No es cuánto lees o qué lees, sino la calidad de lo que lees. Recientemente, ha surgido la creencia popular que leer ‘tweets’ es la manera de suplir horas de lectura de libros para cumplir expectativas de conocimiento.
Sin embargo, los textos (como unidades de ideas), representan la visión del mundo de las personas que comparten su contenido. Es grave que la reproducción de los discursos de odio y de conocimiento a medias acerca de asuntos públicos se realice bajo la premisa de que únicamente esa actividad cuenta, absolutamente separada de la lectura de libros en formato electrónico o impreso, de revistas científicas y de obras de arte.
A los debates que hace dos mil años reforzaron las escasas virtudes de la democracia, se les sustituyó por un formato conformado por menos de 200 caracteres cargados de odio; lo que podría conducir a una nueva degradación contemporánea de este sistema, en el cual las mayorías siguen excluidas, pues sólo quien tiene acceso a internet y a una educación que les permita generar y mantener una cuenta de Twitter puede jactarse de convertirse en miembro honorable del tribunal de las mayorías.
Entonces se vuelve necesario colocar a las cosas en el lugar que les corresponde. Es decir, comenzar a pensar que la lectura de ‘tweets’ no equivale a leer, por ejemplo, “La administración pública a través de las ciencias sociales” de Omar Guerrero, “El laberinto de la Soledad” de Octavio Paz o haber admirado a “Mujer leyendo” de Georgy Kurasov.


