridades de nuestro país optaron por ajustarle el cinturón a las instituciones, gobernar con austeridad, combatir la corrupción y mantener la red de apoyos de Bienestar a millones de familias que son beneficiadas mediante alguno de sus problemas. La vía mexicana para enfrentar la crisis resultó efectiva: nuestra economía se recupera, el peso se ha estabilizado y se espera que el próximo año tengamos mayor crecimiento económico. Todo sin cargarle deudas al Pueblo ni a las generaciones por venir.
Con un sistema de salud saqueado y abandonado por los neoliberales, el esfuerzo llevado a cabo para reconvertir los hospitales y asegurar que ningún mexicano enfermo se quedara sin cama fue titánico y exitoso. Mientras veíamos en la televisión imágenes con muertos en las calles y hospitales sobrepasados, en nuestro país se ha conseguido mantener estable la ocupación hospitalaria.
En fin: cuando hay muerte y sufrimiento de por medio, hay pocas razones para celebrar. Sin embargo, en México podemos estar seguros que frente al peor momento, contamos con el mejor Gobierno posible. Basta imaginar lo que hubiera pasado si los neoliberales hubiera estado al mando de esta coyuntura: desvío de recursos, hospitales abandonados, acuerdos multimillonarios con farmacéuticas concentidas y otras lacras que representaban el sello distintivo del viejo régimen.
Mi corazón y pensamientos están con todas las personas que se encuentran enfermas -peleando por su vida-, con quienes han perdido un familiar o amigo y con quienes están pasando por una situación económica delicada. No tengo duda de que con el aporte y la solidaridad del Pueblo, la excelente gestión del gobierno y los avances científicos, muy pronto estaremos saliendo de esta pesadilla y volveremos a abrazarnos. ¡Que viva el heroico personal de salud y quienes batallan en los centros médicos por salvar la vida de sus compatriotas!


