Recientemente ha quedado en evidencia el fracaso del modelo neoliberal que predominó en nuestro país en el periodo comprendido entre 1982 y 2018. La priorización de lo privado sobre lo público trajo un notable deterioro en el bienestar de la población. Algunos estragos de este periodo quedaron en evidencia a partir de la pandemia de covid-19: sector salud en quiebra, hospitales inaugurados disfuncionales, industria chatarra desregulada, índices de enfermedades no transmisibles por los cielos, un Seguro Popular que no era seguro ni popular, desvíos de recursos, entre otros tumores del neoliberalismo.
La medida más efectiva contra la propagación del virus es el distanciamiento social. Fue hasta este momento que pudimos percibir con mayor claridad otra secuela de este oscuro periodo: la ciudad neoliberal.
El neoliberalismo destruyó la manera como pensamos, diseñamos y vivimos en las ciudades. Los urbanistas y arquitectos fueron desplazados por constructores e inversionistas que diseñaron y coordinaron las ciudades. Esto causó un daño enorme: las urbes se convirtieron en centros de consumo y turismo; se despreció el mantenimiento de espacios públicos como parques, avenidas y áreas verdes; llegó la gentrificación y la alta densidad poblacional; se levantaron desarrollos que atentan contra el paisaje urbano, la seguridad y los servicios urbanos (agua potable), y los precios se hicieron exorbitantes.
La pandemia puso de manifiesto la desigualdad socioeconómica entre quienes pueden hacer cuarentena desde casa y quienes deben ganarse la vida cruzando la ciudad. Los espacios diseñados originalmente para vivienda y convivio se transformaron en centros de consumo y turismo que están vacíos actualmente.
Así fue como nos dimos cuenta de la falta de inversión y mantenimiento en los espacios de la ciudad. Mientras alcaldías como Benito Juárez han optado por no otorgar mantenimiento mínimo a los parques, la Jefa de Gobierno apostó por rehabilitar 16 parques e invertir 800 millones de pesos para renovar espacios como el Gran Canal, Bosque de Aragón, Parque Ecológico Xochimilco y la Av. Chapultepec, el Zócalo Peatonal, entre otros.
Hemos escuchado hasta el cansancio que las crisis también generan oportunidades y esto también se puede reflejar en este aspecto. La pandemia trajo una nueva disputa por el espacio público; ese que había sido conquistado por automóviles y grandes desarrollos comerciales, ahora incorpora a pequeñas cafeterías y restaurantes que buscan adaptar mesas al aire libre en terrazas, banquetas y estacionamientos, personas peatonas que buscan aceras más amplias y parques accesibles y multifuncionales para la recreación, ciclistas que abogan por más ciclovías y vecinos que quieren relacionarse con sus semejantes. Esperemos que la pandemia al menos nos traiga ciudades que prioricen los espacios públicos como elemento democratizador de la sociedad.


