Ciudad de México a 16 febrero, 2026, 14: 49 hora del centro.
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La rutina del sabor

15 de enero. 

Los vacíos del corazón se disfrazan de atasque.  No es raro: nos educaron en una búsqueda de momentos increíbles para encontrar sentido o interés a la existencia, como si cada día tuviera que ser una polaroid en el álbum de instantes inolvidables. Estamos obligados a hacer que cada día cuente y vivir cada instante como si fuera el último. Demasiada responsabilidad para cada segundo; mucho condimento para tan poca proteína. 

Pero la insaciable búsqueda de las maravillas  se regula con una vocación por el sufrimiento, si no duele no sabe, lo fácil cuesta mucho, esfuérzate para que mañana veas los resultados. En ambos casos, lo más ausente es el presente, a veces por insuficiente, a veces por innecesario. 

Así vivimos, así comemos. 

En enero buscamos expiar los pecados de los atasques decembrinos, armamos dietas que implican sufrimiento, diseñamos platillos como resignación: “ya ni pedo, pero lo bailado nadie me lo quita”, porque la comida la sazonamos con nuestros sentimientos y culpas -que nos goce o que nos duela…-, que se vea que tenemos o que nos esforzamos -hacer lo que otros no hacen- ya sea por placer o por sacrificio. Buscamos la diferencia para hacer un momento más importante… a los ojos del otro… hacemos programas de alimentación para vernos mejor…. ante los ojos del otro.

Quizá por eso tenemos una duda genuina cuando alguien nos cuenta de su régimen alimenticio: “¿Y eso es rico?” Porque la comida la construimos desde un deber ser, desde el rol que le hemos dado entre la gloria y el dolor, desde el ‘performance’ social, desde lo que queremos conseguir o demostrar. Pero comer es una necesidad. 

Todo lo que hemos hecho alrededor de la comida -técnicas de preservación, entendimiento de los nutrientes, mejoramiento de los sabores- ha tenido el objetivo de satisfacer una necesidad de manera más eficiente de acuerdo con nuestros requerimientos físicos y emocionales. Por ejemplo, gracias a los fermentos conocimos el pan y las cervezas; el vino y los quesos, y logramos comer en los inviernos o festejar las cosechas. No importaba el fin…la comida es un camino; hacerla más sabrosa, una necesidad. 

Cuando comemos queremos tener energías para vivir el día, así como los ánimos de disfrutarlo. No estamos obligados a la opulencia ni el dolor… en todo caso, tenemos la necesidad de conocer lo que comemos, cómo se produce, cómo nos nutre y cómo se manipula para dejar de condimentar con expectativas que no corresponden. 

Cuando aprendamos a procurar lo que comemos y mejorarlo, quizá entenderíamos que muchas veces no se necesita más que un toque de sal, o que una cocción lenta es muy noble con los sabores, que hacer un régimen alimenticio (por la muy diversa necesidad y objetivo) no significa dejar de comer rico, que los manjares no significan comer de manera poco saludable, porque detrás de cada proceso y platillo hay una necesidad oculta y una sensación satisfecha. 

Dejemos de buscar sacrificios y cocinemos rutinas. Cocinar significa comer mejor.  

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