Ciudad de México a 17 febrero, 2026, 17: 50 hora del centro.
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¿Qué se juega en la elección de 2021?

¿Qué se juega en la elección d

Una constante del imaginario conservador –anclado en la tradición anti-iluminista religiosa inmersa en él- ha sido pensar a sus adversarios, sobre todo de las izquierdas, más a través de lo que piensan que van a hacer y menos a través de examinar con certeza lo que realmente han hecho.   

En la vida historia del mundo es usual que los actores políticos pretendan caracterizar a sus adversarios, rivales y enemigos mediante una interpretación que resalte de ellos sus carencias y defectos. Señalar lo que está mal en el “otro”, en el ámbito de la política, no implica tanto un esfuerzo descriptivo de un fenómeno, un partido o un grupo social; sino que muchas veces es el modo como los personajes públicos se dotan de legitimidad.  Así, resulta hasta cierto punto entendible que el vocabulario político haga escarnio de los otros mediante la exageración del defecto, la minimización del acierto y la omisión de la virtud ajena. Pero dentro del imaginario conservador, muchas veces la visión que se tiene del adversario es más una especulación irracional sobre sus presuntas intenciones que una denuncia sustentada de sus concretos hechos. 

En la historia mexicana reciente, esa tendencia ha sido arrolladora contra las izquierdas en general y contra López Obrador en particular. Parte sustancial de la crítica contra el tabasqueño se ha anclado en tratar de hacer augurios futuristas o lecturas de pulsiones psicológicas, como si sus adversarios fueran Walter Mercado o algún frenólogo del siglo XIX. De ahí que abunden expresiones del estilo “López Obrador va a reelegirse”; “AMLO nos va a convertir en Venezuela”; “AMLO quiere ser Putin”; “López Obrador querrá jugar electoralmente con la vacuna”; “López Obrador va a censurar al Reforma”; “López Obrador odia la ciencia”, y “AMLO construye un proyecto comunista”. 

El mar de exabruptos se centra, así, en profetizar lo que López Obrador “va a hacer”, sin tener la honestidad intelectual mínima de mejor enfocarse en analizar con mesura lo que el personaje realmente ha hecho, en el presente y en el pasado. Es labor sería poco redituable, porque dejaría en ridículo al discurso apocalíptico y catastrofista de sus malquerientes y expondría a un político con claroscuros que hoy encabeza un proyecto reformista que, en medio de virtudes, contradicciones y resistencias, hoy ha puesto en el centro a las mayorías olvidadas. 

En este año que comienza, resulta inevitable mirar la veta electoral que lo va a caracterizar. El gobierno llega a la elección intermedia en un panorama singular. ¿Cómo prever lo que va a pasar en la contienda electoral? No es fácil hacer pronósticos, pero si se quiere hacer prospectiva seria, lo mejor es abandonar la paranoia absurda de los malquerientes de “López” y enfocarse en algunos indicadores históricos, donde el más importante podría ser la gestión de AMLO en la Jefatura de Gobierno. 

En 2000 López Obrador ganó sin holgura, con apenas un margen mínimo, la Jefatura de Gobierno, pero en 2003, a raíz de la popularidad y eficacia de su gobierno, dominó con claridad la Capital e hizo que su entonces partido, el PRD, lograra más de la mitad de los diputados locales y triunfara en 13 de las 16 delegaciones políticas de la Ciudad de México. Su contraparte principal, el PAN y el gobierno de Fox, sufrieron un retraimiento en esa elección y destinaron el resto de su sexenio a poner trabas ilegítimas contra AMLO para evitar que ganara la presidencia. Para ello contaron con  la corrupción del PRI –donde Roberto Madrazo, Beltrones y Chuayffet secundaron maniobras turbulentas contra AMLO y el GDF, como el desafuero o la reforma al artículo 111 constitucional, que restaba recursos a la Ciudad de México -; y se les sumaron algunos perredistas oportunistas sin dignidad ni ética, como el ambicioso Demetrio Sodi. 

El panorama hoy es distinto. AMLO ganó holgadamente la presidencia de la república en 2018, se acerca a la elección intermedia con una aceptación nada despreciable y, más importante, se ha confirmado una acusación que desde hace lustros, con base en hechos históricos, se ha puesto de manifiesto: el PRI, el PAN y un sector del PRD en realidad son mascaradas del mismo proyecto que en 2018 fue desplazado del poder. La alianza PRIANRD es hoy un hecho, lo cual pondrá en el espectro político una dicotomía clara: en 2021 se votará o por refrendar el ideario que hoy el Presidente encabeza o se votará por una alianza que no tiene novedad alguna ni en las propuestas ni en los personajes, cuyo único proyecto es recuperar el arreglo institucional anterior a 2018. 

He ahí la similitud con 2003. En ese entonces, mientras AMLO encabezaba el gobierno de la capital, trató con firmeza de echar a andar los elementos más fuertes de su proyecto (obra pública, inversión en educación y confirmación de programas sociales). Mientras, el Gobierno Federal panista, en connivencia con el PRI y unas cuantas rémoras perredistas, se enfocó fundamentalmente en atacar a López Obrador. La inercia hoy no va a repetirse, sino que 2021 nos dejará en claro que esa polaridad de 2003 en realidad nunca se fue. En el año 2006, sólo un fraude electoral y usar las instituciones públicas con fines facciosos hicieron que el PRIAN lograra su cometido. 

Hoy ya no cuentan con el poder público. Su poder e influencia están muy reducidos en el andamiaje institucional y carecen de apoyo social mayoritario. Pero cuentan con poder económico y mediático, que no es cosa menor. López Obrador y el proyecto que encabeza, por su parte, cuenta con una nada desdeñable aceptación popular y puede hacer frente, de forma legítima, desde el poder público frente a las resistencias de sus adversarios. Un ejemplo concreto: la andanada mediática que a diario especula absurdos o inventa tonterías contra el gobierno de México, no es un asalto en despoblado, pues se enfrenta a una conferencia mañanera diaria donde el Presidente replica, responde y desmiente.  

No es salubre hacer augurios electorales, pues por muy rigurosos que se piensen, las predicciones nunca pueden contemplar los imponderables de la conducta humana. Pero lo que sí puede darse por descontado es que esa inercia dicotómica, encabezada por el PRIANRD y el proyecto de la izquierda nacionalista, se someterá a la prueba de las urnas en 2021. Y eso no será algo nuevo, sino una inercia que se ha presentado desde hace ya algunos lustros. 

De mientras, este espacio desea a sus lectores, de todo ideario, que se resarzan los dolores de 2020 y renazca la esperanza en este 2021. 

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