Ayer no fue como siempre. No salimos a la medianoche con las maletas para invocar un viaje, ni nos abrazamos entre lágrimas, risas y esperanzas por comenzar un año más acompañados de las personas que queremos. Este año no hubo juegos ni uvas ni petardos que borraran los sonidos de ayer. No abrazamos a nuestra hermana mientras le decimos al oído que el comienza será su mejor año hasta el momento.
Tampoco tuvimos luces de bengala mientras Tony Camargo cantaba “me dejó una chiva, yegua blanca y una suegra”. Este año nuevo no dimos el mismo discurso de siempre, con la expectativa de cumplir los mismos deseos pendientes desde hace diez años. No.
Esta vez. Fue distinto.
La casa nos estuvo perfumada de mantequilla derretida, guajillo tatemado ni del sensual picor del ajo. Estuvimos con los nuestros detrás del brillo azul de la pantalla de la computadora o por maratónicas llamadas telefónicas con más silencios que palabras. Pronto nos dimos cuenta que las buenas noches realmente querían decir “ojalá estuvieras aquí. No quiero otra cosa que abrazarte, mamá”. Pero estamos aprendiendo a esperar.
El 2020 no suspendió el tiempo, lo hizo denso, pesado, lento, y nos cambió la manera de entender el cuerpo y sus maneras de habitar el espacio. Nos cambió los límites y las seguridades: nos recordó que en cada momento convivimos con la muerte, que los días suceden. La pandemia nos recordó que comos una especie vulnerable y torpe; pero que tiene destellos hermosos.
Muy pocos pueden decir que ayer terminó un buen año… pero todos sabemos que esto no ha acabado. Covid-19 nos arrebató la mística idea del ciclo que termina y la oportunidad de comenzar de nuevo. Como si pasaremos al quinto de primaria con los mismos cuadernos utilziamos en el cuarto año. Parece que estamos aprendiendo sobre apuntes pasados, porque muchas de las cosas que asumimos como verdades hace apenas diez meses dejaron de ser válidas.
En el momento de mayor desamparo, el bicho nos obligo a la soledad: en el momento de las fiestas que siempre necesitamos para agarrar fuerzas y seguir, el coronavirus nos obligó a la distancia- que además de sana, resultó necesaria.
Todas la uvas de la cena de ayer (los que tuvimos la suerte de poder cenar con quien amamos) tienen un solo propósito: que la vacuna funcione, porque estamos hartos de la zozobra y la muerte, de la incertidumbre y el dolor; porque ya no queremos recibir mensajes de familiares que ya no están; porque ya deseamos que las personas que están en la primera línea de defensa contra la pendemia vuelvan a abrazar con tranquilidad a sus hijos, a sus pades, que las gafas de protección que no les marquen las mejillas ni que el tiempo los siga envejeciendo de manera acelerada e inclimente.
Este enero no comenzará, al menos en seis entidades federativas -más las que se sumen al color en este viernes de semáforo epidemiológico–, con registros en gimnasios, carreras en el parque, ni membresías en clubes que abandonaríamos en marzo. No. Este año, esta permanencia de la emergancia sanitaria está en las manos y la boca, en comer para estar sanos y felices, y seguir tieniendo el coraje de compartir el pan. De ayudar a nuestros amigos que se han quedado sin empleo y emprendieron cocinas ocultas, pero tan brillosas como sus esperanzas, de cooperar, de seguir haciendo lo que mejor nos sale: estar en casa a los que tenemos la oportunidad (si te puedes quedar en casa, es tu obligación hacerlo).
Cuando todo esto termine haré una comilona con toda la gente que extraño.
Mientras, seguiré cantando a Mecano:
“Y aunque para las uvas hubo algunos nuevos, a los que ya no están echaremos de menos
Y a ver si espabilamos los que estamos vivos… y en el año que viene nos reímos!”


