Ciudad de México a 11 febrero, 2026, 7: 41 hora del centro.
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¿A cuánto el cachito de vida?

¿A cuánto el cachito de vida?

En las vísperas navideñas de este año tan revuelto llegaron las primeras vacunas contra covid-19. Como un rayo de luz en medio de la segunda ola de contagio, la esperanza se hizo manifiesta en un gran número de casas mexicanas cuando en periódicos digitales y en redes sociales apareció la imagen de una mujer, con careta y cubrebocas, congelada en el instante en que una aguja le atravesaba el brazo. 

Por fin, el programa nacional de vacunación se puso en marcha y “de aquí para adelante”, pensé. Primero será la abuela y posiblemente mi papá, luego mi mamá y al final mi hermana y yo. Estoy consciente de que es probable que tenga que esperar hasta el 2022 para recibir una dosis, pero estoy bastante tranquila porque sé que entre más gente esté vacunada bajará el número de contagios a nivel nacional así como la saturación de los hospitales y, por lo tanto, en caso de enfermarme gravemente – escenario poco probable por mi edad y la salud que afortunadamente tengo- habrá cada día más disponibilidad del personal de salud para que pueda atenderme en los hospitales del país. Eso es lo bonito de lo colectivo: a veces priorizar a los demás, a los más vulnerables, también le ayuda a una. 

Recordé que, al principio de la pandemia mientras revisaba los gritos sordos de la oposición atrapados dentro de las redes sociales, los filósofos y los historiadores publicaron libros express, donde  apuntaban que nos encontrábamos ante el fin del neoliberalismo  -algunos fueron más allá y dijeron que incluso se trataba del fin del capitalismo-. Este era  el punto de quiebre que llevamos décadas esperando al tratarse de r sistemas completamente obsoletos que habían demostrado fallar ante la pandemia por las subrogaciones de los servicios de la salud, las pésimas condiciones trabajo que impulsaba con respecto a sus prestaciones y seguridad social, el subsumir las políticas de salud a los intereses de compañías transnacionales de comida chatarra que, por supuesto, no tienen interés alguno en la salud o el bienestar de nuestra población, entre muchos otros. 

Yo misma pensé que ver el egoísmo de los contagios generados por los más ricos empresarios con sus fiestas y las bodas organizadas por los gobernadores y alcaldes de la oposición serían suficiente para comenzar a cambiar la percepción de esos liderazgos tóxicos vinculados a un aspiracionismo violento. Pero me di cuenta que estaba equivocada: ahí, en medio de la que debía ser la noticia del triunfo de la colectividad, de la vida, de la igualdad, comenzó a crecer una protuberancia de quienes exigían poder lucrar con la vacuna de manera privada: de seguir imponiendo el privilegio de acceder un producto escaso y de importancia vital, a quienes podían pagar. 

Fuimos testigos de cómo quienes  se han llamado durante décadas los más grandes economistas olvidaron a conveniencia que no existen suficientes vacunas todavía a nivel mundial para satisfacer el mercado y al mismo tiempo garantizar un acceso universal donde se priorice a las poblaciones más vulnerables. Vimos la voz de una parte del país que, sin ser población de riesgo, prefiere utilizar su dinero para poder restablecer sus salidas sociales de desayuno con mimosa antes que garantizar la vida del personal de salud que lleva meses cuidando en primera línea de fuego a la población de nuestro país; antes que las y los adultos mayores y las personas con otras comorbilidades. Pensé en mi abuela ¿cuánto le parecería a la oposición que valdría su salud?

Pensábamos que con la pandemia se aceleraría el reconocimiento de aquello que para nosotros es claro y contundente: que la salud y la vida no se vende. Que la solución a los problemas del sistema de salud vinieron precisamente a partir de las privatizaciones, el lucro y el abandono de lo público, y que no se puede resolver ni con seguros ni con préstamos sino exclusivamente con mayor inversión y lógicas que no antepongan el mercado al estado. Para mí, seguimos ante el fracaso cultural de buena parte de la población que cree que efectivamente el mercado es la opción más asertiva cuando ha sido esa justificación la que ha vendido medicamentos para enfermedades terminales dos, tres y hasta diez veces más caros. 

Ahora somos conscientes de que hay quienes se dejan envolver por narrativas que echan mano de omisiones a su gusto, buscando así sostener una lectura distinta de los acontecimientos: los hospitales abandonados con Peña Nieto; el fiasco del Seguro Popular de Calderón, y los estudios de científicos sociales que muestran que cerca de un 20% de nuestro sistema de salud está atrofiado por la corrupción normalizada durante los sexenios del PRI y el PAN. 

A mi gusto, el 2021 será un año de éxitos electorales si y sólo si logramos explicar y comunicar cómo es que la colectividad de los servicios públicos y la vocación de servir que han demostrado los trabajadores de salud y los servidores de la nación han sido los pilares que nos han salvado durante la pandemia. Cómo es que los acuerdos internacionales establecidos desde la Cancillería para la colaboración entre naciones representaron el valor de la humanidad, la unidad de los países y la justicia internacional puesta por encima de los intereses del capital, valores sin los cuales hoy México no tendría capacidad de atender los cientos de miles de contagios. 

Desde mi perspectiva , 2021 tiene que ser la campaña que muestra cómo se rompió con las lógicas de endeudamiento de México que nos han hecho dependientes a las potencias mundiales, cómo se rompió con las lógicas de salvar a los privados con recursos públicos y de beneficiar primero a más privilegiados solo por tener dinero. En resumidas cuentas: el 2021 debe ser la traducción y la asimilación colectiva en cada hogar de México de que, tanto en la pandemia como en la elección de nuestros políticos, como dice la célebre frase de Juan Rulfo: “(o) nos salvamos juntos o nos hundimos separados”. 
 

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