Ciudad de México a 16 febrero, 2026, 9: 02 hora del centro.
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Hace una semana leí en los comentarios de un tiktok feminista, a una chica preguntar «¿cómo le puedo enseñar a mi hermano que el feminismo no es algo malo?» La mayoría de las respuestas eran de mujeres jóvenes, quienes le dijeron que la opinión de su hermano no importaba en el movimiento. Algunas de las respuestas se leían profundamente indignadas y sus «consejos» parecían más un regaño, que interés por ayudar a la compañera. El tono regañón con el que muchas se dirigieron a la chica que genuinamente hizo la pregunta, no sólo me parece grosero, sino políticamente inútil. 

En algunas ocasiones, la consigna de lo personal es político guía todas nuestras acciones y en otras, ni nos acordamos de su existencia. «Lo personal es político» es una de las consignas más significativas para el movimiento feminista y para quienes lo integramos, pues esta nos ha permitido ver y aceptar que las violencias que nos atraviesan en nuestro hogar y relaciones afectivas no nos pasan solamente a nosotras como individuas, sino que es un problema compartido con consecuencias estructurales y sujeto de ser abolido colectivamente. 

En ese sentido, me parece que la consigna de «lo personal es político» puede ser utilizada para analizar no solo las opresiones compartidas, sino posibles soluciones desde las vivencias personales. Las acciones que asumamos en tanto individuas no acabarán con «el patriarcado», pero sí nos pueden ayudar a cada una a vivir en entornos más sanos y tener relaciones afectivas más bonitas.  

He leído y escuchado dos razones fundamentales por las que algunas compañeras están en contra de que compartamos nuestro conocimiento de feminismo con los hombres. La primera es porque los hombres no tienen cabida en el movimiento y su opinión, por lo tanto, no importa. La segunda es porque no es justo que las mujeres continuemos maternando a los varones que nos rodean. Me parece que frente a este diagnóstico hay dos posibles salidas: asumirse separatistas y/o cortar la mayoría de los vínculos afectivos con hombres o asumir una responsabilidad de pedagogía política. 

Las compañeras que deciden que lo mejor para ellas es cortar sus vínculos con hombres me parecen admirables y sumamente valientes, pero no todas queremos asumir esa vía. Yo, como muchas otras, prefiero acompañar el proceso de nuestros familiares para que nos entiendan, reflexionen sus prácticas y errores y posiblemente se relacionen mejor con cualquier mujer en su vida, no sólo con una misma. 

La crítica relacionada con el rechazo a la maternidad me parece misógina y desproporcionada porque acompañar procesos de aprendizaje no significa dar el 100% de tiempo y esfuerzo, sino acompañar en un 50/50. Asumir esta responsabilidad política no se trata de leerle todos los libros del mundo a las personas con quienes compartimos, pero sí de platicar nuestros sentires y pensamientos a fin de que nos entiendan y paulatinamente cambiemos formas de pensar y actuar. 

A manera de cierre quisiera reiterar mi respeto por las compañeras que prefieren cortar vínculos con varones. Yo comparto que el movimiento feminista es un movimiento de mujeres y fundamentalmente para mujeres, pero a muchas nos importa la opinión de nuestros seres queridos y eso me parece un sentimiento de lo más humano. También reitero que aquello que asumamos o cambiemos individualmente no acabará con el patriarcado, pero sí nos ayudará a sentirnos mejor y posiblemente a tener relaciones más sanas cada una. Por último, creo que esta estrategia tiene sus límites y debilidades, que abordaré en otra ocasión.  

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